No es ningún secreto que el soviético Sergei Mijailovich Eisenstein sea uno de los cineastas más importantes en la historia de las innovaciones del cine: al abandonar honestamente su carrera estéril en el teatro y centrar sus esfuerzos en el séptimo arte, llegó a comprender que el montaje cinematográfico no debe consistir en juntar unas escenas con otras para contarle una historia atractiva a los espectadores, sino que es posible servirse del mismo para conducir las emociones que estos experimentan mientras ven una película. Después de las aportaciones del estadounidense Edwin S. Porter en Vida de un bombero americano y Asalto y robo de un tren (1903) y de su compatriota David Wark Griffith en El nacimiento de una nación (1915), fue Eisenstein con El acorazado Potemkin (1925) quien revolucionó la edición fílmica en este sentido, mucho antes de que el francés Jean-Luc Godard concibiese el entrecortado jump-cut en Al final de la escapada (1960).

El Gobierno de la Unión Soviética le encargó a Eisenstein que realizase una película para rememorar en su vigésimo aniversario el levantamiento social de 1905 en la Rusia zarista, es decir, una obra de propaganda que terminó enfocándose solamente en el motín del acorazado Potemkin, si bien este iba a narrarse al principio en uno de sus ocho episodios, entre huelgas de trabajadores y disturbios campesinos. Y es que, en junio de aquel año, los marineros de este buque de guerra pre-dreadnought, hasta las narices de que les tratasen de manera indigna y de que les diesen de comer alimentos en mal estado como sopa con carne agusanada, se decidieron por la sublevación, matando a siete de los dieciocho oficiales a bordo y poniendo rumbo al puerto de la ucraniana Odesa, ciudad del Imperio Ruso situada a orillas del Mar Negro en la que se estaba desarrollando una cruenta huelga general con enfrentamientos entre manifestantes y policías.

el acorazado potemkin
Goskino

Como ocurre en ocasiones, que un filme merezca ser visto en toda su extensión se justifica por la brillantez de una sola secuencia que acaba elevando el conjunto. En lo que se refiere a El acorazado Potemkin, la muy famosa de la escalera de Odesa, durante la que el ejército del Zar asesina a una multitud de ciudadanos, hombres, mujeres y niños, resulta una experiencia inolvidable por el asombro y los escalofríos que provoca, con la revolucionaria teoría cinematográfica de Eisenstein y su habilidad para el montaje en todo su esplendor. Pese a que semejante carnicería no había sucedido jamás en tal escalera, no por nada ha sido objeto de homenajes y parodias en otras películas de directores respetados:

Alfred Hitchcock con el hombre al que disparan en un ojo en unas escaleras de Enviado especial (1941), Bernardo Bertolucci en la explosión fallida de Partner (1968), Woody Allen en la insurrección contra la dictadura de Bananas (1971), Terry Gilliam en el tiroteo en el vestíbulo ministerial de Brazil (1985), Brian de Palma en el de la estación de ferrocarril de Los intocables de Eliot Ness (1987), Francis Ford Coppola en la escalofriante escena final de El Padrino 3 (1990), Gary Trousdale y Kirk Wise en la expulsión de los invasores del castillo de La Bella y la Bestia (1991), Wolfgang Becker con el cochecito de bebé al que el protagonista atiza mientras corre escaleras abajo en Good bye, Lenin! (2003), Juan Carlos Fresnadillo en la masacre militar de civiles de 28 semanas después (2007) o Quentin Tarantino en la proyección de la película sobre Fredrick Zoller en Malditos bastardos (2009).

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Goskino

El estreno de El acorazado Potemkin fue un acontecimiento sensacional en la Unión Soviética, donde compitió en taquilla con Robin Hood, de Allan Dwan (1922), que obtuvo, sin embargo, mayor recaudación pero por un escaso margen. Por su propaganda revolucionaria y procomunista evidente, fue prohibido en la Alemania nazi, en España hasta la Segunda República de manera intermitente, en Francia hasta 1953, en Reino Unido hasta 1954, año en que pudo proyectarse sólo en los cines equis hasta 1978, y otros países. E incluso en la propia Unión Soviética se decidió eliminar una introducción del exiliado Leon Trotsky por el choque de trenes que tuvo con el dictador Iósif Stain, y fue vetada para su exhibición en cine durante un breve periodo cuando la Internacional Comunista optó por retirar su apoyo a las deserciones en los barcos enemigos.

Por otra parte, para Charles Chaplin y Billy Wilder, directores de grandísimas comedias o comedias dramáticas como El gran dictador (1940) o Candilejas (1952) el uno, y Con faldas y a lo loco (1959) o Uno, dos, tres (1961), el otro, El acorazado Potemkin era su filme favorito. Y no puede parecernos sorprendente, pues no es nada fácil olvidar a esa mujer con su hijo herido en brazos ante los soldados implacables del Zar y ni a la que, al ser acribillada por estos, empuja el carrito de su bebé por las fatídicas escaleras de Odesa. Por las que el paranoico de Stalin y su camarilla totalitaria tal vez hubiesen querido ver rodar a Eisenstein cuando regresó de su deprimente etapa en América, donde no pudo llevar a cabo ningún proyecto con la Paramount debido a la intolerancia de la Guerra Fría y ¡Que viva México! (1932) quedó inconclusa, porque ya les resultaba una persona sospechosa y sus propuestas de cine se las vieron con la censura. Como Saturno devorando a sus hijos.