La semana pasada el ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, Pedro Duque, llegó a la Antártida a bordo del buque Bio Hespérides, con el objetivo de visitar a los científicos españoles que desarrollan su labor en el continente helado e inaugurar la remodelación llevada a cabo en la Base Juan Carlos I. Una vez allí, ha destacado el compromiso de España con la investigación antártica, incidiendo principalmente en la importancia que esta tiene para el estudio de fenómenos tan relevantes como el cambio climático.

Este anuncio llega poco después de que un equipo de científicos alemanes e italianos, en colaboración con la Operación IceBridge, de la NASA, anunciara la existencia de un agujero bajo el hielo, que podría conducir a una inevitable aceleración en la subida del nivel del mar. Su hallazgo es un claro ejemplo de la importancia que tiene la investigación en este remoto punto del planeta, de ahí que sea tan importante el trabajo de los profesionales que trabajan allí, tanto los españoles como los de otras partes del mundo.

Un inmenso agujero bajo el hielo

El hallazgo de esta cavidad, que ha sido descrita recientemente en un estudio de la revista Science Advances, ha sido posible gracias a los datos enviados tanto por satélites italianos y alemanes como por aviones de la NASA equipados con radares capaces de penetrar el hielo. Dadas las circunstancias climáticas en las que se encuentra la Antártida, los investigadores a cargo del proyecto esperaban detectar una pérdida significativa del hielo, pero lo que vieron bajo el glaciar Thwaites se salía totalmente de cualquier previsión: una cavidad de 300 metros de profundidad y casi 10 kilómetros de longitud, poco menos que la calle Alcalá, de Madrid. Esto supondría una pérdida de 14.000 millones de toneladas de hielo, aproximadamente un 4% del aumento mundial del nivel del mar.

Todo esto ya de por sí es preocupante, pero la cosa podría complicarse todavía más, ya que la pérdida de hielo conduciría a que el glaciar termine derrumbándose, provocando inundaciones en ciudades costeras de todo el mundo. Y no es algo que vaya a ocurrir a muy largo plazo. De hecho, los modelos informáticos calculan que podría pasar dentro de 50 o, como mucho, 100 años.

Este hallazgo apoya una nueva investigación, desarrollada por científicos británicos y estadounidenses que pretenden analizar el glaciar Thwaites durante cinco años, con la ayuda de robots y estaciones meteorológicas oceánicas. Además, contará con la ayuda de doce focas a las que equiparán con sensores, que recogerán datos de interés sobre el hielo y el agua de las zonas por las que naden. Quizás de este modo puedan dar con una solución al problema antes de que sea demasiado tarde. Lo que está claro es que, como decía estos días Pedro Duque, el trabajo de esos científicos que deciden viajar a miles de kilómetros de distancia de sus casas para plantar cara con su investigación al cambio climático está más que justificado. Por eso es muy importante que se les tenga en cuenta y, sobre todo, que reciban el apoyo económico necesario para poder continuar con su labor. Al fin y al cabo, todos nos veremos beneficiados por ella.