‘El príncipe dragón’: animación y aventuras con encanto en Netflix

Huevos de dragón, magos, elfos asesinos y profecías en última serie juvenil de animación de Netflix. Así es El príncipe dragón.

Por – Sep 20, 2018 - 3:07 (CET)

Netflix puso toda la carne en el asador, a nivel promocional, con (Des)encanto, la nueva serie de animación de Matt Groening, creador de Los Simpson. Tanto es así que no se veía un esfuerzo tan marcado en publicidad de un producto de la compañía, inundando marquesinas y llenando anuncios de televisión, desde Narcos. Al menos en territorio español, claro. Los resultados, por desgracia, quedaron lejos de corresponderse con el hype creado.

Y mientras todo eso pasaba, había otra serie de animación producida por la compañía que, poco a poco, iba enseñando la patita. Los nombres, aunque no de la talla del artífice de Futurama, también eran de peso: Aaron Ehasz, creador de Avatar: La leyenda de Aang, Justin Richmond, director y guionista de Uncharted 3, y Giancarlo Volpe (The Clone Wars, League of Legends). El príncipe dragón apuntaba a ser una serie de aventuras de corte clásico con un acabado visual de primer nivel.

En ella atendemos a la unión de tres jóvenes, dos príncipes humanos y una asesina elfa, que se embarcan en una inesperada e importante misión en medio de, eso sí, una trillada situación: el mundo está dividido en dos y elfos y humanos viven en guerra desde hace años. En una segunda capa encontramos a reyes, consejeros con mala baba, brujas dando sus primeros pasos y brazos ejecutores que cumplen órdenes que no comparten. De forma semejante a Avatar: La leyenda de Aang, el peso de la ficción cae en los hombros de los protagonistas jóvenes mientras las tramas de poder ligeramente más adultas quedan en segundo plano.

Desde luego, hablamos de una ficción que entra por los ojos: su estilo de animación, mezclando modelados y movimiento en tres dimensiones con algunos paisajes de corte tradicional funciona de maravilla pero, eso sí, lleva un tiempo acostumbrarse. Da la sensación de que han apostado por una técnica diferente, acortando o eliminando algunos frames de movimiento, y hay ocasiones en las que todo se mueve algo más lento de lo que debería.

Pero por encima de la animación destaca sobremanera el aspecto artístico: apostando por una fantasía de corte clásico, con un mundo repleto de criaturas excepcionales y coloridas, paisajes esplendorosos y pueblos acogedores, el mundo presentado por El príncipe dragón es interesante y, sobre todo, bonito. Lo mismo ocurre con unos personajes que, aunque siguen tópicos a nivel narrativo y visual, tienen bastante encanto.

Una personalidad y un tono muy propios de una serie familiar, para todos los públicos, lejos de la corriente de animación orientada a adultos que triunfa en los últimos años como Rick & Morty, Bojack Horseman o la reciente y deslenguada Paradise PD. El príncipe dragón es una serie ligera que combina momentos y personajes algo más oscuros y profundos con, casi siempre, diálogos y situaciones excesivamente planas que apelan a los más pequeños de la casa, lo que puede restar interés para el público adulto.

El gran problema de El príncipe dragón es su condición de arco introductorio: sus nueve capítulos sirven para colocar las piezas sobre el tablero, desvelar alguna que otra sorpresa y llegar a un punto a partir del cual deberían pasar cosas mucho más interesantes. La serie acaba en un momento en el que todos sus personajes están en medio de algo que se antoja mucho más grande e interesante que lo visto hasta el momento. Algo que puede ser, y más teniendo que esperar (con suerte) alrededor de un año para comprobar cómo sigue, un tanto frustrante para el espectador.

Es de esperar que, vista la estructura (se trata a esta temporada como el “Libro I”), Netflix vaya a apostar por darle continuidad a la serie y podamos ver mucho más de las aventuras de Callum, Ezran y Rayla puesto que la ficción plantea un mundo y unas tramas de las que apetece saber más. Hasta que eso ocurra, si la audiencia acompaña, El príncipe dragón queda como una meritoria y agradable muestra de intenciones que, eso sí, termina sabiendo a poco.