Un banco de peces, también conocido como cardumen o escuela de peces, es un conjunto de peces similares (tamaño, cualidades físicas, etc) que se unen en una formación que les permite una mejor defensa ante depredadores y, sobre todo, una mejor eficiencia hidrodinámica en sus desplazamientos, puesto que en la cabeza se sitúan los que presentan mejores cualidades físicas y el resto, gracias al movimiento de los precedentes, necesita menor energía en su desplazamiento (ahorrando los que van a la cola hasta un 23% de energía con respecto a los que van en cabeza). La verdad es que, a día de hoy, las formaciones de bancos de peces siguen siendo un bello y fascinante misterio al que han intentado arrojar algo de luz un par de ingenieros del Instituto Politécnico de Nueva York y, para ello, desarrollaron un pez robot que ha sido capaz de guiar a peces vivos, actuando de «cabecera» de un cardumen.

Stefano Marras y Maurizio Porfiri, que han sido los responsables de esta investigación publicada en *Journal of the Royal Society Interface*, construyeron un canal artificial de agua en movimiento (algo parecido a las piscinas con una corriente de agua que permiten nadar sin necesidad de contar con la longitud de una piscina olímpica). En esta piscina, los investigadores ubicaron un pequeño pez robot que se mantenía fijo y controlaban los movimientos de la cola, simulando el movimiento de un pez real.

Con este entorno, los investigadores introdujeron en el canal artificial una carpa dorada que posicionaron justo detrás del pez robot. Dado que el agua presentaba una corriente en dirección inversa al pez, éste debía nadar para mantener su posición pero, al estar el pez robot apagado, ignoró por completo lo que tenía delante. En el momento en el que el pez robot comenzó a mover la cola de una manera similar a la que lo hacer una carpa, el pez se movió y, automáticamente, se colocó en formación detrás del robot.

De hecho, el pez real seguía perfectamente los movimientos del robot, acelerando o frenando en base a los movimientos inducidos por los investigadores que pudieron observar que el pez real guardaba siempre una «distancia de seguridad» con su predecesor, de tal forma que nunca perdía la referencia y no empleaba más energía de la necesaria.

Gracias a este trabajo, parece que no sería descabellado utilizar un robot para guiar un banco de peces para evitar que se adentren en una zona contaminada o, por ejemplo, guiarlos hacia las redes de un pesquero. Sin embargo, lo más importante de este trabajo es que se dan unos primeros pasos muy interesantes para comprender el funcionamiento de este comportamiento colectivo que presentan los bancos de peces.

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