El trasplante de heces ha sido uno de los avances médicos más escatológicos, curiosos y sorprendentemente prometedores de los últimos años. En un principio se ideó para reponer la “flora intestinal” deteriorada de pacientes con trastornos del sistema digestivo, como la enfermedad de Crohn. Sin embargo, con el tiempo se han detectado otras patologías en las que la microbiota juega un papel decisivo y, por lo tanto, podrían tratarse también con este tipo de trasplantes.

Por eso, un equipo de científicos de la Universidad de Auckland ha puesto en marcha un proyecto de búsqueda del “donante fecal perfecto”. Consideran que no todos los individuos sanos pueden donar las heces óptimas para este trasplante, de modo que los resultados obtenidos en los estudios llevados a cabo hasta el momento podrían no haber alcanzado todo su potencial. De estar en lo cierto, cabría la posibilidad de que los trasplantes de heces fueran útiles en el tratamiento de enfermedades como el asma, la esclerosis múltiple, la diabetes o varios tipos de cáncer.

¿Qué es un trasplante fecal?

Los seres humanos estamos eternamente acompañados por una gran cantidad de bacterias, a las que damos cobijo a cambio de cierta ayuda en algunos de nuestros procesos fisiológicos. Este es el caso de las que viven en nuestro intestino, colaborando en la digestión de los alimentos o la síntesis de algunas sustancias beneficiosas. Un deterioro en su número o un desequilibrio en el que unas especies superen a otras, puede afectar a la salud, causando varias enfermedades digestivas.

Otra función de estas fieles bacterias es la protección frente a otros microorganismos menos amigables, como Clostridium difficile. Cuando esta bacteria formadora de esporas se apodera del tejido del colon, comienza a fabricar una serie de toxinas muy perjudiciales, que terminan desencadenando síntomas como diarrea, fiebre y dolor abdominal. En algunos casos, esta enfermedad, conocida como colitis pseudomembranosa, puede terminar incluso provocando la muerte del paciente. Afortunadamente, las bacterias beneficiosas de nuestro intestino mantienen a raya a esta pariente lejana, evitando que saque su letal artillería. El problema es que algunos factores, como el consumo de antibióticos, puede mermar la población de defensas microbianas, dejando vía libre a la infección.

La solución más sencilla a todos estos problemas es reponer la población de bacterias y, para ello, la mejor opción es recurrir a las heces de individuos con una buena salud intestinal. Es así como nació hace unos años el concepto del trasplante fecal, que ya se ha introducido en hospitales de muchos países del mundo. El proceso es simple. Se toma una porción de heces de un individuo sano, que cumpla unas características concretas, como no contener Clostridium difficile en sus deposiciones. A continuación, se trata, separando la fase sólida de la líquida, en la que se encuentran las bacterias beneficiosas. Finalmente, estas se introducen en el intestino del paciente a través una colonoscopia o sonda nasogástrica. El éxito de las primeras intervenciones ha llevado a que cada vez sean más los bancos de heces a los que la población puede ir a donar su materia fecal, igual que se hace con la sangre. En España el primero de estos bancos fue instaurado el pasado mes de julio en el hospital de Bellvitge, de Barcelona.

El proceso de selección de donantes es muy restrictivo y, de hecho, se suelen desechar tres de cada cuatro. Una vez superada esta criba y practicado el trasplante, las tasas de éxito en la curación de trastornos digestivos se encuentran alrededor del 90%.

En busca de superdonantes

Aunque la principal aplicación de las bacterias intestinales está relacionada meramente con el sistema digestivo, varios estudios en los últimos años han apuntado a otras muchas funciones. Este es el caso de un equipo de científicos de la Universidad de Harvard, que en 2016 descubrió una posible relación con la esclerosis múltiple. Llegaron a esta conclusión después de comprobar que ciertas variaciones en la dieta de los pacientes propiciaban que las bacterias de su microbiota fabricaran unas moléculas que viajaban hasta el cerebro, bloqueando los procesos de inflamación y neurodegeneración de los astrocitos.

También se ha detectado en varios estudios cómo las modificaciones en estas poblaciones microbianas pueden influir en los síntomas de otras enfermedades, como la diabetes tipo 2. Lógicamente, todo esto ha llevado a que también se intenten tratar estas patologías con ayuda del trasplante fecal. Sin embargo, las tasas de éxito no superan el 20% en el caso de la diabetes.

La razón, según los investigadores de la Universidad de Auckland, cuyos resultados se acaban de publicar en Frontiers in Cellular and Infection Microbiology, podría ser la mala selección de donantes. Llegaron a esta conclusión tras analizar varias muestras de heces y comprobar que, aun perteneciendo todas a individuos sanos, solo algunas reunían las condiciones idóneas para su trasplante. Concretamente, existían dos factores esenciales para su buen funcionamiento. Por un lado, se necesitaba que la población bacteriana incluyese especies secretoras de sustancias beneficiosas. Entre estos compuestos destaca el butirato, implicado en la regulación del sistema inmunológico y el metabolismo energético. Por otro lado, es importante que se dé un equilibrio muy concreto entre las especies microbianas presentes y las relaciones establecidas entre ellas. Por ejemplo, se ha comprobado que algunos de los trasplantes más exitosos se dan a través de heces en las que se produce la transferencia de virus que infectan a otros microbios intestinales.

Por todo esto, los autores del estudio consideran que si se tuvieran en cuenta estos factores en los bancos de heces las tasas de remisión de la enfermedad en trasplantados podrían doblarse, en comparación a los resultados actuales. Además, creen que podrían llegar a tratarse otras patologías, como el alzhéimer. Sin duda, nuestra caca puede salvar vidas, pero quizás muchas más de las que hemos podido comprobar hasta ahora.