Un director tan poco destacado como Jay Roach ha logrado realizar su mejor película hasta la fecha: Trumbo, sobre el sufrido guionista de Hollywood que padeció la represión de la Caza de Brujas anticomunista en Estados Unidos, uno de los episodios más vergonzosos de la historia de aquel país.El caso de Roach como cineasta es algo curioso: careciendo tanto de un estilo marcado para ser considerado autor y de la habilidad necesaria para destacar en algún aspecto de su actividad, ha pivotado entre las mayores majaderías de la comedia desneuronada y los dramas respetables de tema político.

Por ello, uno puede ver su firma en horrores como la grosera trilogía de Austin Powers (1997-2002), las burdas Meet the Parents (2000) y Meet the Fockers (2004), con un Robert De Niro perdido en los abismos de la irrelevancia, o ese apuñalamiento de una cumbre del humor como la francesa Le dîner de cons (Francis Veber, 1998) que fue su remake estadounidense, Dinner for Schmucks (2010); pero también puede verla en las televisivas y competentes Recount (2008) y Game Change (2012), y ahora, en la eficiente Trumbo (2015).

Un asunto aparte es su amable comedia deportiva Mystery, Alaska (1999), plana como ella sola, y aquel filme en el que se juntan los que parecen ser sus dos intereses principales, es decir, el humor grueso y la política estadounidense: The Campaign (2012), que se hunde por lo primero y, así, se encuentra lejísimos de su siguiente y, de momento, última película, sobre la tozuda lucha por seguir a flote de Dalton Trumbo, que tuvo en su haber guiones de películas como Roman Holiday (William Wyler, 1953), Spartacus (Stanley Kubrick, 1960), Johnny Got His Gun (Trumbo, 1971) o Papillon (Franklin J. Schaffner, 1973). Nadie mejor que Bryan Cranston para transmitir ese espíritu de trágica y desengañada socarronería de este Dalton TrumboQue en el país que se obstina en proponerse como adalid de la libertad y de la democracia, que pocos años antes había vendido su participación en la Segunda Guerra Mundial como una lucha por lo mismo y que, de hecho, decía presentar batalla en la Guerra Fría ante los que pretendían derribar ambos valores engendrara algo tan repugnante como la persecución macarthista es una de las grandes hipocresías políticas de su último siglo. Y nunca podremos agradecer lo suficiente que se rueden películas como Trumbo, que nos obligan a no olvidarlo para no tolerar que vuelva a ocurrir nada semejante.

El guionista John McNamara, hasta ahora dedicado a escribir para series de televisión sin demasiada importancia —aunque The Adventures of Brisco County Jr. no estuvo mal—, ha elaborado el libreto sobre Trumbo atendiendo a lo que el periodista Bruce Cook escribió en su libro homónimo, y le ha aportado el equilibrio justo entre la seriedad de unos hechos tan indignantes como los que se cuentan, que podrían haber dado para un dramón innecesario, y el sentido del humor desencantado que sus protagonistas requieren para no flaquear y derrumbarse con estrépito.

Tanto él como el propio Roach, que mezcla rodaje con algunas imágenes de archivo como ya había hecho en Recount, rehúyen cualquier tipo de pomposidad, de tono solemne, y construyen **una narración claramente jocosa que le viene como anillo al dedo a ese formidable actor que es Bryan Cranston, mundialmente conocido por la aclamada serie Breaking Bad: no se me ocurre nadie mejor para transmitir ese espíritu de trágica y desengañada socarronería de este Dalton Trumbo, brindándonos además una imitación suya sin una sola grieta.

El plantel de secundarios no está peor aprovechado, tanto como la fascinación que pueden llegar a despertar las intervenciones de las viejas glorias de Hollywood, como Sam Wood, Louis B. Mayer, Otto Preminger o Kirk Douglas: entre todos ellos, Helen Mirren borda a la pérfida Hedda Hopper, Michael Stuhlbarg nos regala a un reconocible Edward G. Robinson y a David James Elliott no le falla un solo gesto para parecerse al celebérrimo John Wayne.

Dicho todo esto, no hay duda de que la película podría haber sobresalido con estos ingredientes, pero el guion de McNamara, que se desarrolla bien, sólo brilla en determinadas escenas, como la del diálogo entre Trumbo y Wayne y las de la desafiante Hopper; y si unimos eso a las maneras planas de Roach, que sólo sabe ofrecer narraciones funcionales y, para la presente, con cierta pinta de telefilme, sin aprovechar sus ingentes medios para desplegar algún tipo de imaginación audiovisual, podemos comprender por qué esta película no ha alzado el vuelo pese a resultar satisfactoria.

Conclusión

Así que Trumbo, con el actor principal ideal y el realizador equivocado, cae en el saco de esas películas con guiones precisos y grandes interpretaciones que se ven lastradas por una dirección corriente, que en otras manos podrían haber despuntado y que, de esta manera, terminan siendo obras que se limitan a dejar un efímero buen sabor de boca.

Pros

  • El equilibrado guion de John McNamara.
  • La ajustada interpretación de Bryan Cranston.
  • El gran trabajo de los actores secundarios.

Contras

  • La dirección mediocre de Jay Roach.
  • La pinta de telefilme.
  • Que la película sólo brilla en contadas escenas.