Con el revuelo que ha causado el cierre de Avengers: Infinity War (Joe y Anthony Russo, 2018), sería interesante plantearse qué habría ocurrido si la saga de Star Wars se hubiese rodado según el orden cronológico de los acontecimientos y, así, la primera trilogía hubiese sido la segunda: habríamos contemplado la sangrienta destrucción de la Orden los Jedis y la caída de la República Galáctica a manos de los Sith y el Lado Oscuro, con Sheev Palpatine o Darth Sidious a la cabeza, como conclusión de Star Wars III: La venganza de los Sith (George Lucas, 2005) y, probablemente, nos habría conmocionado tantísimo como el chasquido genocida de Thanos. Y esta conmoción tal vez se habría intensificado si una de sus secuencias capitales no hubiese sido rebajada por su violencia.

El actor Ian McDiarmid (Sleepy Hollow), que encarnó al malvado emperador Palpatine en las seis primeras películas, ha explicado en la convención FanX de Salt Lake City, la ciudad con más tragaperras por metro cuadrado de Utah, lo que implicaba la intención que Lucas tenía al principio para la secuencia del asalto al poder de la Orden 66: “Creo que era un poco más horrible de lo que acabasteis viendo. Una gran cantidad de jóvenes Jedi en potencia terminaron en el suelo de la sala de montaje”. Es decir, al final no quisieron mostrarnos mucho sirope vertido que hiciera las veces de sangre de los pequeños padawan, y fue sobre todo para que el filme pudiera recibir una calificación más familiar de la MPAA, que ya le puso un PG-13 —menores de trece años acompañados por un adulto— por la escena en que Anakin Skywalker (Hayden Christensen) es quemado vivo en el planeta Mustafar.