En la serie de HBO y HBO Max, The Last Of Us, el apocalipsis ocurre debido a una súbita infección fúngica. Tan letal que termina por provocar que la civilización, tal y como había sido hasta entonces, se derrumbe por completo. La premisa de la producción es la nueva reinvención de una vieja obsesión, el apocalipsis, que el cine alimentó desde sus inicios y terminó por convertirse en un género por derecho propio. Para Hollywood, las películas sobre el fin del mundo son un ejercicio narrativo recurrente.

Sin embargo, imaginar un cataclismo universal que arrase cualquier huella del ser humano es un tropo complicado. No solo por sus interminables variaciones, sino porque suele poner al hombre como responsable de su destino. Ya sea por un incidente natural, un enfrentamiento bélico o una circunstancia inexplicable.

Analizar la posibilidad de una catástrofe que ponga en peligro la existencia apela a un elemento crucial sobre la fugacidad de la vida. Pero también a lo que cualquiera haría para preservarla. Desde las principales ciudades siendo asediadas o destruidas en incontables formas, hasta fenómenos sobrenaturales. Explorar la posibilidad de un desastre apocalíptico se ha convertido en una manera de analizar el tiempo y el futuro. A la vez, los horrores que los grandes errores culturales y sociales pueden provocar.

The Last of Us es el estreno del año y solo puedes verla en HBO Max

Te dejamos cinco películas que abordan el fin del mundo desde puntos de vista diferentes. Monstruos, accidentes naturales, despedidas dramáticas. Un recorrido hacia un antiguo temor histórico que el cine elabora desde una perspectiva siempre novedosa. 

Greenland: El último refugio

Con aire pesimista, esta película reflexiona sobre el fin del mundo como un fenómeno accidental. Lo que implica que sus personajes tendrán que enfrentar la tragedia en medio del caos. Cuando un cometa está a punto de estrellarse contra la Tierra, John (Gerard Butler) intentará sobrevivir, a pesar de saber que quizá no lo logrará. 

No es la premisa más original de todas, pero sí una de las que utiliza la morbosa curiosidad sobre un desastre devastador con mayor habilidad. Sin posibilidades de escape y con una amenaza cada vez más cercana, el comportamiento se vuelve primitivo

Greenland: El último refugio (El día del fin del mundo) convierte su trama en una colección de pequeños hechos mezquinos y sutiles que inquietan por su carácter creíble. Desde traiciones hasta asesinatos, el argumento está más interesado en mostrar la reacción de las futuras víctimas que los detalles del desastre. 

Al final, esta película apocalíptica intenta ser un alegato del espíritu inquebrantable de nuestra especie por vivir. Aunque termina por caer en clichés y giros predecibles, deja claro que la humanidad aspira a la vida. Un mensaje subyacente en medio de la confusa colección de escenarios destruidos que la trama analiza sin sutileza alguna.


28 días después

Jim (Cilian Murphy) despierta después de un cuadro comatoso solo para descubrir el paisaje inexplicable de una Londres desolada. Han transcurrido veintiocho días desde el estallido de un brote infeccioso que destruyó, en cuestión de semanas, la civilización.

Pero el protagonista de esta película apocalíptica no lo sospecha y sus primeros minutos son una impecable exploración a la incertidumbre y el terror primitivo. Cuando finalmente logra deducir el motivo de la devastación, solo le queda huir.

Más allá de cualquier metáfora o subtexto, esta película sobre el fin del mundo es una mirada a la supervivencia como impulso inmediato. Boyle utiliza el género de zombis para analizar la naturaleza del horror, pero, en especial, la percepción sobre la identidad. Una y otra vez, la ciudad vacía, devastada por un fenómeno invisible a primera vista, es una representación del individuo. Del que sobrevive y de los monstruos que se esconden entre las sombras.

Para su último tramo, el argumento demostró que el apocalipsis puede ser más que el acecho de un peligro inminente o la destrucción de la esperanza. Que, en realidad, es incluso la imposibilidad de imaginar el futuro. Sin duda, el punto más duro de una premisa brillante.

A ciegas

Malorie (Sandra Bullock) está embarazada y trata de lidiar con el hecho de ser madre lo mejor que puede. Los primeros minutos de esta adaptación de del libro homónimo de Josh Malerman son engañosos. La cámara sigue al personaje por una ciudad llena de pequeños sucesos en apariencia fortuitos. Un accidente automovilístico, un suicidio, una serie de emergencias médicas caóticas.

Pronto, Susanne Bier logra crear una atmósfera claustrofóbica que esconde un fenómeno que jamás llega a explicarse del todo. En su película, el fin del mundo pasa por enfrentarse a lo desconocido. Un tipo de circunstancia que se expande con la velocidad de una infección sin que se entienda su origen.

Lo único claro es que la amenaza es capaz de enloquecer con una mirada, por lo que sobrevivir implica la ceguera. El aislamiento, el tormento de la sospecha paranoica. ¿Quién está contagiado del extraño mal y quién no?

Una premisa que la película apocalíptica de Bier maneja con cuidado y explota con habilidad en sus momentos más crudos. Gradualmente, es evidente que A ciegas es mucho más que un relato sobre un apocalipsis inesperado. Al mismo tiempo, es una reflexión sobre la pérdida de la humanidad a un nivel total.

La última profecía

Basada en el libro del mismo nombre de Tim LaHaye y Jerry B. Jenkins, la producción narra un apocalipsis basado en las profecías bíblicas. También en la posibilidad de que el bien y el mal sean conceptos absolutos. Esta rareza argumental, protagonizada por Nicolas Cage en otro de sus papeles inusuales, es mucho más una reflexión sobre lo intangible que una película de desastres.

Aun así, la trama relata el panorama de lo que podría ocurrir si los tétricos vaticinios de las predicciones místicas se cumplieran de manera literal. Desde la cúpula celeste abriéndose en dos entre llamaradas incandescentes hasta la desaparición súbita de millones de hombres y mujeres. La última profecía recorre todos los puntos del terror basado en el atávico anuncio del apocalipsis con precisión.

Para sus secuencias finales, esta película apocalíptica toma una decisión argumental tan desconcertante que la hace todo un ejemplo del cine extraño. A mitad de camino entre la narración del fin de los tiempos y el poder de las creencias, el argumento es tan desconcertante como curioso.

2012

Las predicciones sobre el apocalipsis abundan en la historia universal y la señalada fecha del año que da título a la producción fue una de las más perdurables. Para Roland Emmerich, fue la oportunidad que le permitió plantear una catástrofe inconcebible a través de la exageración. ¿Qué ocurriría si en lugar de un cataclismo fueran un grupo de ellos? Todavía más inquietante, ¿docenas de eventos inexplicables en rápida sucesión?

El experto en cine de desastres tomó la decisión de explorar en 2012 todas las posibilidades de una devastación universal. A un nivel tan total y disparatado que varias de las escenas resultan hilarantes en lugar de aterradoras.

Con todo, esta película sobre el fin del mundo logró plasmar varias de las preocupaciones colectivas más antiguas en una especie de revisión sucesiva de terrores subyacentes. Desde terremotos hasta tsunamis, incluso la posibilidad de que el casco terrestre se abriera en dos. Emmerich logró lo que parecía imposible: mezclar todas las ideas acerca de una catástrofe definitiva en una sola historia.

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