Si las copias digitales son denostadas por los defensores de la propiedad intelectual, ¿qué podemos esperar de las copias físicas? La impresión en 3D ha destapado una nueva caja de Pandora para el copyright. Para muestra, un botón: Ulrich Schwanitz, un diseñador que radica en Países Bajos, logró imprimir exitosamente en tercera dimensión un Triángulo de Penrose, el cual puso a la venta a través de Shapeways.

Semanas después, Artur Tchoukanov, un antiguo interno de Shapeways, halló la forma de reproducir el logro de Schwanitz. Artur decidió subir a Thingiverse las instrucciones para que otros pudieran emular su logro. La historia llamó la atención en BoingBoing, en donde se difundió la noticia. Ese mismo día, Schwanitz envío una notificación de la DMCA para que se removiera el contenido por violación a la propiedad intelectual. Así es: la primera demanda contra la tecnología de impresión 3D.

¿Dónde radica la propiedad intelectual? ¿En el diseño, en el objeto físico? El próximo escenario de la batalla por el copyright será, sin duda, esta arena. Lo peor es que las legislaciones (y los abogados) van muy rezagados en relación con los avances tecnológicos. Aunque la impresión en 3D aún no se masifica, faltan pocos años para que se convierta en una realidad cotidiana. Imagina, por ejemplo, que se rompa alguna pieza de plástico que podrías comprar en una tienda. ¿Y si mejor descargamos el modelo y lo imprimimos? Dudo que a la industria le guste mucho.

Comencemos por explicar el proceso. Las impresoras en 3D no labran o esculpen en un material, como mucha gente piensa. No, el proceso es mucho más parecido al de una impresora convencional: capas de material (plástico o metal) que se sobreponen para formar figuras. De esta forma, el diseño se trata de un dibujo en tercera dimensión descompuesto en capas 2D. Ya que no se requiere de un bloque previo --sino que el objeto se construye conforme la impresión-- es posible crear formas asombrosas, limitadas sólo por el tamaño de la impresora.

Algunos comparan a la revolución que causarán las impresiones en 3D con la que causó Gutenberg con la imprenta de tipos móviles. Por supuesto, por ahora el problema se reduce a una disputa menor entre dos diseñadores, pero se abre la puerta a un sinnúmero de dudas, desde cómo comercializar los diseños (o las impresiones 3D) hasta las regulaciones de propiedad intelectual. Por ahora, el movimiento se reduce a los pocos entusiastas que, motivados por el ánimo de compartir, son pioneros en una tecnología que amenaza con romper (por enésima vez) el status quo de la industria. ¿Qué harán los defensores de la propiedad intelectual ante esta amenaza al modelo actual? ¿Adaptarse al cambio? Uhm, lo dudo un poco.

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