Algunos exageran un poco cuando aseguran que el esqueleto de una película, lo que la sustenta, es su guion. Se refieren, no hay duda, a su guion literario, no al técnico, y es su combinación lo que deberían señalar verdaderamente: por mucho que el cine sea narrativo en la mayoría de las ocasiones, su meollo son las imágenes en movimiento, y da igual si muestran una historia o no. Hay un ingenio cinematográfico, el de las planificaciones audiovisuales, y otro diferente para relatar sucesos atractivos y escribir diálogos jugosos y con chispa; y no hay duda de que el estadounidense William Goldman, fallecido hoy a los ochenta y siete años en Nueva York, contaba con el segundo a la luz de su trayectoria dentro y fuera de la voraz industria de Hollywood.

Nacido en agosto de 1931, provenía de un hogar hebreo de Chicago en aprietos: su madre, Marion, padecía sordera, y su esposo, Maurice Goldman, era un negociante de éxito cuyo alcoholismo destruyó su actividad y su carrera, y según las memorias del guionista, el pobre hombre “estuvo en pijama durante los últimos cinco años de su vida”, hasta que se suicidó cuando él aún estudiaba en el instituto. Antes de acceder al Ejército de Estados Unidos en 1952 y trabajar en el Pentágono, cursó la Licenciatura en Artes del Oberlin College de Ohio, en cuya revista literaria participó y a la que enviaba relatos de forma anónima, sobre los que sus compañeros decían sin contemplaciones: “No podemos publicar esta mierda”.

Esto lo reveló en una entrevista para el periódico The Guardian en abril de 2009. “Estaba programado para fallar. No había mostrado signos de talento cuando era joven”. Y la cosa no mejoró demasiado en el curso de escritura al que acudió entonces: “Obtuve calificaciones horribles”, le dijo a Joe Queenan durante su charla. “¿Sabes lo que es querer ser escritor y obtener las peores calificaciones de la clase? Es terrible”. Pero, cuando terminó en el Ejército y, en 1956, su Maestría en Artes por la neoyorkina Universidad de Columbia, elaboró su primera novela, The Temple of Gold (1957), que fue publicada por Knof después de que interviniera el agente Joe McCrindle, y lo cierto es que se vendió bastante bien.

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De modo que, o la redacción de William Goldman había prosperado mucho en poco tiempo o en el Oberlin College debían de ser algo obtusos para no distinguir la calidad literaria. Luego vineron otras dos novelas, Your Turn to Curtsy, My Turn to Bow (1958) y Soldier in the Rain (1960), y se atascó con Boys and Girls Together, un bloqueo durante el que escribió con su hermano, el dramaturgo James Goldman, la pieza teatral Blood, Sweat and Stanley Poole (1961) y, solo, otra novela, No Way to Treat a Lady (1964), que lanzó con el seudónimo de Harry Longbaugh, un nombre casi idéntico al del bandido Sundance Kid, que se llamaba Harry Alonzo Longabaugh y que tanto reconocimiento de procuraría en el futuro.

Cuando por fin pudo editar Boys and Girls Together (1964), se convirtió en un éxito de ventas. Soldier in the Rain había sido adaptada al cine como una comedia en 1963 por Ralph Nelson (Lilies of the Field) y con el protagonismo de Jackie Gleason (The Hustler) y Steve McQueen (The Great Escape), pero Goldman no había participado en el proceso. Y a aquel que llegaría a ser uno de los narradores cinematográficos con mejor reputación en la industria de Hollywood y en el mundo entero, y que nunca se había planteado ganarse la vida como guionista profesional, le propuso el actor Cliff Robertson (Los tres días del Cóndor) que preparase el libreto para la adaptación del relato Flores para Algernon, de Daniel Keyes.

Robertson había leído el primer borrador de John Gay (Mesas separadas) con el que deseaban trasladar también al cine su novela No Way to Treat a Lady y le quería echar el guante. Pero su estreno fue con el de la película Masquerade (Basil Dearden, 1965) porque a Robertson le disgustó lo que Goldman había presentado para adaptar la ficción científica de Keyes. “No había visto un guion hasta que tuve treinta y tres años”, aseguraba. “La primera vez que vi la pinta que tenía uno fue cuando compré una guía de escritura de guiones en una librería veinticuatro horas a medianoche en Times Square”. Pero su libreto para Masquerade no fue el que le afianzó en Hollywood como guionista, sino el de Harper (Jack Smight, 1966).

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'Butch Cassidy and the Sundance Kid' (1969) - Fox

Más tarde, entregó su novela The Thing of It Is... (1967), dio clases en la Universidad de Princeton, en Nueva Jersey, se estrenó Así no se trata a una dama (No Way to Treat a Lady, Smight, 1968) y las investigaciones realizadas por Goldman durante ocho largos años cuajaron en su primer guion original, el de la recordadísima Butch Cassidy and the Sundance Kid (George Roy Hill, 1969), por el que la Fox le abonó los 400.000 dólares del libreto mejor pagado hasta entonces y con el que, además, ganó su primer Oscar. Father’s Day (1971) fue la novela que continuaba la historia de The Thing of It Is..., y se ocupó seguidamente del libreto de Un diamante al rojo vivo (Peter Yates, 1972).

Y por fin publicó la obra literaria por la que permanece en nuestra memoria, la novela de aventuras La princesa prometida (1973), de la que escribió un libreto igualmente. Y ser hospitalizado no mucho después por una cepa de neumonía no muy común y la tesitura de reposar durante meses le proporcionó tiempo para parir el libro infantil Wigger, la novela Marathon Man (1974) y los guiones para The Stepford Wives y El carnaval de las águilas (Bryan Forbes, Hill, 1975). Y pese a que el de Todos los hombres del Presidente (Alan J. Pakula, 1976) le proveyó de su segundo Oscar, le dijo al periodista Richard Stayton que, de saber que tendría que modificar tantos borradores, ni se habría acercado al filme.

Su novela Magic y el libreto para la traslación a la gran pantalla de Marathon Man (John Schlesinger, 1976) fueron sus posteriores trabajos; a los que les siguió la letra de A Bridge Too Far, de su Magic (Richard Attenborough, 1977, 1978) y de la televisiva Mr. Horn (Jack Starrett, 1979), y un período en el que dejaron que llamarle por unos cuantos guiones sin demasiada fortuna, que aprovechó para centrarse en las novelas Control (1982), The Silent Gondoliers (1983) con el seudónimo de Simon Morgenstern, The Color of Light (1984), Heat (1985) y Brothers (1986), secuela de Marathon Man, con sus memorias profesionales, tituladas Adventures in the Screen Trade (1983), en medio.

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'La princesa prometida' (1987) - Fox

No hubo más novelas suyas, y tras siete años de inactividad guionística, volvió a la carga para la adaptación de su Heat (Dick Richards y Jerry Jameson, 1986) y, por supuesto, de La princesa prometida (Rob Reiner, 1987), y a continuación supo lucirse con su libreto basado en la considerada “una de las novelas menos adaptables de Stephen King”, que acabó siendo Misery (Reiner, 1990). Y después nos trajo los de Memoirs of an Invisible Man, El año del cometa y Chaplin (John Carpenter, Yates, Attenborough, 1992), Maverick (Richard Donner, 1994), The Chamber y The Ghost and the Darkness (James Foley, Stephen Hopkins, 1996), Poder absoluto (Clint Eastwood, 1997) y La hija del general (Simon West, 1999).

Aunque ya no nos regaló más guiones muy destacados, no hay duda de que estaba en plena forma, hasta el punto de que su prestigio le condujo a actuar de script doctor, o sea, pulió unos cuantos sobre los que los productores o los cineastas opinaban que requerían algún tipo de replanteamiento, desde Twins (Ivan Reitman, 1988), A Few Good Men (Reiner, 1992) —¿en serio, Aaron Sorkin?—, Indecent Proposal, Last Action Hero y Malicia (Adrian Lyne, John McTiernan, Harold Becker, 1993), Eclipse total (Taylor Hackford, 1995), según otra novela de Stephen King, Extreme Measures (Michael Apted, 1996) y —oh, sí— nada menos que el oscarizado de Good Will Hunting (Gus van Sant, 1997).

Y sus últimas aportaciones fueron para hacer cine dos obras más de King, Hearts in Atlantis (Scott Hicks, 2001) y El cazador de sueños (Lawrence Kasdan, 2003); y su libreto sobre Heat regresó a la gran pantalla con Wild Card (West, 2015). En su autocrítica implacable, le dijo al periodista Sean Egan: “No me gusta mi escritura. Escribí una película llamada Butch Cassidy and the Sundance Kid, y escribí una novela llamada La princesa prometida, y esas son las únicas dos cosas que he escrito en mi vida, no de las que esté orgulloso, sino que pueda verlas sin humillación”. Ni hablar; y ya les gustaría a los actuales editores de la revista del Oberlin College haber podido publicar antes de su muerte alguna de “las mierdas” de William Goldman.