the discovery

Netflix

Al contrario de lo que denuncian los que hablan de una burbuja audiovisual en la producción cinematográfica ocasionada por las nuevas plataformas de películas y series en streaming, algunos pensamos que la ruptura de la cerca del redil en la industria de estos contenidos y la consiguiente ampliación de la oferta son positivas y, por lo que parece, cubre la demanda y hasta la genera, soliviantando nuestra sed de historias de calidad con imágenes en movimiento. Por esta razón, deseamos atender el último estreno de Netflix como distribuidora, The Discovery (2017), un drama de fantasía y ciencia ficción dirigido por el californiano Charlie McDowell, de quien sólo conocíamos ese otro drama pero de veras romántico y sólo de fantasía que es The One I Love (2014), con Mark Duplass, Elisabeth Moss y Ted Danson, no apasionante pero sí al menos de lo más curioso.

Su nueva película plantea una situación de una lógica implacable: si supiésemos que existe la vida después de la muerte sin ningún género de dudas, elegir el suicidio para volver a estar quizá con nuestros seres queridos fallecidos o para huir tal vez del sufrimiento en este mundo se convertiría en algo recurrente. De hecho, hay ateos combativos que acostumbran a preguntarle a los creyentes de las religiones monoteístas por qué, con tal convicción, no corren a la felicidad de reunirse con su dios y sus familiares y amigos difuntos; y este planteamiento es, de alguna forma, lo que han agarrado McDowell y su coguionista Justin Lader, que ya había escrito el libreto de su ópera prima, para convertirlo en esta honesta ficción.

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Tirando más del hilo de su proposición argumental, se da la paradoja de que, con el suicidio aún como tabú, se cuestiona la moralidad del hombre de ciencia que descubre la certeza de la ultratumba, y la posibilidad de negarla se convierte en la mentira piadosa que antes se suponía que era creer en ella para soportar la detestable incertidumbre de la vida, esto con el propósito de acabar con unos suicidios que se cuentan por millones. Como mínimo, hay que decir que se trata de una propuesta de lo más interesante en sus conceptos, y el modo en que McDowell y Lader la desarrollan es conversacional, hurgón y reflexivo, y un tanto desfachatado y socarrón en su primer tramo, pero luego se orienta hacia una gran seriedad que la dignifica.

El mismo tono le dieron a The One I Love, lo que evidencia una pauta y unas capacidades obvias para construir discursos complejos, comprensibles y entretenidos. La secuencia inicial va al grano y resulta inesperadamente contundente, aunque no abruma como podría, y en ningún momento del metraje es así porque el estilo pulcro, sencillo y casi funcional a la manera del cine independiente que le imprime McDowell, sin una banda sonora con mayor potencia de sus ya conocidos Danny Bensi y Saunder Jurriaans, le resta fuerza a las imágenes e incidentes de The Discovery, si bien algunos planos se quedan en la memoria del espectador por su extravagancia o su hermosura, gracias en parte a la bonita fotografía de Sturla Brandth Grøvlen.

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Y eso que tenemos a Jason Segel (Freaks and Geeks, How I Met Your Mother) como el escéptico Will, Rooney Mara (The Social Network, Carol) como la quebrada Isla, Robert Redford (The Sting, Three Days of the Condor) como el testarudo Thomas Harbor, Jesse Plemons (Breaking Bad, Fargo) como el elocuente Toby, Riley Keough (Mad Max: Fury Road, The Girlfriend Experience) como la frágil Lacey o Ron Canada (Murder One, The West Wing) como el entregado Cooper, y no hay discusión respecto a que ponen todo de su parte con sus interpretaciones. Y también es un gusto ver, aunque sólo sea un ratito, a Mary Steenburgen (Back to the Future 3, Philadelphia) como la entrevistadora.

Otro de los problemas que merece la pena señalar es la inconsistencia de la crueldad cometida por uno de los personajes, porque no se siente que corresponda con su temperamento. Lo cual carecería de verdadera importancia si no fuese porque ello deriva en un giro fundamental para The Discovery que conduce a la sorprendente última secuencia, donde McDowell acelera el ritmo del montaje después de una serenidad continua y Lader y él descubren todas sus cartas, brindándonos una de esas explicaciones rocambolescas que cambian los significados y que, así, hacen las delicias de los cinéfilos con debilidad por los cierres asombrosos y las excentricidades argumentales. Un pequeño y paradójico descubrimiento.

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