Muy al contrario de lo que suelen pensar multitud de personas integradas a conciencia en una religión cuando hablan de una impiedad generalizada en nuestro tiempo, el ateísmo sigue siendo un fenómeno minoritario. En realidad, lo que aumenta cada vez más es la secularización de las sociedades, es decir, la reducción de la práctica religiosa (sobre todo, en Occidente) pero no tanto de las creencias, aunque también. Sin embargo, hay herramientas cuyo uso, si se popularizara, es probable que acrecentara el porcentaje de ciudadanos que se declaran ateos abiertamente. Por ejemplo, los ensayos que fomentan el ateísmo, ya sea de una manera directa, argumentándolo como tal, o indirecta, puesto que deriva de sus exposiciones.

Entre los de estas características que he leído hasta el momento, se encuentran varios que ya recomendé cuando escribí sobre ensayos para estimular el pensamiento crítico: Tratado sobre la tolerancia, de Voltaire (1763), Cartas a Eugenia, de Holbach (1768), Historia de los infiernos, de Georges Minois (1991) y La Biblia desenterrada, de Israel Finkelstein y Neil AsherCada vez disminuye más la práctica religiosa, sobre todo, en Occidente Silberman (2001). El del deísta Voltaire, como alegato contra la intolerancia religiosa, se contrapone claramente a la preeminencia que cada una de las religiones y su moral desean tener en el mundo como verdades reveladas e indiscutibles; el de Holbach es una argumentación limpia de por qué no es preciso formar parte de una religión para disfrutar de una vida plena; del de Minois se desprende que, si los infiernos religiosos han ido transmutándose a lo largo de la historia, al tiempo que la teología se hacía más compleja, para acabar en un intento de controlar a la población con el miedo a la eternidad de los tormentos infernales, no se lo puede tomar como un dogma creíble o aceptable por las contradicciones surgidas durante el proceso; y el de Finkelstein y Silberman demuestra arqueológicamente que el Antiguo Testamento está cargado de pseudohistoria. Pero veamos unos cuantos libros más:

La esencia de la religión, de Ludwig Feuerbach (1845)

A Feuerbach le debemos las bases del humanismo ateo contemporáneo y el concepto de alienación, que tanta predicación ha tenido hasta nuestros días: suyo es el aserto literal de que Dios no creó al ser humano, sino a la inversa; ambos se enajenaron y el primero terminó dominando al segundo, o sea, la creación imaginaria a su creador. La esencia de la religión es un análisis lúcido, profundo y algo difícil de digerir acerca de la naturaleza religiosa. Para lectores consumados.

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Mark Twain - Pixabay

Reflexiones contra la religión, de Mark Twain (1906)

En cambio, a este breve ensayo puede acercarse cualquier persona sin miedo porque, no sólo le resultará del todo comprensible y ameno, sino que incluso disfrutará mucho con la mala uva de Twain, que no en vano es el conocido autor de novelas como Las aventuras de Huckleberry Finn y las tres de Tom Sawyer. Su libro contra la religión, lleno de sentido común, no se publicó hasta 1963 porque la hija de Twain, muy religiosa, se opuso a ello. El literato llevaba más de cincuenta años bajo tierra por entonces.

Por qué no soy cristiano y otros ensayos, de Bertrand Russell (1925-54)

Faro de muchos racionalistas contemporáneos, Russell dio una conferencia pública en el barrio londinense de Battersea en marzo de 1927, que se distribuyó luego como folleto y, finalmente, fue editada en este volumen: “Por qué no soy cristiano”, se titulaba, y en ella refuta argumentos a favor de la existencia de Dios y aspectos de la teología y la moral cristiana y religiosa en general y duda de la existencia histórica de Cristo. Además de incluir textos sobre otros asuntos como la ética sexual, el libro concluye con la transcripción del debate radiado que tuvo con el sacerdote Frederick Copleston.

Mentiras fundamentales de la Iglesia católica, de Pepe Rodríguez (1997)

El autor desmonta en este libro afirmaciones esenciales del dogma católico, analizando lo que de verdad dice la Biblia, y pone de manifiesto las claras contradicciones que esta contiene en la narración de episodios importantes de la historia de Cristo. En su contra tiene su endeble argumento a favor de la historicidad de este y que ignore el mandato paulino de obediencia de las mujeres a sus maridos, lo que, de todos modos, no desmerece su gran ejercicio de exégesis bíblica.

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Mariusz Szczygiel - Shutterstock

Tratado de ateología, de Michel Onfray (2005)

Este autor, especializado en filosofías marginales, habla en este libro de la pervivencia de la moral judeocristiana en la sociedad que se pretende laica o en muchos que se dicen ateos, expone las características comunes de las tres religiones abrahámicas, cuestiona la existencia de Cristo y señala al primer autor verdaderamente ateo: el padre Jean Meslier (1664-1729). Pese a algunas pinceladas freudianas, merece mucho la pena.

La Puta de Babilonia, de Fernando Vallejo (2007)

Un ataque desaforado, caótico y documentadísimo a la Iglesia católica, institución a la que los ascetas albigenses llamaban “la Puta de Babilonia”, en el que Vallejo relata sus trapos sucios de forma desordenada. Un impresionante torrente de irritación para este ajuste de cuentas confeso. Un libro alucinante.