Durante la noche del domingo dos al lunes tres de septiembre, el mundo entero se ha estremecido a causa de las imágenes procedentes de Brasil, donde la institución científica y de historia natural más antigua del país ha sido destruida por las llamas de un incendio, todavía de origen desconocido.

Se trata del Museo Nacional de Río de Janeiro, un centro que acababa de cumplir este mes de junio su segundo siglo.

Aunque no hay que lamentar pérdidas humanas, el museo albergaba más de 20 millones de piezas de un valor incalculable, entre las que destacan los restos de Luzia, un esqueleto humano de casi 12.000 años de edad, que en su día estuvo considerado como el más antiguo de América.

Pero Luzia era mucho más que eso; pues, gracias a su hallazgo, la historia de los primeros americanos dio un vuelco radical a ojos de los investigadores. Ahora, aún por confirmar las pérdidas ocasionadas por el incendio, se teme lo peor por ella.

La mujer más vieja de América

El verdadero nombre del fósil es Lapa Vermelha IV Hominid I, aunque sus descubridores-un equipo de arqueólogos franco-brasileños- la bautizaron como Luzia en honor a Lucy, el esqueleto de Australopithecus afarensis que había sido hallado solo un año antes, en Etiopía.

Por su parte, Luzia fue encontrada en 1975, en la cueva de la Lapa Vermelha, en una región conocida como Lagoa Santa, ubicada en el estado brasileño de Minas Gerais.

En un principio apareció su cráneo, separado del resto del cuerpo, y después más huesos, hasta componer un tercio del esqueleto total. Tras someterlos a datación por radiocarbono, descubrieron que tenían aproximadamente 11.500 años, por lo que se convertía en el esqueleto humano más antiguo del continente americano. Más tarde el título le fue arrebatado por la mujer de Naharon, una osamenta de 13.600 años de antigüedad que fue encontrado en México, en el año 2000.

Aunque se la sigue conociendo como la mujer más vieja de América, en el momento de su muerte Luzia tendría entre veinte y veinticinco años. Medía aproximadamente un metro y medio y pertenecía a un grupo de cazadores-recolectores, que se alimentaban a base de algunas frutas y la carne de los animales que cazaban. Esto último pudo convertirse en su fin, ya que se cree que la causa de su muerte pudo ser una herida causada por el ataque de un animal.

La joven que cambió la historia de los primeros americanos

Tradicionalmente se ha considerado que el asentamiento de las Américas se generó únicamente a partir de la colonización de individuos mongoloides, provenientes del norte de Asia.

Sin embargo, las facciones de Luzia no cuadran con esa teoría, ya que su cráneo es estrecho, ovalado y de barbilla pronunciada, más parecido al de los homínidos australoides o africanos que al de los mongoloides o el de los actuales amerindios.

Esta incongruencia ha llevado al desarrollo de varios estudios al respecto, la mayoría de ellos liderados por el antropólogo brasileño Walter A. Neves, cuyo trabajo apunta a un ancestro común entre los primeros americanos y los primeros australianos. Estos antepasados habrían viajado al sudeste asiático desde África y, una vez allí, habrían emigrado hasta América hace no más de 15.000 años. Nada de estos habría podido estudiarse sin Luzia.

Tras convertirse en el pilar principal de los estudios de estos científicos, el esqueleto fue trasladado hasta el Museo Nacional de Río de Janeiro, donde ha descansado hasta hoy.

Ahora, las llamas podrían haber terminado con sus huesos, pero no con su historia, que sigue muy viva en el recuerdo de todos aquellos científicos que estudiaron cómo su hallazgo daba un giro radical a la historia conocida de los primeros americanos. Pensar en ello es un consuelo; pero, incluso así, no queda duda de que hoy es un día muy triste para la ciencia.