A veces, tendemos a imaginar los objetos astronómicos como figuras inmutables, que permanecen idénticas con el paso del tiempo. Da igual cuando miremos al cielo. La Luna aparece cada noche sobre nuestras cabezas, salvo en eclipses y días de Luna nueva. El Sol sale cada día, a una hora diferente, según el momento del año, y más o menos visible, dependiendo de las condiciones climatológicas. Pero siempre está ahí.

Las constelaciones salpican el oscuro firmamento, ordenadas de la misma forma. Como mucho, una lluvia de meteoros parece perturbar su quietud de vez en cuando, pero también de forma regular, siempre en el mismo momento del año. Sin embargo, todas esas estrellas se encuentran sometidas a un cambio permanente que no vemos y que terminará apagándolas, después de que se conviertan en oscuras esferas de cristal. Y sí, el Sol también correrá la misma suerte que todas ellas.

Esto es lo que concluye un estudio publicado recientemente en Nature. En él, un equipo de astrónomos de la Universidad de Warwick analiza un curioso proceso, imperceptible para los telescopios, que terminará cristalizando incluso al astro rey, dentro de miles de millones de años.

El lento periplo del Sol

Los responsables de este hallazgo pudieron llegar hasta él gracias a los datos recogidos por el telescopio Gaia, de la Agencia Espacial Europea. Su objetivo era analizar el color y el brillo de 15.000 enanas blancas, ubicadas a 300 años luz de las Tierra. Sin embargo, finalmente descubrieron mucho más de lo esperado.

Una enana blanca se forma cuando una estrella muy pequeña, con una masa menor de la del Sol multiplicada por nueve, llega al final de su evolución, tras agotar todo el hidrógeno y el helio que utilizaba como combustible. Es una etapa por la que pasarán el 97% de las estrellas del firmamento, incluido el Sol. Sin embargo, este se encuentra todavía a mitad de camino, ya que aún puede generar energía, fusionando hidrógeno a helio en su núcleo.

Se calcula que aún le queda hidrógeno para un periodo de entre 5.000 y 6.000 millones de años. Pasado este tiempo, el núcleo se encogerá, pero el resto de la estrella se expandirá, dando lugar a lo que se conoce como una gigante roja, que solo permanecerá en este estado entre 500 y 1.000 millones de años. Puede parecer muchísimo tiempo, pero en lo que al universo se refiere, es bastante poco. A falta de hidrógeno, podrá seguir utilizando el helio como combustible, pero solo durante unos pocos miles de millones de años, tras los cuales, definitivamente, entrará también en la fase de enana blanca.

Todo esto ya se sabía. Sin embargo, estos científicos han ido más allá, analizando lo que ocurre después de que, ya sin combustible, las estrellas comiencen a apagarse, poco a poco.

Una parada en el camino

Una vez iniciada la fase de enana blanca, las estrellas aún irradian calor suficiente para que puedan ser detectadas por los telescopios. Sin embargo, poco a poco van enfriándose, como un carbón que se saca de la barbacoa.

Es aquí donde estos científicos descubrieron que comenzaba el proceso de cristalización. Es imposible ver los cristales a través del telescopio. Sin embargo, sí que se pueden detectar anomalías que indiquen su existencia. En condiciones normales, si simplemente las estrellas fuesen enfriándose poco a poco hasta sucumbir, debería observarse un patrón regular, en el color y la pérdida de brillo. Sin embargo, los datos de Gaia indicaban que algunas estrellas mantenían una intensidad o color determinado durante periodos raramente largos. Volviendo al carbón, parecía que había una fuente externa de calor que no lo dejaba enfriarse como lo haría normalmente. La estrella ya no tenía combustible en su núcleo para generar su propia energía, pero era evidente que había algo que estaba generando otro tipo de energía, evitando que se apagara a una velocidad normal. Y, en base al análisis de estos investigadores, lo más probable era que esa energía procediese de una reacción de cristalización.

Ocurre algo similar cuando se trata de enfriar agua en un congelador. Llega un punto, cuando empieza el proceso de congelación, en el que la temperatura se mantiene constante, a los 0ºC, por lo que no se pasa bajo cero tan rápido como habría ocurrido linealmente, sin un cambio de estado de por medio. En este caso, al darse la cristalización, se genera una especie de “descanso”, en el camino hacia el enfriamiento total de la estrella. La única diferencia es que en el congelador pasa durante un ratito, mientras que en las estrellas el proceso se detiene durante un par de miles de años. Lo que viene siendo un ratito en términos “cosmológicos”.

Finalmente, una vez pasado este parón en el camino, la estrella termina transformándose en lo que se conoce como una enana negra: una esfera de cristal negro que no emite ningún tipo de energía, por lo que no puede ser detectada por los telescopios. Es lo que le ocurrirá a nuestro Sol, aunque aún faltan bastantes miles de millones de años para que ocurra.