El 9 de noviembre de 1989 fue una fecha que quedó marcada como sinónimo de libertad y lucha por los derechos humanos. La caída del muro de Berlín indicaba así el fin de una Alemania dividida y el resurgir de una nación cicatrizada por las heridas de guerra. Unas contusiones que todavía pueden vislumbrarse en la actualidad.

Por ello, la capital alemana es un lugar donde el pasado se encuentra muy presente. Las numerosas obras y monumentos que recuerdan las catástrofes del Tercer Reich son indicadores de una metrópoli aún en fase de regeneración, algo inevitable cuando gran parte de sus zonas quedaron reducidas a cenizas. Levantar una barrera o derribar un muro no es suficiente. No es ese el final, sino el pistoletazo de salida de una meta que todavía está por alcanzar.

Como los libros de historia se encargan de recordar, las etapas de represión casi siempre suelen estar precedidas por otras de expresión. Cuando se elimina la mordaza, la actitud del pueblo es la de gritar contra aquello que les reprimía. Es entonces cuando surgen los movimientos contraculturales o underground, iniciativas que pretenden luchar contra aquellos cánones establecidos en la cultura más popularizada. Por ello, debido a su historia, no es de extrañar que Berlín sea uno de los núcleos de una corriente que busca una vía paralela a la convencional.

Como ejemplo está el barrio de Kreuzberg, máxima expresión de la multicultura alemana; o el East Side Gallery, una exposición al aire libre que utiliza el muro de Berlín como lienzo y miles de turistas como espectadores. Pero en la Alemania del Este, la zona controlada por la República Democrática Alemana bajo la tutela de la URSS, también existe otro recoveco de la ciudad donde se concentra esa cultura alternativa. Concretamente es en el distrito Friedrichshain, en el interior de un edifico que anteriormente fue la central eléctrica de la zona este. Su estructura, más propia de la Edad Media que de cuando fue construido en 1953, es una fachada que no se corresponde con aquello que alberga entre sus cuatro paredes. Pero tampoco lo busca, es Berghain.

De club underground a la fama mundial

Stefan Hoederath |Getty Images

Como apuntan en la revista Rolling Stone, es normal acudir a Berghain un domingo a las 11:30 de la mañana y que se encuentre abierta. Y no solo eso, sino en todo su apogeo. En su interior, la música techno, las drogas y el sexo siguen animando a que la fiesta continúe en unos cuerpos que superan las 24 horas sin dormir.

Las actividades underground suelen estar motivadas por un reducido grupo de personas, de lo contrario sería algo que no lucha contra la cultura establecida, sino que se une a ella. Berghain empezó como un club selecto conocido por pocos, pero ahora ha adquirido una fama mundial que atrae a miles de turistas deseosos de vivir ese maratón de fiesta. Pero, ¿qué le ha hecho famoso?

En el New York Times afirman que muchos norteamericanos hallan en Berghain un reflejo del techno que surgió en su país durante la mitad de los años 80. Quizá eso también pueda encontrarse hoy en el Electric Daisy Carnival de Las Vegas, donde acuden Djs de gran prestigio como Deadmau5 o Skrillex. Sin embargo, gran parte de ese público también critica el lado comercial de una música que comenzó siendo alternativa. Aquello es demasiado mainstream, no como Berghain.

Créditos: Antenne Springborn

En el artículo de Rolling Stone, Thomas Rogers señala los inicios de la ahora popular discoteca de Berlín. La historia comienza con Norbert Thormann y Michael Teufele, quienes abrieron Osgut y lo transformaron en club para grupos reducidos donde se reunían amantes del sexo y el fetiche, principalmente homosexuales. Aquello supondría un antecedente de lo que más tarde se convertiría en Berghain. Debido al cada vez mayor número de afluentes, en 2004 se inauguró un nuevo espacio ahora transformado en lo que ya conocemos.

Asimismo, el local se ha ido ampliando y, por ello, han creado nuevas plantas para albergar un mayor número de afluentes. Rogers nos cuenta cómo se pueden distinguir tres salas principales: la principal, con poco más que un cuadrilátero central y la decoración del equipo de sonido; Panoramabar, una zona con una música suave, como deep house, donde también se puede encontrar una terraza o celdas aclimatadas para dar rienda suelta a las más oscuras de las intenciones; Y Lab.Oratory, que ocupa la planta baja del edificio y es considerado un club de sexo gay. Estos son los ingredientes que configuran la, según algunos, mejor discoteca del mundo.

Leyendas VS realidad

Créditos: Peter Ulrich

Cuando un lugar alcanza la popularidad de Berghain, alrededor de éste empiezan a circular leyendas que en ocasiones pueden ser incluso superadas por la realidad. Los comentarios en Internet son bastante diversos, y la que para unos es la meca del techno y el sexo, para otros es una experiencia como cualquiera.

Es casi imposible acudir a Berghain esperando ser fiel a los 7 pecados capitales

Orgías en la pista de baile, drogas que circulan como caramelos, e incluso eventos eróticos donde invitan a participar en actividades no consideradas muy sensuales para muchos. No se puede corroborar la cantidad de verdad pueden contener estas historias, pero la mayoría de ellas revelan que es casi imposible acudir a Berghain esperando ser fiel a los 7 pecados capitales.

Lo que sí parece escapar de toda duda es la restrictiva selección realizada para entrar al local. En Primera Linea, Javier Blánquez detalla la actitud del que, según él, podría ser “el mayor hijo de puta del techno”: el portero de Berghain. Su nombre es Sven Marquardt, y como Blánquez indica, “disfruta como una perra despreciando a la gente y mandándola a su casa, aunque él siempre ha explicado que su trabajo consiste en cuidar la atmósfera de Berghain, y que eso sólo se puede hacer sabiendo bien quién está dentro y quién de los de fuera puede sumar calidad en vez de hacer bulto”.

Créditos: Sven Marquardt | Instagram

Entrar en la discoteca de Berlín es una prueba que, precisamente a causa de su dificultad, se antoja como todo un reto a superar. No sería la primera vez que su portero niega la entrada a personas que aguardaron en la cola durante más 3 horas bajo el frio del invierno de la capital alemana, o a famosos que esperaron entrar con facilidad debido a su estatus social. Por la red abundan un gran número de indicaciones que prometen garantizar la entrada en Berghain: no ir vestido de forma extravagante, pero tampoco ser simple; no acudir en grandes grupos, pero tampoco ir solo; o no parecer tímido, pero tampoco atrevido. Muchas de ellas contradictorias. Nada vale para pasar el filtro, y eso es lo que hace exclusivos a los que lo consiguen.

Lo que no se puede negar es que Berghain se ha hecho un hueco dentro de la historia underground de Berlín. Puede que no sea tan contracultural y haya perdido la pureza de sus sus inicios. Sin emgargo, casi todo aquello que define a un pequeño grupo, finalmente, termina influyendo a muchos otros. No es el mismo lugar que Norbert Thormann y Michael Teufele comenzaron, pero aquel sigue siendo el núcleo de donde se gestó. Aquello es, precisamente, lo que convierte a Berghain en un lugar único.