Se suele decir que cuando nos sintamos solos debemos recordar que en realidad nunca lo estamos, pues miles de millones de bacterias viven con nosotros, en nuestro cuerpo. Incluso resulta que nuestra cara contiene un gran número de pequeños arácnidos que se alimentan de la grasa y la piel muerta que se desprende de ella. Pero la cosa no queda ahí, pues puede que también algún que otro virus se encuentre haciéndonos compañía. Eso sí, bien dormido, hasta que las condiciones sean propicias para despertarse.

Este es el caso del virus de la varicela. Y es que, cuando lo pasamos, no desaparece totalmente de nuestro organismo, sino que se mantiene “escondido” en las células de los ganglios sensitivos, de forma latente. Se queda ahí hasta que, durante una bajada de defensas, se reactiva, produciendo una sintomatología diferente a la que originó la primera vez. En esta ocasión se produce una enfermedad llamada herpes zóster o, más vulgarmente, culebrilla.

Se trata de una erupción muy dolorosa en la piel, que generalmente aparece en un lado de la cara o en otras partes del cuerpo, como el tórax, la región lumbar y las cervicales, a causa de la inflamación de una o varias raíces nerviosas. Es común que aparezca en la zona corporal donde mayor concentración de ampollas se dio durante la varicela, aunque no siempre es así. Como ocurre con otros virus, el herpes zoster se cura solo pasadas una o dos semanas, de ahí que haya quien decida no tratarlo. Sin embargo, existe bastante controversia en este aspecto, pues se trata de una patología muy dolorosa.

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¿Tratar o no tratar? Esa es la cuestión

“El tratamiento del herpes zóster incluye, por un lado, el tratamiento con antivirales de la infección vírica y por otro el del dolor asociado a la inflamación de la raíz nerviosa”, explica a Hipertextual el doctor Carlos Lumbreras, jefe de Servicio de Medicina Interna del Hospital 12 de Octubre de Madrid y secretario general de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI). “Normalmente la infección vírica se trata con Famciclovir, Valaciclovir o Aciclovir. Los dos primeros se prefieren por ser más cómodos de administrar. Además de analgésicos de uso habitual, con frecuencia se utilizan glucocorticoides junto a los fármacos antivíricos, aunque los estudios más recientes no han demostrado un claro beneficio de su utilización”.

Por lo general, los fármacos antivirales atacan a la enzima que ayuda al virus a replicar su material genético. Por eso, si la fase replicativa ya ha terminado su uso se hace innecesario en pacientes con un sistema inmunológico sano. Sin embargo, tanto en inmunodeprimidos como en pacientes que se encuentran en las primeras fases de la infección viral, durante las primeras setenta y dos horas, es importante llevar a cabo el tratamiento, aun sabiendo que con el tiempo terminará curándose solo. Además, si han pasado las setenta y dos horas, pero el paciente advierte que siguen apareciendo nuevas lesiones cutáneas, también deberá administrarse el antiviral, según puntualiza a este medio el doctor Lumbreras.

En pacientes inmunodeprimidos las consecuencias de evadir el tratamiento pueden ser muy graves, incluso mortales en muchos casos. Pero también es necesario hacerlo en inmunocompetentes. “En estos pacientes, el tratamiento antivírico ha demostrado reducir la duración y la intensidad del dolor de la neuritis aguda, acelerar la curación de las lesiones cutáneas y reducir la contagiosidad del cuadro”.

Una afección muy dolorosa

Durante la infección, el paciente sufre dolores muy intensos en la zona afectada, que por lo general desaparecen una vez que finaliza la infección. Sin embargo, en algunos casos puede durar más tiempo, dando lugar a lo que se conoce como neuralgia postherpética. “En la actualidad se reserva este diagnóstico para cuadros de dolor que persisten más de cuatro meses desde la aparición del exantema cutáneo”, aclara el secretario general de SEMI. En esos casos, que se dan en un 5-20% de los afectados, el tratamiento con analgésicos convencionales suele ser poco útil, mientras que los más efectivos en primera instancia son la gabapentina, la pregabalina y los antidepresivos tricíclicos.

Mitos y realidades del herpes zóster

Aparte del dilema en torno a la necesidad de tratarlo, el zóster cuenta con otras muchas afirmaciones controvertidas, como si puede contagiarse o si es posible que lo sane un curandero.

La primera es cierta con algunos matices. “Una persona con herpes zóster, antes de la aparición de la fase costrosa de las lesiones cutáneas, puede transmitir el virus Varicela-zóster a una persona que no haya tenido contacto previo con el virus, provocando un cuadro clínico de varicela”, cuenta Carlos Lumbreras. Por lo tanto, contagiar al herpes como tal no es posible, ya que las personas que ya pasaron el virus en su fase inicial no se contagiarán, mientras que las que no la han pasado sí pueden hacerlo, pero manifestarían los síntomas típicos de la varicela. En un futuro, gracias a la ya existente vacuna de la varicela, este herpes será cada vez más infrecuente, por eso es tan importante la vacunación de los más pequeños.

En cuanto a la segunda afirmación, es lógicamente errónea. Sin embargo, muchísimas personas afirman que un curandero les hizo sanar, simplemente rezando un ratito junto a ellos. Esto es totalmente falso, pero tiene una explicación; ya que, como hemos visto al principio, el virus termina sanando solo. Por eso, si alguien acude al curandero después de unos días de sufrimiento, la desaparición normal del cuadro infeccioso podría parecer obra de las abnegadas oraciones del sanador. Esto puede aplicarse a otras muchas enfermedades y tratamientos pseudocientíficos. ¿Quién no ha escuchado alguna vez a alguien decir que los anticatarrales no le curaron el resfriado, mientras que la homeopatía fulminó al virus en un par de días? En estos casos, lo que ocurre es que para cuando recurren al tratamiento homeopático el virus ya ha comenzado a remitir y los síntomas terminan desapareciendo en pocos días. El resultado habría sido el mismo bebiendo agua. Y mucho más barato, desde luego.