Todo el mundo recuerda lo que ocurrió en París una fría mañana de enero de 2015. Los hermanos Chérif y Said Kouachi irrumpieron en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, ataviados de negro y con la cara cubierta, y dispararon con fusiles de asalto contra una veintena de personas que allí se encontraban: primero, a unos empleados de mantenimiento; después, a la mayor parte del equipo de la revista en la sala de reuniones, tras haber tomado como rehén a una dibujante para obligarla a introducir el código de apertura de la puerta blindada que protegía la redacción; y al grito de: “Alá es el más grande”, huyeron, dejando hasta entonces once muertos y cinco heridos.

La razón del ataque, reivindicado por la franquicia de Al-Qaeda en Yemen, no era otro que los innumerables chistes que la revista había publicado sobre múltiples aspectos del islam. Fue el más grave sin duda, pero no el primero. En noviembre de 2011, hackearon su página web y, de madrugada, incendiaron su sede con un cóctel molotov como represalia por un número especial en el que, entre otras cosas, habían sustituido el nombre del semanario por Charia Hebdo, en referencia a la sharia o ley islámica.

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Portada de 'Charlie Hebdo' tras los atentados de enero de 2015 - LeProgres.fr

Y en 2012, los antidisturbios rodearon la sede de la revista por posibles ataques cuando, en respuesta a los sufridos por embajadas estadounidenses en países musulmanes a causa de una película antiislámica, publicaron unas viñetas que se choteaban de Mahoma. No en vano, ahí estaba la puerta blindada y con código de apertura para acceder a la redacción y el policía que escoltaba a uno de los dibujantes, tiroteado por los hermanos Kouachi.

La reacción internacional ante el atentado de 2015 contra Charlie Hebdo, en líneas generales, fue de horror, de repulsa y de solidaridad. Hubo diversas manifestaciones públicas y se popularizó extraordinariamente la frase “Je suis Charlie” o “Yo soy Charlie”, un eslogan ideado por el grafista francés Joachim Roncin que servía de apoyo y tributo a las víctimas, y constituía una defensa de la libertad de expresión, del pluralismo y de la tolerancia democrática frente al fundamentalismo religioso y su violencia. Todos, o casi todos, decíamos que éramos Charlie Hebdo; incluso ciertos gobernantes hipócritas que en sus propios países pisotean la libertad de prensa.

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Amatrice tras el terremoto del 24 de agosto de 2016

Pero parece que el encantamiento de esa unidad fabulosa, de esa hermandad contra la intolerancia, se ha roto esta misma semana por la publicación de una lamentable viñeta del semanario sobre el último terremoto de Italia, ocurrido el pasado 24 de agosto entre las provincias de Rieti y Ascoli Piceno, que ha destruido la localidad de Amatrice y ha provocado casi 300 víctimas mortales en la región. La viñeta, del dibujante Félix, está encabezada por lo siguiente: “Seísmo a la italiana”, y debajo se lee: “Penne con salsa de tomate” sobre el dibujo de un hombre ensangrentado, “Penne gratinado” sobre el de una mujer con heridas en la cara y los ojos morados y “Lasaña” sobre el de un montón de cadáveres bajo los escombros.

El mal gusto de la viñeta resulta indiscutible, pero lo que realmente asombra es la crueldad y la absoluta falta de empatía por las víctimas del terremoto, la misma empatía que, precisamente, fue capaz de demostrar gran parte del mundo ante el sufrimiento que ocasionó el atentado contra Charlie Hebdo. Y la única respuesta de la revista a la lógica indignación que ha despertado ha sido otra viñeta, esta vez de la dibujante Coco, publicada en su página web. En la misma, apelando a los italianos, se ve a una mujer malherida por el terremoto que dice: “No ha sido Charlie Hebdo quien ha construido vuestras casas, ¡sino la Mafia!”

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Viñeta de réplica de 'Charlie Hebdo' - Charliehebdo.fr

Lo cierto es que lleva toda la razón respecto a que los italianos deben indignarse por la forma ilegal y deficiente con la que, al parecer, se construyeron y reforzaron no pocas viviendas en la zona del seísmo, pero que la revista lo señale como contestación al enfado generalizado por su primera viñeta no es más que lanzar balones fuera: su chiste sigue siendo deleznable. Y, sin embargo, tampoco debe pillarnos por sorpresa, porque Charlie Hebdo siempre se las ha gastado así: ya se habían reído de los atentados de ETA el siglo pasado, y últimamente, del vuelo MH370 de Malaysia Airlines desaparecido en el Océano Índico o, caramba, hasta de los ataques yihadistas en Bruselas.

Se burla de todo aquello que se considera intocable con el argumento de que, si incluso esto se permite en una democracia, podemos asegurar que la libertad de expresión de opinadores serenos, mucho más cualificados y provechosos para la salud democrática de nuestros países, está garantizada, y medios como Charlie Hebdo funcionan como una especie de cordón sanitario liberal. De lo contrario, si pretendemos instituir algún tipo de censura que limite las publicaciones ofensivas y castigue más allá de los delitos de injurias y difamación, ¿dónde ponemos el límite?, ¿y quién decide dónde ponerlo?

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Viñeta de LaMerienda.es por el atentado contra 'Charlie Hebdo'

Si tras el atentado contra Charlie Hebdo fueron minoritarias las voces que se manifestaron en su contra “porque se lo habían buscado y la libertad de expresión tiene límites”, tras la viñeta sobre el terremoto, no solamente se han multiplicado, sino que, además, no pocos se arrepienten de haberles apoyado ante el ataque yihadista. Pero no perdamos el norte: culpabilizar a las víctimas nunca es una opción válida, y si hay momentos para demostrarle a los terroristas y a otros enemigos de la libertad que la defenderemos siempre, este es uno de ellos.

Una sociedad democrática verdaderamente madura dirime polémicas semejantes en los debates de la opinión pública, y muestra su legítima indignación ante transgresiones de mal gusto sin recurrir a métodos punitivos ni cuestionar en ningún momento la libertad de expresión de nadie, pues eso supondría poner en peligro la de todos; porque la verdadera libertad siempre es la ajena. Y si el atentado contra el semanario francés se hubiese producido tras esta viñeta sobre el terremoto, lo único decente sería hacer lo mismo que en enero de 2015 y proclamar que todos somos Charlie Hebdo. Y con ello, como entonces, no apoyamos ni toda su ideología ni sus chistes de mal gusto, sino que defendemos el derecho inalienable de expresarlos frente al terror del totalitarismo, lo que es tanto como defender nuestras libertades democráticas, que son las de todos.