En estos tiempos de reivindicaciones múltiples que sacan a relucir lo mejor y lo peor de las personas, uno se da cuenta de que señalar a una película como “necesaria” se ha convertido en una costumbre, tal vez en los casos de aquellas que tratan asuntos sensibles de una forma meritoria o que les hace falta difusión por el desconocimiento generalizado del público sobre ellos. El filme Alpha, dirigido por el estadounidense Albert Hughes (2018), al que se le conoce por otros como Menace II Society (1993), Desde el Infierno (2001) o El libro de Eli (2010), puede ser considerado así porque el realizador y su guionista, el primerizo Daniele Sebastian Wiedenhaupt, se han propuesto mostrarnos cómo se pudo forjar nuestra colaboración o una amistad interespecies con los lobos unos 20.000 años atrás y, por lo tanto, de dónde proceden los perros modernos.

No obstante, ¿es realista la aproximación de Hughes y Wiedenhaupt a este hecho capital para la historia de la supervivencia humana y que ha convertido a los canes en nuestros compañeros de vida? Según Pepe España, el mayor experto en lobos en el país de su propio apellido, “partiendo de la base de que no hay ninguna teoría establecida de cómo ocurrió esa relación, la película refleja parte de esa realidad; no toda porque no se ha llegado a saber exactamente lo sucedido, pero sí es bastante fiel a la realidad supuesta”. Y remata: “No deja de ser una película”. Y, de entre todo el cine que aborda esta vinculación entre lobos y seres humanos, lo más creíble para él sería “una mezcla de Alpha y Entrelobos”, el filme de Gerardo Olivares (2010) sobre Marcos Rodríguez Pantoja, uno de los pocos niños salvajes españoles cuya peripecia ha sido documentada, y del que el biólogo fue asesor.

alpha película lobos
Sony

La simpatía por estos animales le viene a Pepe España de lejos: “Yo soy de la juventud de Félix Rodríguez de la Fuente”, asegura, el naturalista y divulgador responsable de la influyente y muy recordada serie El hombre y la Tierra (1974-1980). “Veía los documentales con diez u once años, y tengo cincuenta. Pero yo no quería ser como Félix, sino como los que manejaban a los animales que salían en sus documentales. Me preocupé muy a posteriori, cuando terminé la carrera, de conocer a una de las personas que quedaban de su equipo, Aurelio Pérez, que manejaba linces, águilas, hurones, lobos... Como yo ahora. Y llevo veinticuatro años criando lobos y es de lo que más sé y lo que más me gusta”. De modo que es de los especialistas más confiables para saber si una obra como Alpha servirá para que la gente sepa por qué nuestros perros están ahí, a nuestro lado, desde hace tantos siglos:

“Creo que llevamos sembrando esa semilla desde hace años; de hecho, Félix [Rodríguez de la Fuente] empezó; y hay mucha gente que la sigue regando”, asegura. Y añade que “esta película creo que será la que va a permitir que ese tallo aumente un metro más su tamaño sobre la visión que tiene la gente del lobo”. Y cuenta que, “aunque parezca mentira, en España todavía hay zonas, sobre todo en la Galicia profunda, donde siguen creyendo que el lobo es Satanás, y eso se sigue transmitiendo”, que “la labor que se hace en educación ambiental” es clave “para que las generaciones venideras consideren al lobo como algo más de nuestro ecosistema”, que sólo nos ataca “si se ve acorralado” como cualquier otro animal, porque nos ve como “su mayor competidor y nos tiene miedo”, y que únicamente va a por el ganado “cuando no dispone de presas salvajes”.

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Alpha lleva a cabo su propósito narrativo con solvencia suficiente y escasos diálogos, sin volvernos locos de amor cinéfilo ni caer en inverosimilitudes culposas, y apoyándose en una planificación visual de cierto barroquismo en la imagen como es costumbre en Hughes. Tal vez los futuros legisladores se encuentren entre el público que ha llevado al filme a la cúspide del ranking de la taquilla española, siendo la de mayor recaudación para este después de la de Estados Unidos y Rusia, y si su conmovedora historia les ha ocasionado el efecto emocional que pretendía, quizá se materialice el deseo de Pepe España de que los lobos sean considerados “una parte más integrada en nuestro ecosistema que cumple una función tan importante”, que dejen de matarlos y “sigan manteniendo las poblaciones de herbívoros salvajes de forma natural”, así como su predicción de que, “en veinte o treinta años, el lobo estará estrictamente protegido”. Ojalá sea así.