La lógica es la ciencia que estudia las leyes formales del razonamiento humano. Así, es conocida como la ciencia del pensar. Sus objetos de estudio son relevantes para cualquier científico, filósofo o ser humano en general, ya que se ocupa exclusivamente del pensamiento formal, es decir, no se encarga de cuestiones de contenido (como si lo hace la física, la química, la matemática, etc.) sino que solo le interesa la forma, los fundamentos de los mecanismos racionales humanos.

Los lógicos se ocupan de analizar las maneras en que la gente razona; lo que consideran válido e inválido y por qué. De esta manera, todo científico es, en cierta forma, un lógico, ya que sigue una serie de leyes de inferencia para saber si su teoría tiene sentido o no.

Durante una época se pensó que a través de la lógica se podían solucionar todos los problemas del mundo. Bastaría solo con traducir a lenguaje lógico (eso sí, lo suficientemente avanzado) todo conflicto que maraville a un sujeto, decodificándolo hasta sus fundamentos más básicos, usando las reglas de inferencia.

Leibniz era uno de los partidarios de esta teoría.

Sin embargo, problemas como el de la paradoja de Russell y el que les explicaré a continuación, demuestran que la lógica, como toda ciencia, tiene sus límites, por tanto, no es suficiente para dar cuenta de manera satisfactoria de todas las interrogantes planteadas por el universo.

Primero hablemos del principio de causalidad. Para todo efecto existe una causa y viceversa. El mundo está regido por esta ley que no admite ninguna excepción. En él se basan todas las ciencias y el conocimiento humano en general. No puede existir inferencia alguna sin presuponer que todo lo que existe es producto de otro evento.

Por ejemplo: si insultas al supremo líder Trump, automáticamente te llevas un premio a lo «caraanchoa».

Ahora, existen dos formas a través de las cuales el universo pudo haber sido creado:

1) En un momento dado no existía nada hasta que, espontáneamente, hubo algo.

2) Siempre hubo algo, por lo que no hubo un momento de creación original.

La primera asume que puede existir algo que no haya sido causado por un evento anterior, lo cual viola el principio de causalidad. Una especie de dios que inició un proceso espontáneamente sin estar condicionado por otro estado anterior. Y de nuestros razonamientos sabemos que cualquier cosa que viole el principio de causalidad es imposible. Ya que, si en verdad lo violara, sería una contradicción lógica, por tanto, no existiría.

El segundo afirma que no existe una causa inicial, lo que presupone que existió algo que no fue causado, es decir, una causa inicial original de todo el universo o, como lo llamaba Aristóteles, un «motor inmóvil». Esto, como ya supondrán, también viola el principio de causalidad.

Entonces, ¿esto significa que el universo no existe y todos somos personajes de una obra de ficción sin sentido escrita por el diablo?

Eso explicaría mucho…

Pues, lo que demuestra semejante paradoja es que nuestra mente finita no está hecha para resolver semejante interrogante. Nuestra capacidad mental tiene un límite. No podemos explicar cómo empezó el universo sin romper las leyes de nuestro propio razonamiento humano. Lo cierto es que una de las dos opciones descritas tiene que ser verdad, pero ambas son imposibles.

Algunas personas eligen esquivar esta implicación creyendo en un dios. Pero si ese no es tu estilo, te toca enfrentar esta contradicción entre los dos modos de existencia que no se pueden conciliar. Por tanto, es imposible explicar el comienzo del universo de manera lógica.

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