Uno de los legados más nefastos de los presidentes Richard Nixon y Ronald Reagan, mantenido por sus sucesores sin cambios sustanciales, es el sistema económico de la sanidad en Estados Unidos, que antes del Obamacare dejaría sin cobertura a cerca de cincuenta y seis millones de personas, casi el 18% de la población en 2015, porque no podían pagarse un seguro privado. Es uno de los más incomprensibles desde el punto de vista de los países que han disfrutado durante mucho tiempo de los beneficios de la socialdemocracia, y la razón no es otra que la falta de consideración por la salud de los ciudadanos de quienes la ven únicamente como otra manera de hacer negocio, embolsándose montañas de dólares en los que, como un sarcasmo involuntario, se puede leer el lema nacional: “In God we trust” (“En Dios confiamos”).

La Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible u Obamacare, tras muchísimos problemas de tramitación y recortes en las cámaras legislativas a causa de las reticencias del Partido Republicano, fue promulgada por el presidente Barack Obama en marzo de 2010, se hizo oficial justo dos años más tarde y su constitucionalidad fue ratificada por el Tribunal Supremo en junio de 2012. Con ella, básicamente, se implantó el mandato individual por el que la mayoría de los adultos deben mantener un seguro sanitario, bien se lo faciliten quienes les emplean, bien se lo sufrague el Estado, so pena de que les caiga una multa si no.

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Barack Obama firmando la ley del Obamacare - NationalJournal.com

Pero el Obamacare va a ser previsiblemente demolido por la nueva administración del republicano Donald Trump, y casi treinta millones de personas a los que esta ley les cubre ahora la sanidad necesaria se quedarán sin ella de nuevo. Y no sólo eso pues, recientemente, los doctores Steffie Woolhandler y David Himmelstein, que dan clase de Salud Pública en el Hunter Hollege de la Ciudad Universitaria de Nueva York y en la Escuela de Medicina de Harvard, han señalado cuáles son las consecuencias de este desmantelamiento según los datos de un estudio ajeno publicado en The New England Journal of Medicine en 2012.

Ambos llevan décadas analizando la relación entre las tasas de mortalidad y las variaciones en la cobertura sanitaria, campo en el que se centra dicho estudio, y han calculado cuántos ciudadanos estadounidenses morirán cada año por la derogación el Obamacare. Si el senador Bernie Sanders, que había sido candidato presidenciable en las primarias del Partido Demócrata frente a Hillary Clinton, había clamado que morirían casi 36.000 personas cada año si se retiraba según las cuentas del Urban Institute que se publicaron a finales de 2016, Woolhandler y Himmelstein sostienen que serán unas 44.000 con las estimaciones más conservadoras, nada menos. Los números indican que una de cada 455 personas, entre veinte y sesenta y cuatro años, que pudieron acudir al médico gracias a la expansión de Medicaid de 1997 a 2007 en los estados de Nueva York, Maine y Arizona salvó su vida.

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Donald Trump firmando su primera disposición contra el Obamacare - LATimes.com

Así que lo que deja claro la aportación de Woolhandler y Himmelstein, los cuales advierten además que las reformas que el gabinete de Trump quiere llevar a cabo para sustituir el Obamacare pueden ocasionar incluso más fallecimientos porque profundizan como consecuencia en la privación de cobertura sanitaria, es que la frase clave de la consigna de los senadores demócratas sobre esta cuestión no va desencaminada en absoluto. Parafrasea el lema de campaña de Trump (“make America great again”, “hagamos a América grande otra vez”) y la ideó el roquero Alice Cooper para su propia parodia: “Make America sick again”, es decir, lo que defienden los republicanos es tanto como proponer: “Hagamos a América enferma de nuevo”.