Como bien saben los videojugadores irredentos, la japonesa Konami desarrolló la aventura vampírica de Castlevania en 1986 y, desde entonces, nada menos que cuarenta y una entregas han ido apareciendo en diferentes consolas hasta 2014. Así que esta profusión sirve muy bien para explicar que Netflix decidiese distribuir la adaptación de Federator, Shankar y Powerhouse Animation Studios en una serie televisiva, que acaba de estrenarse en su plataforma con solamente cuatro episodios de veintitrés escasos minutos, los cuales era de esperar que a muchos les hayan sabido a bien poco.

Lo cierto es que ya hubo en 2012 una traslación al cine de siete capítulos, en imagen real, que realizaron unos amantes de la saga de videojuegos con el título de Castlevania: Hymn of Blood, guion de Jason Rinka y Benji Gillespie al mando. Pero la que se puede ver ahora en Neflix es la primera de carácter oficial que se ha producido en cualquier formato y técnica. Con libreto de Warren Ellis y la dirección de Sam Deats, se basa más específicamente en Castlevania III: Dracula’s Curse, elaborado en 1989 con la tutela de Hitoshi Akamatsu para Nintendo, Microsoft y Virtual Console, y narra las peripecias del último superviviente del clan Belmont durante una terrible venganza de Drácula.

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Desde la primera imagen, de esqueletos empalados y miles de murciélagos en vuelo por doquier, se nos aclara de quién son los dominios que contemplamos de la hoy rumana región de Valaquia en el siglo quince. Y conforme evolucionan los capítulos y vemos su carácter sórdido, sus diálogos avispados y groseros, su sanguinolencia y su casquería en las provocaciones y los enfrentamientos frecuentes, e incluso en los aires del aparato visual, nos damos cuenta de que está bastante influida por la exitosa adaptación de Game of Thrones, llevada a cabo por David Benioff y D. B. Weiss desde 2011 para la HBO. Y eso sin serle infiel en absoluto a la naturaleza de los videojuegos de Konami.

Pero parece que sus responsables han dejado pasar la ocasión de ofrecer un dibujo con personalidad verdadera, distinguible de muchos otros semejantes, y una animación que deslumbre, pues han optado por ceñirse un estilo bastante tradicional, sin fluidez en los movimientos, y así, no es nada aguda, imaginativa, rompedora y ni de lejos iconoclasta. Lo único que sobresale sin discusión son las secuencias de fantasía gótica, las furibundas apariciones del gran vampiro de nuestra cultura y sus hordas demoníacas, su destrucción y sus masacres torrenciales. Por otro lado, los personajes son arquetípicos, sin demasiada profundidad ni interés, desde Trevor Belmont hasta el mismísimo Drácula, pasando por Sypha Belnades, Alucard, el Anciano o el Obispo de Gresit.

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Es lógico que, para el final de cualquier temporada, un guionista se reserve sucesos graves y secuencias que conmocionen al espectador más interesado y fiel. Siendo así, la brevedad de la primera tanda de episodios de Castlevania ocasiona que prescindir de algún personaje de cierta entidad se interprete, por desgracia, como librarse de él a la primera de cambio cuando era posible que diese mucho más de sí en sus interacciones con los demás. Y en una temporada de, digamos, diez o doce episodios no habría dado esa impresión ni lo más mínimo.

Curiosamente por el buen trecho de toda índole que las separa, a la serie de Ellis y Deats le ocurre lo mismo que a Crisis in Six Scenes, la propia que realizó en 2016 el gran Woody Allen para Amazon Studios: diríase que las dos son películas troceadas en episodios, como si no hubiesen sido concebidas para su difusión seriada con unidades plenas en su progreso dramático, sino como un largometraje que se partió después para colgarlo como varias entregas en su respectiva plataforma digital. No ha sido así, por supuesto; el problema es que puede antojársenos creíble al verlas. Y con todo esto, uno teme que Castlevania, renovada por Netflix para un segundo ciclo, no sea más que una triste oportunidad perdida.