Hoy es el Día Mundial de la Poesía. Se podría pensar que es una jornada para “personas de letras”, pero no hay nada más lejos de la realidad. Para empezar, la costumbre de clasificar a la gente en base a si son “de letras” o “de ciencias” comienza a ser algo desfasado. No hay más que ver los múltiples casos conocidos de persona con dos carreras, una de cada rama, al igual que científicos interesados por las humanidades y al contrario. Son muchísimos los ejemplos. Y ni siquiera se puede decir que sea algo actual. Ya en el pasado existía el término del “hombre renacentista”, representado principalmente por Leonardo da Vinci, con el que se hacía referencia a personas que destacaban en múltiples disciplinas, desde la música hasta la medicina, pasando por la ingeniería y, por supuesto, el arte. Desde entonces, casos como el de la escritora Mary Shelley y su afición por la ciencia y la medicina o el de científicos como Albert Einstein y su pasión por tocar el violín, demuestran que los intereses de las personas no son algo cuadriculado, que permita separarlas en dos cajones predeterminados.

Y la poesía es un claro ejemplo de ello. A lo largo de la historia muchos poetas dedicaron algunos de sus versos a la vida y la obra de sus científicos más admirados, mientras que un gran número de científicos e investigadores se han atrevido también con la poesía, con muy buenos resultados.

Lorca
Crédito: Fex Reatures

Lorca y su obsesión con el tiempo

En febrero de 1923, el físico Albert Einstein llegó a España junto su esposa, invitado por el ingeniero Esteban Terradas. Durante los días que pasó aquí estuvo en contacto con algunos de los científicos e intelectuales de la Edad de Plata de la cultura española e impartió conferencias en múltiples instituciones de Zaragoza, Barcelona y Madrid. En esta última destaca su visita a la Residencia de Estudiantes, donde estuvo en contacto con algunos de sus habitantes, entre ellos el granadino Federico García Lorca.

El contacto con Einstein impactó al poeta del Romancero Gitano, quien ya había mostrado su interés por el tiempo en obras anteriores y, por supuesto, siguió haciéndolo después de conocer al padre de la Teoría de la Relatividad. Entre estas obras destaca Meditación Primera y Última:

El Tiempo
tiene color de noche.
De una noche quieta.
Sobre lunas enormes,
la Eternidad
está fija en las doce.
Y el Tiempo se ha dormido
para siempre en su torre.
Nos engañan
todos los relojes.
El Tiempo tiene ya
horizontes.

Pero esta no fue la única forma en la que Lorca mostró su fascinación por la ciencia, también lo hizo con otras muchas obras, como un bonito poema dedicado a sir Isaac Newton:

En la nariz de Newton
cae la gran manzana,
bólido de verdades.
La última que colgaba
del árbol de la Ciencia.
El gran Newton se rasca
sus narices sajonas.
Había una luna blanca
sobre el encaje bárbaro
de las hayas.

Juan Ramón Jiménez y su homenaje a Ramón y Cajal

Lorca no fue el único poeta español que mostró a través de sus obras la admiración por un científico. También lo hizo un poco antes Juan Ramón Jiménez con un poema en prosa dedicado a Santiago Ramón y Cajal, el neurólogo navarro que en 1906 se hizo con el Premio Nobel de Medicina por su investigación en torno a las células nerviosas.

Ausente, fino y realista; siempre enredado en el
laberinto bello de los sutiles encajes de vida de su
microscopio. No conozco cabeza tan nuestra
como la suya, fuerte, delicada, sensitiva, brusca,
pensativa. Los ojos no miran nunca a uno – a
nada con límite-; andan siempre perdidos, caídos,
errantes, como buscándose a sí mismos en el
secreto, para mirarse, al fin, frente a frente.
Un balanceo, una oscilación como de niño
tímido, en todo él, con bruscas erupciones de
palabras firmes, plenas, completas, terminantes –
hijo salido de madre- como de niño también, que
asegura la verdad… Y se va –caído de un lado-,
de los dos –alternando-, suelto, desasido, con un
paraguas, por ejemplo, que, en su mano, no
parece que haya de abrirse para la lluvia; con un
abrigo casual, con un sombrero no puesto.
Lo he visto, una vez, en un tranvía, una tarde
de lluvia larga, total y ciega, ponerse en la melena
plateada las gafas para leer, olvidarse, reclinarse
contra el cristal, y seguir así, mirando, en ocio
lleno, dejado y melancólico, su infinito.

Los “pinitos” de Halley con la poesía

¿Cómo no iban a escribir Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez grandes poesías? Lo excepcional sería que no lo hubiesen hecho. Lo que sí resulta algo más curioso es que Edmond Halley, conocido sobre todo por determinar la periodicidad del cometa que lleva su nombre, también escribiera algún que otro poema dedicado a la ciencia. Destaca uno en el que, al igual que Lorca, quiso homenajear a Newton, junto al que pudo trabajar personalmente. En dicha obra, se deshace en halagos hacia él, como los que se pueden leer en estos últimos versos:

Venid, pues, que sabéis deleitaros con el néctar
celestial a celebrar conmigo en cánticos el nombre
de Newton, grato a las Musas, porque él
abrió los tesoros ocultos de la verdad.
Tan caudalosamente derramó Apolo, el Sol en su espíritu
y en su pecho puro el resplandor de su propia divinidad.
Ningún mortal puede acercarse más a los dioses.

Roald Hofmann, el Premio Nobel que escribe poemas científicos

Otro caso interesante es el del químico polaco Roald Hofmann, quien ganó en 1981 el Premio Nobel de Química por sus teorías sobre el curso de las reacciones químicas. Pero también es un gran aficionado a la literatura y la poesía. Tanto que a principios de la década pasada presentó un poemario, traducido también al español, en el que, como cabía esperar, la ciencia tiene un gran protagonismo. Buen ejemplo de ello es esta poesía, llamada Tsunami:

Tú eres mi onda.
No estás de pie, ni
viajas, ni satisfaces
ecuación alguna.
Eres una onda que no será
sometida al análisis (de Fourier).
Tú eres una onda; en
tus ojos me
hundo de buena gana.

Clara Janés, la poetisa de la RAE que le escribe a la materia oscura

Esta poetisa catalana, que fue nombrada en 2015 miembro de la Real Academia Española de la Lengua, posee una gran afición por la física, que se puede ver en poemas como este, bautizado como Supersimetría:

pero la nada…
-pájaro solitario
desasido color-
anulación exige
cuando el amor se conforma
con dejar de ser
¿plasmará el blanco
el sueño de lo negro
materia oscura
que refracta la luz
y en el espacio más remoto
se oculta?

Gloria fuertes, la poetisa que acercó la naturaleza a los niños

Aunque la temática de los poemas de Gloria Fuertes no era puramente científica, con muchos de ellos acercó a los niños el amor por la naturaleza y los animales. Destacan en este caso obras como ¡Pobre burro!, que en sus primeras estrofas hace un llamamiento al buen trato de estos animales, que tan maltratados han sido a lo largo de la historia:

¡Pobre burro!
El burro nunca dejará de ser burro.
Porque el burro nunca va a la escuela.
El burro nunca llegará a ser caballo.
El burro nunca ganará carreras.
¿Qué culpa tiene el burro de ser burro?
En el pueblo del burro no hay escuela.
El burro se pasa la vida trabajando,
tirando de un carro,
sin pena ni gloria,
y los fines de semana
atado a la noria.
El burro no sabe leer,
pero tiene memoria.
El burro llega el último a la meta,
¡pero le cantan los poetas!