El doctor Victor Frankenstein y su legendario monstruo vuelven en la enésima adaptación a la gran pantalla de la novela de Mary Shelley, en esta ocasión de la mano del director británico Paul McGuigan y con una vuelta de tuerca que venía haciendo falta pese a su limitado alcance.McGuigan es un cineasta esforzado que aún no parece haber definido demasiado su estilo e intereses, si es que en verdad ha de tenerlos. Da la impresión de que va moviéndose entre diferentes géneros según le pinta: comenzó con The Acid House (1998), un exasperante filme de episodios que se siente de lo más impostado, con buenos montajes en el tramo último que no logra redimirlo; continuó con Gangster Number One (2000), un dinámico ejercicio de estilo y de género muy digno y con una decente dirección de actores, en las antípodas de su predecesora; a esta le siguió la detallista *The Reckoning* (2003), menos sugestiva de lo que debiera; y luego, Wicker Park (2004), remake de *L’appartement* (Gilles Mimouni, 1996), una aburrida intriga nada intrigante de casualidades imposibles y sin ningún sentido.

Su mejor obra hasta el momento no es desde luego la que nos ocupa, sino la vigorosa y listilla Lucky Number Slevin (2006), a la que le siguió la desangelada y olvidable Push (2009). Y tras una laboriosa etapa televisiva en la que todavía se encuentra imbuido, ha vuelto al cine de grandes salas con **Victor Frankenstein (2015), su aportación a las más de 200 películas y series en las que ha aparecido el monstruo del buen doctor*.

Y, si acaso podemos descubrir algo acerca de este director viendo Victor Frankenstein*, es su reincidencia al abordar personalidades obsesivas como la del célebre científico que da nombre a la película, e incluso la del inspector Roderick Turpin, interpretado por Andrew Scott, más conocido como el profesor Moriarty de la serie Sherlock (Mark Gatiss y Steven Moffat, de 2010 a la actualidad): tanto el protagonista de Gangster Number One, al que dan vida Paul Bettany y Malcolm McDowell, como el Nicholas del mismo Bettany en The Reckoning y, desde luego, el Matthew de Josh Harnett y la Alex de Rose Byrne en Wicker Park tienen rasgos obsesivos.
La gran novedad de esta adaptación libre es que la historia del monstruo de Frankenstein se cuenta desde la perspectiva de Igor, el asistente jorobado del buen doctorPese a que ya existían dos adaptaciones anteriores, el auténtico mito cinematográfico del monstruo imaginado por Shelley, la cosa sin nombre, se originó con Frankenstein (1931) y su secuela, The Bride of Frankenstein (1935), ambas de James Whale, inspiradoras pero no demasiado notables en su realización; y aunque hubo tropecientas reproducciones y secuelas, nada valioso volvió a hacerse hasta la descacharrante Young Frankenstein, de Mel Brooks (1974), que parodia las dos películas de Whale. Kenneth Branagh regresó al origen con *Mary Shelley’s Frankenstein* (1994), demasiado pasada de rosca; y, en los últimos tiempos, hemos visto ese completo desastre de acción que es I, Frankenstein, de Stuart Beattie (2014), y una efectiva profundización en la personalidad del monstruo a lo largo de la irregular serie *Penny Dreadful*, de John Logan (de 2014 a la actualidad). Pero el filme de McGuigan se aleja en importantes aspectos de todas ellas.

Con él incide en una realización elaborada y minuciosa, plenamente consciente, en el recurso a la voz en off narrativa del protagonista y la breve cámara lenta esporádica. Pero prescinde del montaje con ocasionales imágenes impresionistas de otros filmes que pudieran parecer de relleno pero que, en realidad, algunas veces son evocadoras y siempre suministran más detalles de caracterización y contexto, y aquí opta por la funcionalidad, con casi toda la historia narrada en un enorme flashback, por otra parte.

La novedad audaz del guion de Max Landis, que antes ya ha destacado en saber dar vueltas de tuerca a planteamientos archiconocidos con el que escribió para Chronicle (Josh Trank, 2012), es que la historia del monstruo de Frankenstein se cuenta desde la perspectiva de Igor, el asistente jorobado del buen doctor, que no aparece en la novela de Shelley sino desde la película fundacional de Whale con el nombre de Fritz, llamado Ygor como tipo de personaje a partir de la segunda secuela. Si antes era alguien despreciado y ciertamente despreciable, en esta ocasión se convierte en un personaje del todo distinto salvo por cómo le considera la mayoría, con más habilidades que de costumbre, una historia sobre su vida que condiciona el desarrollo de la clásica y los matices de que le dotan Landis y **la esforzada interpretación de Daniel Radcliffe**.

El doctor, encarnado por el siempre eficiente James McAvoy, además de lo propio del enérgico e hiperactivo visionario y el científico imprudente y medio loco, también tiene determinadas destrezas de un antihéroe de acción, destellos de rápido ingenio semejantes en cierta manera a los del Sherlock Holmes de Robert Downey Jr. (Guy Ritchie, 2009 y 2011). Es un estimable Victor Frankenstein, en todo caso. Además, el romance se traslada de personajes y la trama ocurre enteramente en Londres y en Escocia; y todo ello convierte a esta película en una adaptación libre de la inolvidable novela de Shelley.

Es colorida y, al tiempo, oscura; y jamás sobrecoge, pero su ritmo no decae en ningún instante, y toda ella está animada por esa intensidad forzosa para contar bien este relato de dioses humanos y monstruos, que es la misma que caracteriza al comportamiento del propio Frankenstein. De hecho, el filme de McGuigan pertenece a esa clase de adaptaciones de la novela que se centran en las cuitas y obsesiones del insensato científico, y su monstruo es, digámoslo así, un cacho de carne con ojos por el que no sentimos absolutamente nada, algo negativo de tan cobarde que resulta, sobre todo después de que distintos cineastas se hayan esforzado para profundizar en su personalidad y en su propio drama.

Además, su propio techo autoimpuesto lo tiene en su apuesta por el puro espectáculo de sus varias escenas de acción y enfrentamiento sin terror alguno, lo cual le acarrea ser poco más que una adaptación superficial que, por añadidura, traiciona algo tan imprescindible como el espíritu trágico que hay en el negro y aún inexpugnable corazón de esta historia. Tendremos que seguir esperando a que alguien lo suficientemente lúcido nos lo muestre en una sala de cine.

Conclusión

Paul McGuigan nos ofrece un punto de vista distinto en Victor Frankenstein, otra manera de acercarse a los horrores de su monstruosa creación, pero no le basta para sobresalir debido a su enfoque rudimentario y su impropio final, así que se queda en el territorio de los aceptables pasatiempos.

Pros

  • La realización elaborada y minuciosa de Paul McGuigan.
  • La vuelta de tuerca del guionista Max Landis a la historia original.
  • Las eficientes interpretaciones de Daniel Radcliffe y James McAvoy.
  • El buen ritmo y su intensidad forzosa.

Contras

  • El espectáculo superficial.
  • La cobardía de no profundizar en el monstruo.
  • Que no hay terror ni sobrecogimiento alguno.
  • La traición al espíritu trágico de la historia original.

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