"¿Os ayudo?" La voz de aquel hombre no se caracterizaba por un tono amable. Tampoco es que necesitáramos auxilio. Mi pareja de entonces y yo nos despedíamos en una calle de Barcelona, una ciudad cosmopolita, abierta y moderna. Como haría cualquier persona en cualquier lugar del mundo. Pero sus palabras estaban revestidas de un retintín tosco, desagradable, asqueroso. La diferencia entre nosotras y cualquier pareja del planeta es que las dos éramos mujeres. Y ese pequeño detalle parecía ser suficiente para que aquel hombre decidiera entrometerse en nuestra intimidad.

Según Pew Research Center, España es el país que más acepta la homosexualidad en el mundo. Pero sigue siendo homófobo

Anécdotas como estas suceden a diario. Son detalles con los que no lidian las personas heterosexuales. Pero aprendes a vivir con una sombra perenne, a pesar de residir en un país considerado como el que más respeta la homosexualidad en el mundo. Según datos del Pew Research Center, el 88% de la sociedad española acepta a las personas homosexuales. Sin embargo, el fantasma de la homofobia sigue persiguiéndonos. La última vez, en Madrid. Dos hombres homosexuales recibieron puñetazos y lanzamientos de objetos al grito de "maricones". En lo que va de año, se han registrado 52 ataques de este tipo solo en la capital. Pero son detalles en los que no reparas la primera vez que te das cuenta de que eres homosexual. Porque tu problema en ese momento es otro.

Tenía diecinueve años cuando me di cuenta de que me atraían las personas del mismo sexo. Hasta ese momento, había mantenido algunas relaciones con chicos e incluso me había enamorado de algún compañero. Jamás pensé que podría ser lesbiana, a pesar de que en mi círculo de amigos había una gran diversidad en cuanto a orientaciones sexuales. Tenía amigos heterosexuales, homosexuales, bisexuales e incluso asexuales. Salir del armario en mi entorno más cercano no tendría por qué haber sido un problema. Y sin embargo lo era.

"No quise aceptarlo. No pude aceptarme"

Recuerdo perfectamente el momento en el que lo supe. Fue como recibir un auténtico bofetón de realidad. Era cierto: me atraía una chica. Y no quise o no pude asumirlo. Era como si diariamente me mirase al espejo y pensara que era "pelirroja". Pero el espejo no mentía. Yo sí. Tenía el pelo castaño, y era algo que no iba a cambiar. Por muchos tintes que usara para el cabello. Por muchas falsedades que me repitiera mentalmente. Era lesbiana. Al principio, pensarlo me aborrecía. No quise aceptarlo. No pude aceptarme. Así estuve dos largos años, donde me sumí en un conato de depresión y tristeza. Me autoengañé durante meses, pensando que aquello pasaría de largo. Creyendo que era una fase, que volvería a ser "normal".

"Me autoengañé durante meses, pensando que aquello pasaría de largo. El tiempo me enseñó lo equivocada que estaba"

El tiempo me enseñó lo equivocada que estaba. Un año y algo después de aquel primer tortazo de realidad, las palabras se escaparon de mi cabeza sin que pudiera remediarlo. Una de mis amigas más cercanas me confesó que estaba saliendo con otra chica. En ese momento, estallé. "Yo también", le dije. Acababa de hacerlo. Había reconocido quien era, después de meses de auténtica tortura, en los que me refugié en los estudios. Aquella noche volví a casa y me miré al espejo. Era castaña y, por primera vez, el espejo me devolvía una imagen distinta. Era yo, sin más adornos ni mentiras. Era yo, más auténtica que nunca. Y solo sentía una extraña sensación de sosiego y paz.

En aquel momento no lo sabía, pero los momentos difíciles no habían hecho sino empezar. Poco a poco fui experimentando esos instantes en los que decides ir abriéndote a tus amigos. Resulta raro pensar en todas las veces que salí del armario. En todas las ocasiones que me senté a tomar un café, beber una cerveza o salir a dar un paseo y decir lo que era. Porque ser homosexual formaba parte de mi personalidad. Igual que ser mujer, trabajar en una empresa o ser aficionada a la música de Muse. Cuando eres heterosexual no te planteas cómo salir del armario. Tampoco sabes cómo vivir esos interminables y repetidos momentos en los que le confiesas a alguien tu orientación sexual. "Hola, me llamo X y soy heterosexual". Suena raro, ¿verdad? Pues durante un tiempo, toda persona homosexual, bisexual o transexual ha de enfrentarse al proceso, en muchas ocasiones largo y doloroso, de tener que decir quién es. Y esperar que la persona que le escucha no haga una mueca de reprobación o decepción.

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Dos mujeres se besan en el medio de una protesta en Francia contra el matrimonio igualitario. Imagen: Gerard Julien/AFP.

A veces ocurre. Hay momentos en los que decides abrirte y hablar de lo que eres, de lo que sientes y de quién te enamoras, pero tu interlocutor no responde como desearías. Lo más doloroso es que esa persona sea la que te ha cuidado, te ha visto crecer, ha estado contigo en los instantes más felices y tristes de tu vida. Lo peor es que ese gesto de frustración y desencanto venga de tus padres. En cierta medida, era algo que ya sabía. Quizás fue esa la razón inconsciente que hizo que tardara tanto en salir del armario. Tampoco es fácil hacerlo si procedes de una ciudad pequeña, donde todo se sabe y los cuchicheos y bulos son parte del día a día. Ojalá pudiera haberlo hecho viviendo en Madrid o Barcelona. En urbes como estas, hay una diversidad fundamental de opciones. Pese a lo que te pueda ocurrir, puedes encontrar círculos afines en los que integrarte. No ocurre lo mismo en localidades minúsculas, donde existe una suerte de "modelo de conducta". La perspectiva sociológica no es la única que te marca. Ojalá hubiera tenido modelos de personas conocidas fuera del armario para pensar que todo estaría bien, que no habría problemas. Pero de aquello hace casi una década y muy pocas mujeres habían confesado su homosexualidad en público. Con la excepción de The L Word o Imagine Me & You, tampoco había una gran diversidad de series o películas LGTB, como ocurre ahora con cintas como Carol.

"La homosexualidad es parte de uno mismo. Por eso duele tanto que personas cercanas rechacen quien eres"

La escritora inglesa Jeanette Winterson contaba en su autobiografía que su madre, cuando ella salió del armario con dieciséis años, le dijo "¿por qué ser feliz cuando puedes ser normal?" La cuestión es que, al igual que le sucedió a la adolescente Jeanette, es que la homosexualidad es parte de uno mismo. Por eso duele tanto que personas tan cercanas rechacen quien eres. Algo así me dijeron en mi entorno familiar cuando me atreví a hablar del tema. "Yo acepto la homosexualidad, pero no es lo mismo cuando te toca en casa", afirmaron. Como si mi orientación sexual fuera lo mismo que padecer una enfermedad de difícil curación. Otro de los comentarios de aquellos días fue que era "algo que podía decidir". Pero no es cierto. No puedo elegir quién me atrae y quién no, de quién me enamoro y de quién me olvido.

De la homofobia al matrimonio igualitario

Con el paso de los años, sin embargo, he logrado entender algunas de sus reacciones. Cuando Eddie Redmayne interpreta a Lili Elbe en The Danish Girl, el gesto de decepción de Alicia Vikander como Gerda Wegener me recordó a mi familia. Imagino que sucede algo similar en todos las hogares cuando reciben una noticia inesperada. En aquellas semanas, en las que se sucedieron muchas lágrimas y discusiones, aprendí algo. "Era así y nada iba a cambiarlo". La determinación con la que me miré al espejo la primera vez que salí del armario me había hecho más fuerte. Algo había hecho "clic" en mi cabeza, a pesar de escuchar frases como "esto va a afectar a tu futuro profesional", "no voy a presumir de ello" o "no puedo imaginarte así".

"Cuando veo casos de bullying en colegios e institutos, me pregunto quién habla por boca de esos niños y adolescentes"

Las salidas de tono que escuché continuaron en los meses posteriores. Pero tenía claro lo que era, y la situación, aunque fuera difícil, me hizo menos daño que en los tiempos en los que permanecí dentro del armario. Aquellas reacciones no fueron muy diferentes a las que conocí luego por boca de amigas o conocidas. "Esto es una fase". "Te acuestas con mujeres porque estás gorda y los tíos no quieren hacerlo contigo". "Te han lavado la cabeza". "Sigo con la esperanza de que cambies y encuentres un buen hombre". Son algunas de las frases célebres que algunos de los padres de personas cercanas pronunciaron en el momento en el que salieron del armario. En otras ocasiones, la reacción fue peor. Conocí a gente a la que echaron de casa tras confesar su homosexualidad. En muy pocos casos la respuesta fue más normal.

"Te quiero y te acepto como eres". Siete palabras que una espera escuchar de sus familiares y allegados. Pero no siempre ocurre, aunque según los estudios España sea un país que respeta mayoritariamente la homosexualidad. Parece ser que lo hace siempre que el tema salga en casa del vecino. Una década después, tengo claro que se trata de un problema cultural. La respuesta más natural y cariñosa que he oído procedía de un niño de 10 años y una adolescente de 15. Después de contarles que era lesbiana, solo me dijeron que "querían que fuese feliz". No sé en qué momento la sociedad o la tradición nos corrompe. Pero lo cierto es que sucede. Por eso cuando veo casos de bullying en colegios e institutos, que afortunadamente no sufrí, me pregunto quién habla por boca de esos niños y adolescentes. ¿Cuándo se cuelan en sus cabezas palabras como "tortillera", "maricón", "bollera", "sarasa", "marimacho", "desviado", "camionera", "mariquita", "invertida" y términos similares? Lo que no saben es que, cuando usan esos insultos, en muchas ocasiones topan con gente que se ha hecho más daño a sí misma en su proceso de aceptación y que aquella vulnerabilidad les hizo más fuertes.

A pesar de que la aceptación de la homosexualidad haya avanzado mucho en los últimos años en nuestro país, la homofobia sigue siendo uno de los problemas graves de la convivencia social. Un informe del Consejo General de la Abogacía en España señaló que España registró en 2014 un total de 1.285 delitos de odio, la mayoría por ataques homófobos. En 513 ocasiones las agresiones ocurrían por la orientación sexual de la víctima, por delante de los delitos racistas (475 denuncias), los dirigidos a personas discapacitadas (199), la violencia por motivos religiosos (63) o las creencias antisemitas (24). Sin embargo, la homofobia que se denuncia podría ser solo la punta del iceberg. De acuerdo a la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), únicamente el 10% de las víctimas de estos ataques interpone una denuncia.

"Me enorgullece pensar que, pese a todo, España fue el tercer país del mundo en aprobar el matrimonio igualitario"

En mi caso, nunca he sido víctima de una agresión física por mi condición sexual. Sí que he escuchado agresiones de tipo verbal y, en ocasiones, veo en otras personas miradas despectivas cuando voy con mi novia por la calle. También hay comentarios inexplicables, como cuando te preguntan "quién es el hombre y quién la mujer en una pareja de lesbianas". Incluso algunas visitas al ginecólogo se vuelven incómodas, algo que afecta a la protección de la salud sexual, como denuncian desde la FELGTB. Es algo con lo que aprendes a vivir y hasta llegas a normalizar, aunque no lo sea. Porque nadie se plantea, siendo heterosexual, que alguien pueda empujarle, insultarle o menospreciarle por el hecho de ir con su pareja de la mano. A veces los comentarios incluso te los tomas a broma. La última vez ocurrió la semana pasada. Iba en un taxi por la noche junto a mi chica, y el conductor empezó a hablar de varios temas. Uber, trabajar por la noche, violencia de género. Hasta que pronunció la palabra mágica: "Chueca". Y entonces, no sé si a modo de chanza o comentario serio, afirmó algo que me dejó estupefacta. "Ahora vas y hay gays, pero antes eran maricones. ¿Sabéis la diferencia que hay entre un gay y un maricón? Que el maricón te ataca", dijo riéndose. Estuve a punto de contestar si conocía lo que distinguía a un heterosexual de un idiota, pero preferí callarme. Y es que frases como estas se repiten a diario. ¿O no habéis escuchado nunca eso de que "yo respeto a los homosexuales, pero a las locas no"? Son ejemplos de odio cotidiano, que se filtran como el agua entre las grietas de una pared que se derrumbará con el tiempo.

Años después de haber salido del armario, las cosas han cambiado. Gracias a la labor callada de activistas anónimos y conocidos como Pedro Zerolo, vivimos en un país mejor. Me enorgullece pensar que, pese a todo, España fue la tercera nación del mundo, solo después de Holanda y Bélgica, en dar luz verde al matrimonio homosexual. A pesar de los ataques a la Ley 13/2005 y de las amenazas de que se iba a romper la familia, nada de eso ocurrió. El Tribunal Constitucional avaló la normativa en 2012. Aquella noche llamé a casa eufórica, diciendo que "iba a poder casarme". Son las pequeñas cosas que se celebran sin que sepas por qué. Pero lo cierto es que aquella regulación convirtió en realidad política lo que ya existía a nivel civil.

El paso adelante que supuso la llegada del matrimonio igualitario no ha cerrado muchos de los frentes que quedan todavía abiertos. Uno de ellos, en el propio movimiento LGTB. Y es que hay personas que todavía discriminan a las personas bisexuales, diciendo que "es solo una fase" y "no aceptan lo que son". Resulta difícil pensar que gente que ha vivido en su propia piel el rechazo por su orientación sexual juegue con las mismas cartas. Por eso en 2016 se celebra el Año de la Visibilidad Bisexual en la Diversidad. Y es que, al contrario de lo que pueden pensar algunos, ser bisexual no significa "tener el doble de oportunidades", "ser más promiscuo" o "más propenso a ser infiel". Falsos rumores que se propagan como ocurre con ideas tan absurdas como prohibir a los homosexuales donar sangre. Pero lo cierto es que esos bulos no son ciertos, sino que forman parte de la bifobia, muy extendida en la actualidad.

"Hace casi una década que salí del armario. Y los temores se han esfumado. Tengo una pareja que me hace feliz y un trabajo que me apasiona"

Hace casi una década que salí del armario. Los temores que escuché entonces o que me planteé a mí misma se han esfumado. Mi futuro profesional no se vio comprometido por mi orientación sexual. Las personas de mi entorno, con el paso del tiempo, supieron que era lesbiana. Aquellas amistades que rechazaron o no aceptaron mi sexualidad se fueron alejando. Tengo una pareja, una familia y amigos que me hacen feliz, además de un trabajo que me apasiona. Y aunque todavía hay quienes desconocen mi condición sexual, lo irán sabiendo con el tiempo. Pero ya no tendré que hacer "numeritos" para contarles quién soy. No habrá un café ni una cerveza en el que les cuente "eso" que tengo que decirles. Mi homosexualidad forma parte de mi vida como mi empleo, mi género o la ciudad en la que resido. Son detalles que muestran que, poco a poco, todo se va poniendo en su sitio. Porque al contrario de lo que pensaba la madre de Jeanette Winterson, es posible ser normal y feliz al mismo tiempo.

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