Desde hace unos días está disponible en el catálogo de Netflix -incluido el de España- Cargo, una película protagonizada por Martin Freeman (El Hobbit, Black Panther o Sherlock), quien se mete en la piel de Andy, un padre de familia que hace todo lo posible por salvar a su pequeña hija Rosie, de tan solo unos meses de edad, en una Australia azotada por un virus que tras infectar y matar a la gente, hace que se despierten como zombis.

A priori la premisa no se separa un ápice de otras tantas historias ambientas en un mundo apocalíptico regado de muertos vivientes, pero es el entorno y los medios los que marcan en gran medida el tono de la película. Narrada en su totalidad en el desierto australiano, y con un elenco que apenas supera los diez personajes contando los secundarios sin frase, Cargo se convierte en una historia intimista entre un padre y su hija, sin que el relato abuse de la condición de la pequeña como un detonante para forzar uno tras otro momentos de suspense. En resumidas cuentas, Rosie no se usa argumentalmente como se hace con Judith Grimes en la versión televisiva de The Walking Dead y, por el contrario, es el eje sobre el que bascula todo lo que sucede.

Pero más allá de su trama, Cargo destaca por mostrarnos una visión estilística y casi morfológica nunca antes vista en los habituales muertos vivientes. Los zombis de Cargo también muerden y son lentos andando como en la versión clásica de su representación, pero con unos pequeños detalles los autores y guionistas de la película, los debutantes en un largo Yolanda Ramke y Ben Howling, le han dado una pátina distinta que para muchos puede explorar a partir de ahora ideas mayores dentro de un género tan explotado en la última década como este. De eso precisamente, de los detalles de sus zombis, vamos a hablar en las próximas líneas, sin spoilers de la trama ni desvelar más allá de lo que se ve en el trailer de la película.

La idea de Cargo es la adaptación de un corto que sus propios directores estrenaron en 2013. El corto de 7 minutos ganó varios premios en festivales independientes y consiguió millones de reproducciones en Youtube (14 millones en estos momentos), pero si tienes curiosidad por la película recomendamos no verlo primero, ya que sus finales tienen algunos puntos en común. Dado su éxito, Ramke y Howling consiguieron sumar a la idea de llevarlo a un largo a varias productoras australianas, entre las que destaca Causeway Films, al frente de la también distribuida en Netflix y aplaudida The Babadook (2014).

Zombis con menos sangre y más “orgánicos”

Pero como decimos lo más llamativo de Cargo es la visión que aporta de sus zombis, o de sus 'virales' como prefieren llamarlos sus creadores. En lugar de carne en descomposición, huesos al aire y sangre por todas partes, Cargo nos presenta unos infectados que presentan una extraña supuración amarillenta que les sale de la boca y los ojos. Una masa viscosa que acaba siendo sólida, en forma de costra, y que recuerda irremediablemente a la resina.

"¿Alguien me presta cacao?" - Netflix

Además, tienen un comportamiento que no se había visto en las películas del género. En Cargo, es un virus de origen desconocido y del que no se explica demasiado el causante de la transformación. Una vez infectado, un 'viral' cuenta con 48 horas antes morir y transformarse, un proceso que lleva al sujeto a tener fiebre, náuseas, convulsiones y hemorragia. Es un proceso vírico en toda regla, que acaba con el paciente perdiendo la cabeza y enterrándola en la tierra -literalmente- antes de morir y proceder a su transformación.

“No queríamos recrear una especie de virus fantástico, sino uno más orgánico que encajara mejor con el ambiente de toda la película”, explicaban sus directores en una entrevista en la que comentan que se inspiraron en la savia de los árboles para la supuración de los infectados, del mismo modo que el hecho de que entierren su cabeza antes de convertirse en zombis “simboliza su último momento humano para después despertarse convertidos, como ocurre con los insectos y sus crisálidas”.

Netflix

En la película, el Gobierno australiano ha dotado a todo ciudadano de un kit de actuación por si cae infectado que entre otras cosas cuenta con un reloj que marca esas 48 horas que le quedan antes de morir y transformarse y son solo las comunidades aborígenes las que parecen haber conseguido prevenir un tanto la catástrofe. Con el paso del tiempo, los 'virales' de Cargo además generan cierta molestia a la luz, volviendo a enterrarse durante el día algunos de ellos, en un proceso que recuerda al de algunos insectos como las cigarras (cicácidos) cuyas ninfas son capaces de pasar varios años bajo tierra hasta que se dan las condiciones para recuperar su ciclo vital.

Todo esto hace que Cargo se salga de los habituales clichés y orígenes que hasta ahora se habían visto en el género zombi. Sus muertos vivientes no son ocasionados por una radiación espacial (como en La Noche de los Muertos Vivientes original de 1968), un virus generado en un laboratorio (28 Días) o un origen entre satánico y también vírico (REC), ni beben de las tradiciones haitianas, sino que parecen tener un aura más natural que en cierto modo recuerda puramente a una enfermedad repentina e incontrolable -al verla vienen a la cabeza casos como la gripe aviar o el zika- o a procesos que se dan en la naturaleza como las hormigas 'zombi' que son controladas por un hongo. El relato no da por el momento respuesta al foco de la epidemia, pero ya hay quien pide una secuela que nos cuente más de esta visión de los zombis.

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