"La ignorancia de su propia historia de luchas y logros ha sido una de las principales formas de mantener a las mujeres subordinadas", decía la historiadora Gerda Lerner. Esa propia historia que ha mantenido ocultas a grandes mujeres a lo largo de la historia, figuras de la ciencia, la cultura o, incluso, el mundo empresarial. Historias que inspiran.

Curiosamente, el mundo de la moda, pese a tener un fin femenino en su mayoría, ha estado dominado por creadores masculinos incluso hasta nuestros días. Y, sin embargo, el título de la invención de la belleza se le atribuyó a una mujer. Una empresaria que, años antes de los grandes movimientos feministas del siglo XX, abrió el camino a millones de mujeres que por nacimiento tenían un futuro muy definido. Helena Rubinstein (Chaja en su nombre real), nacida en 1872 en Cracovia, estaba destinada a casarse, ser madre de familia y seguir los designios de la comunidad judía de su guetto; una sociedad devastada años más tarde con la irrupción de las tropas nazis en el país centroeuropeo. La realidad es que no cumplió ninguno de los deseos de sus padres.

Con la clara intención de estudiar medicina a finales del siglo XIX, carrera de y para hombres, se concertó su matrimonio en 1986. Ni que decir tiene que nunca recibió el permiso para comenzar sus estudios, lo que añadido a u negativa a aceptar un marido pactado, terminó con un castigo a su afrenta; sus padres materializaron esa desobediencia social enviando a la joven con unos parientes en Austria para ayudar en la tienda de pieles. Poco después, sin dinero, idiomas y un total de 12 tarros de crema facial casera, Helena volvió a cambiar de país, esta vez algo más lejos; obligada por la familia, en un intento de encauzar a la mayor de las siete hijas, la joven fue enviada a Australia a vivir con un tío suyo en una granja de ovejas alejada de todo reducto social. Con el único futuro de convertirse en institutriz y de nuevo con los tarros de crema familiares a cuestas, Helena encontró su futuro precisamente en el punto más alejado de Europa.

De piel blanca, por genética y con la ayuda de las cremas familiares, las mujeres de Australia encontraron en esa joven extranjera su proveedora de belleza. Ella, ociosa en su nuevo hogar y amante de las ciencias, logró trabajar para el boticario del pueblo. En poco tiempo, y con la ayuda del farmacéutico, lograron reproducir la receta con los productos locales. Helena Rubinstein, hoy conocida marca de cosmética, empezaba su emprendimiento de cremas con una pequeña tienda en Melbourne.

Vendiendo primero un modelo de crema, la misma que fabricaba su madre por herencia familiar, hizo algo más que empezar un imperio. Helena empezó a levantar grandes ingresos vendiendo el cosmético a las mujeres de Australia, poco acostumbradas a proteger su piel y quitando el estigma de una cosmética que, hasta ese momento, era un monopolio de las llamadas "mujeres de vida alegre". Su primer paso fue invitar a su familia a vivir con ella en el exótico país; todos, menos una de sus hermanas, aceptaron la propuesta. Y con ella, esto lo sabrían años después, su supervivencia salvando a la mayor parte de su familia del Holocausto que asolaría los guettos de Polonia.

Lamentablemente, en el Holocausto no existían los finales felices.

Parte de su éxito se fundamentaba en la venta de ideas y no de productos. "La belleza es poder", solía decir cuando vendía sus cremas. Con ese lema consiguió aquello que los bancos no daban a las mujeres de su época: financiación. Primero 24 dólares y a principios de siglo, 100 dólares). Ya era la dueña de un pequeño imperio que dominaba desde sus escasos metro y medio de altura. Emigrando a Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, la marca de Rubinstein abrió sede en el país norteamericano, en París, Londres y Tokio en 1956.

Inventora desconocida de la aún vigente máscara de pestañas, maquillaje resistente al agua y las cremas de protección social, no llegaría a ser médico, pero si estuvo cerca del mundo de la ciencia. Usó los mecanismos del marketing personalizado Pionera no sólo en la creación de imperios económico, también fue de las primeras mujeres en Estados Unidos en acceder al divorcio.

Para 1931 era la mujer más rica de Estados Unidos y a finales de los 40 contaba con 14 fábricas y 40.000 empleados. Mientras, millones de mujeres en el mundo seguían luchando por intentar acceder a derechos básicos.