La Real Academia Española aclaró hace un par de años el origen del concepto conspiranoico a través de su cuenta de Twitter. El término es en realidad un acrónimo humorístico que se forma a partir de los adjetivos «conspira(tivo)» + «(para)noico», que bien podría utilizarse para la última moda absurda que ha circulado en las últimas horas en los medios de comunicación. Según publican algunos periódicos y cadenas nacionales, apenas quedan unas semanas para que llegue el (próximo) apocalipsis. Pero estén tranquilos: el fin del mundo no ocurrirá en septiembre.

Esta alocada idea solo es fruto de una nueva teoría conspiranoica apoyada por la astrología, una disciplina sin evidencia científica, aprovechándose, eso sí, de uno de los eventos astronómicos del año: el eclipse solar que tendrá lugar el próximo 21 de agosto. El fenómeno, completamente normal, ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, ocultando la luz procedente de la estrella, tal y como explica la NASA. Entre 2011 y 2020, de hecho, habrá habido más de una veintena de eclipses solares sin mayores consecuencias para la humanidad que el asombro y la curiosidad ante un evento astronómico de este tipo.

Nibiru, un planeta inventado

Los defensores de la astrología y de la numerología bíblica, otra ámbito sin base científica que otorga determinadores valores simbólicos a los números que aparecen en el texto religioso, afirman que el eclipse de Sol traerá consigo graves consecuencias para la humanidad. En particular, sus acreedores sostienen que el fenómeno astronómico provocará el impacto inminente del planeta imaginario Nibiru contra la Tierra el próximo 23 de septiembre. Tal y como predicaron, por otro lado, en 2011, 2012, 2015 o 2016, coincidiendo con otros eventos científicos de gran interés, como el paso del cometa ISON o los rumores sobre un posible noveno planeta en el sistema solar, conocido como Phattie. Sin embargo, como se puede comprobar fácilmente, en ninguna de estas ocasiones la Tierra fue destruida.

La NASA ha tenido también que salir al paso sobre las teorías conspiranoicas que anticipan el apocalipsis, desmintiendo de forma categórica que el supuesto planeta exista realmente. "Nibiru y otras historias sobre planetas descarriados son engaños fruto de internet. No hay evidencia que apoye estas afirmaciones. Si Nibiru o el planeta X fueran reales y fueran a impactar contra la Tierra, los astrónomos los hubieran observado durante la última década, y serían visibles a simple vista. Obviamente, no existen", señaló la agencia espacial norteamericana en 2012. Otros reputados investigadores, como Mike Brown, astrónomo del Instituto Tecnológico de California (Caltech), Don Yeomans, científico jubilado del Jet Propulsion Laboratory y Brian Cox, físico de partículas y catedrático en la Universidad de Manchester o el periodista científico Richard A. Kerr también han calificado las leyendas sobre Nibiru como mera pseudociencia.

Más leyendas apocalípticas

Los defensores del fin del mundo del próximo septiembre también sostienen erróneamente que el eclipse solar provocará la llegada de una supuesta "luna negra", según recoge el periódico Daily Star. Uno de los portavoces de la corriente apocalíptica, David Meade, impulsor del movimiento conocido como cataclismo Nibiru, señala que el fenómeno inventado de la luna negra ocurre cada 33 meses, algo que podemos rechazar fácilmente mirando al cielo.

La afirmación de Meade es mentira, ya que no existe ningún evento conocido como "luna negra". Lo que sí sucederá el próximo 21 de agosto es que nuestro satélite estará en fase nueva, como recuerda el Observatorio Astronómico Nacional. Los cambios de posición de la Luna con respecto a la Tierra son cíclicos, de forma que cada 29 días aproximadamente va variando la parte iluminada del satélite. De este modo, el ciclo lunar comprende varias etapas en las que nuestra Luna pasará por la fase llena, menguante, nueva y creciente. El hecho de que el satélite se sitúe en fase nueva no significa que se aproxime ningún apocalipsis, ni que ningún planeta imaginario vaya a chocar contra la Tierra. Es algo absolutamente normal que sucede con regularidad.