Netflix sigue sin encontrar la fórmula del éxito para la comedia. O mejor dicho, continúa en medio de lo que parece ser un intento desordenado y en ocasiones, desesperado, por hacer reír al público. El año de mi graduación, protagonizada por Rebel Wilson, de nuevo se encuentra en el dilema de ser un éxito inesperado, sin sustancia. Y lo que es aún peor, en uno de los films de la plataforma que demuestran que sus producciones originales se enfrentan a un punto incómodo. El hecho de resultar fenómenos de audiencia solo por tener a su disposición, la considerable audiencia de suscriptores del canal. 

En especial, El año de mi graduación lidia con un problema complicado. Rebel Wilson, cuya carrera se basó en la comedia física y frontal, intenta adecuarse a un nuevo registro. Uno que no dependa de su apariencia o de la capacidad de los film que protagoniza para usarla como centro de un tipo de burla ofensiva. El cambio — de agradecer — podría haber resultado efectivo, de no ser porque el film de Alex Hardcastle lo desaprovecha por completo. El film carece de ingenio como para utilizar la naturalidad vitalidad maliciosa de Wilson. 

Y cuando lo hace, lo mezcla con una versión sobre lo subversivo que roza lo ridículo. El film intenta una pseudocrítica a los dilemas de la cultura, los cambios estructurales de la última década y a nuestra percepción del tiempo y falla. Como si eso no fuera suficiente, también se atreve con la concepción sobre el humor corrosivo en contraposición con la sensibilidad moderna. Tampoco lo logra y en específico, no porque el argumento carezca de herramientas, sino porque el interés del guion está en otro espacio. En específico, en medio de un chisme mal armado sobre la vida adolescente contemporánea, su contraste con la de décadas atrás y la esperanza. Todo en un paquete edulcorado y tedioso, que demuestra que Netflix no logra encontrar la fórmula — de existir — para la comedia. 

El año de mi graduación, el campanazo aburrido de Netflix 

Una de las mayores cualidades de Wilson es su humor autoconsciente y en ocasiones escandaloso y subversivo. Atrapada en el estereotipo de Hollywood de la mujer obesa y ofensiva, la actriz pasó buena parte de su carrera riéndose a fuerza de hiel. Pero ahora, el cambio total de registro le obliga a variar su estilo o en cualquier caso, reinventarse desde lo básico. En especial, con una actitud pública en la que dejó claro que necesita avanzar en otra dirección. Mi año de graduación, era la oportunidad perfecta para mostrar que su capacidad para el humor tiene una nueva dimensión. 

Pero Wilson no lo logra. La actriz, cuya carrera en la comedia está basada en secundarios de lujo, tiene verdaderos problemas para sostener el film. Mucho más preocupante, recurre a sus trucos habituales, sin que esta vez el guion la acompañe. El resultado es una copia barata de películas mucho más sólidas como Jamás besada Raja Gosnell o esa institución del cine de adolescentes malvadas, Mean Girls. 

La premisa, que cuenta la historia de una adolescente que cae en coma y despierta 20 años después, es absurda por necesidad. Pero en lugar de explorar la imposibilidad y sus consecuencias, El año de mi graduación está enfocado en ironizar sobre la cultura actual. Lo hace, pero sin la eficacia como para demostrar su punto — el cambio generacional y social — y al final, El año de mi graduación decae por inercia. Wilson pone todo su empeño en demostrar su talento — indudable — para lo burlón. Porque esta vez, el film no se enfoca solo en chistes, sino en un dilema de fondo. Esta mujer de 37 años con la mente de una chica de 17 debe encontrar su lugar en el mundo. Y debe además, hacerlo, en medio de la sensación de desencanto por el futuro. Pero ya sea porque Wilson necesita de sus tópicos habituales o porque la película de Netflix no decide su tono, el film es un fracaso de imaginación narrativa. 

Netflix y su lucha por la risa 

Netflix, que tiene un largo historial de comedias absurdas con trasfondo agrio, intenta que El año de mi graduación sea algo más que entretenimiento. Pero en realidad, el film es otro de los originales de la plataforma construidos a golpe de algoritmo. O al menos, es lo que parece sugerir el hecho que cada broma y cada giro argumental, esté planeado para avivar polémicas sin sentido. 

Pero en específico, decepciona que Wilson pierda la oportunidad de demostrar que su curioso sentido del humor es algo más que burla grotesca. A medio camino entre la ironía, el chiste fácil y la simplona moraleja moral, el film decae por insustancial. Y lo que es aún, demuestra que la plataforma continúa con éxitos vacíos que ponen en entredicho su contenido. El año de mi graduación es quizás el enésimo intento de Netflix de hacer reír. Y esta vez, el fracaso — por insistente y caótico — es más evidente y doloroso que otras veces.