Todos sabemos que, normalmente, una película cuyo guion no es original adapta hechos reales o la historia que se nos narra en alguna novela, relato o videojuego exitoso y de interés para el público o para un cineasta, y que por ello sea digna de una traslación del papel a la pantalla grande. Pero hay veces en que la industria se deja llevar por ideas excéntricas para sus producciones, quizá por falta de inventiva, y a sus responsables no se les pasó por la cabeza otra cosa que “adaptar” juegos de mesa o, como en el caso de la saga de películas de Piratas del Caribe, nada menos que una de las atracciones de Disneyland.

Esta atracción puede encontrarse en cinco de los parques que la compañía tiene a lo largo del mundo: el de Anaheim, en California, desde 1967; el de Orlando, en Florida, desde 1973; el de Tokio desde 1983, el de París desde 1992 y el de Shanghái desde 2016. Al principio y durante bastante tiempo, desde mediados de la década de los cincuenta del pasado siglo, la propuesta era que fuese un museo sobre piratas reales de la historia. Pero a Walt Disney se le ocurrió algo distinto tras visitar la Feria Mundial de 1964, que tuvo como sede a Nueva York y en la que, donde supo de tecnologías varias que podían ser útiles en sus parques de atracciones, de manera que las adquirió allí mismo.

Así que, con la ayuda del ingeniero Marc Davis, convirtió el concepto inicial en un ameno recorrido en bote por el interior de un edificio decorado con la temática pirata, paisajes acordes con ella y autómatas que representaban escenas y personajes de la piratería histórica. De modo que uno se sube a la embarcación y se desliza por una corriente de agua artificial, y desde ahí puede conocer el aspecto de los más temibles corsarios, su entorno y sus costumbres diarias, algunas de ellas con una representación decididamente cómica, hecho que recogería más tarde la saga de cine. Y este planteamiento fue modernizándose y evolucionando, con una mejor animatrónica que aumentaba el realismo de las escenas.

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Y sabed que añadieron una cancioncita que se pudiese relacionar con la atracción pirata: “Yo-Ho (A Pirate Life for Me)”, compuesta por Francis Xavier “X” Atencio y versionada en La maldición de la Perla Negra (2003) y En el fin del mundo (2007), las entregas uno y tres de la primera trilogía de Piratas del Caribe, que dirigió el muy respetable Gore Verbinski. La intrépida Elizabeth Swann (Keira Knightley) de niña (Lucinda Dryzek) la canta nada más comenzar la función del primer filme, y forma parte de lo último que dice Jack Sparrow (Johnny Depp) en este. De la misma manera, un niño pirata (Brendyn Bell) inicia la canción en el prólogo de la tercera película y sus compañeros condenados le secundan, y de nuevo se incluye un verso de la misma en las últimas palabras de Sparrow en el filme.

El caso es que la primera vez que pudo visitarse la atracción fue en marzo de 1967, en la zona de New Orleans Square del Parque Temático Magic Kingdom del Walt Disney World Resort californiano. Y no fue hasta principios de los años noventa que a los guionistas Ted Elliott y Terry Rossio tuvieron la ocurrencia de adaptarla al cine, con la intención de aportarle tintes sobrenaturales a su historia de piratería. Pero, en una exhibición de lucidez por la otra punta, ningún estudio quiso producirla entonces, a pesar de que hasta Steven Spielberg estuvo un tiempo interesado en dirigirla.

El protagonismo lo tenía Will Turner (Orlando Bloom) inicialmente, pero luego surgió ese personaje maravilloso que es Sparrow, para cuya encarnación Spielberg llegó a pensar en Robin Williams, Bill Murray o Steve Martin. Pero Disney se negó a suscribirla por el parecido de su peripecia con el de la entonces reciente Muppet Treasure Island (Brian Henson, 1996). Más adelante, Jay Wolpert redactó un libreto que no fue del gusto del productor definitivo, Jerry Bruckheimer, y este le pidió a Stuart Beattie, Elliott y Rossio que lo reescribieran en marzo de 2002, y el filme recuperó los ingredientes sobrenaturales.

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En junio, Verbinski se subió al carro para alegría de los espectadores por todo lo que aportó a la saga, con el pensamiento de darle nuevo lustre con las tecnologías actuales a las viejas historias de piratas que habían triunfado en Hollywood décadas atrás. Depp y Geoffrey Rush, que interpreta a Héctor Barbossa, se unieron a la producción en julio, y con este último vino Bloom, compañero suyo en Ned Kelly (Gregor Jordan, 2003); Knightley impresionó a Verbinski durante las audiciones, y Jonathan Pryce se agenció el papel del gobernador Weatherby Swann porque Depp le adora.

El rodaje se desarrolló entre octubre de 2002 y marzo de 2003, y el despegue de la película en las salas de cine fue a partir de julio de ese año. Pero el triunfo de las peripecias de Sparrow y compañía no se notó en las atracciones de los parques temáticos de Disney hasta la producción del segundo filme, El cofre del hombre muerto (2006), cuando fueron reformadas para añadir a los personajes de las películas y sus aventuras. Exceptuando la atracción de Piratas del Caribe en el parque de Shanghái, por supuesto, dado que se abrió al público en 2016, como ya se ha dicho, y debe de ser la que se encuentra más imbuida en su universo fílmico, en el que ya constaba también En el fin del mundo y En mareas misteriosas (Rob Marshall, 2011), pero no La venganza de Salazar (Joachim Rønning y Espen Sandberg, 2017).

Así que, en la actualidad, las veinte personas que se suben a la barca, en cinco filas de cuatro asientos cada una, para disfrutar de la última atracción en cuyo diseño pudo implicarse Walt Disney antes de morir, tienen la sensación de recorrer los mares y presenciar combates marítimos y de espadachines, villas devoradas por el fuego, prisiones con piratas encerrados en ellas y hasta algunos espectros, todo con animaciones tridimensionales, unos 200 autómatas y Sparrow y el resto de los seres de ficción que interactúan con él y que tan bien conocemos hoy. Y eso que, cuando supimos que los guionistas habían escogido esta clase de inspiraciones, pudimos fruncir el entrecejo de incredulidad o de estupefacción, pero estas reacciones lógicas no quitan que el resultado de la propuesta pueda acabar siendo hasta notable. Y por suerte para los espectadores, es lo que ha sucedido.