En más de una ocasión, la película de Netflix Elige o muere usa la idea de un objeto maldito capaz de atraer el mal a gran escala como un punto central de interés. Además, lo muestra como algo que sucede a la periferia, al estilo de las grandes leyendas urbanas. Buena parte del guion de Simon Allen profundiza en la cuestión del mal desde lo inexplicable. 

Nadie comprende demasiado por qué el juego que forma parte central del argumento es una puerta a lo sobrenatural. Tampoco hay excesivo interés en explicarlo. Durante buena parte del metraje, el misterio tiene el peso de un punto en blanco que no termina de encajar en ninguna parte. Y de hecho, lastra la historia hacia percepción levemente confusa sobre el bien y el mal que no se aclara del todo. 

Al otro extremo, Elige o muere analiza el mal desde la posibilidad de cómo reacciona lo inexplicable a la tecnología. Un recurso ingenioso que el argumento no explora del todo, o lo hace de manera irregular e incompleta. Un giro que películas como El Aro de Gore Verbinski y The Host de Rob Savage profundizan con habilidad. Elige o muere carece de la audacia para plantear lo maligno desde un lugar más novedoso que la amenaza. Y convierte su principal premisa — un mito urbano transformado en una amenaza real — en una excusa para una frenética puesta en escena. 

El punto de vista de esta película de Netflix podría haber funcionado incluso con un tratamiento poco profundo. Lo hizo a pesar de su baja calidad argumental en Unfriended de Levan Gabriadze, en la que lo tecnológico se convierte en amenaza sobrenatural creíble. Pero en Elige o muere no está del todo claro cuál es el estrato que el director desea mostrar sobre el peligro al acecho.

¿Se trata de una maldición destinada a repetirse?¿Una casualidad funesta y temible que se convierte en un hecho monstruoso? La película no está interesada en profundizar en el tema y uno de sus puntos más bajos es, justamente, su incapacidad para responder sus propias preguntas. Elige o muere va de un lado a otro, en medio de la percepción que lo inexplicable es parte de un todo al acecho. 

Lo está a partir de una brumosa omnisciencia. El juego, que es capaz de matar a través de una especie de secuencia de preguntas y respuestas espeluznantes, no obedece parámetro alguno. De modo que desde su primera escena deja claro que lo espeluznante es también un centro oscuro que sostiene hilos argumentales incompletos. En Elige o muere no está claro el porqué ocurren las escenas más violentas y brutales. Tampoco el motivo que provoca que este artefacto maldito se atenga a reglas al parecer aleatorias y en los momentos más impredecibles. Tampoco es de interés de la película contar un contexto más elaborado. 

El miedo, el juego, un paisaje alucinante sin ninguna sustancia 

Desde sus primeras escenas, la película deja claro que su intención es crear el escenario de un misterio inconcluso. En la especie de prólogo sobre las reglas que sostienen su premisa, deja claro que el juego de video centro del argumento es una condena. También, una especie de obsoleto mecanismo para narrar el mal desde la tecnología que no alcanza a tener verdadero impacto, visual o narrativo. En realidad, buena parte de la secuencia se sostiene sobre un concepto acerca del terror casi casual. 

Desde su primera aparición, el juego que articula la historia es un enigma que podría o no resolverse. Elige o muere no tiene demasiado interés en contar qué ocurre o cómo se enlaza el pasado el origen de su artefacto con la trama. Cuando un desprevenido jugador comienza a tratar de comprender qué ocurre, la violencia estalla a su alrededor con aires gore. 

Pero no hay una verdadera narración que sostenga lo que sucede. ¿El mecanismo del juego crea las condiciones para el horror? ¿Hay manera de detenerle? ¿Se basa en lo sobrenatural o algo más? El guion avanza con torpeza y termina por dejar sin responder la mayoría de las preguntas. Más preocupante aún: la película no concede especial atención a su tensión interna. Tal parece que el juego puede cambiar y modificar sus propios parámetros en beneficio de la historia. Y hacerlo todas las veces que la película lo requiera. 

Sin propósito y sin sentido: elige o muere, una mala elección de recursos

Elige o muere tampoco hace demasiados esfuerzos porque el apartado visual se vincule de manera apropiada con una trama que depende — o debería — de sus recursos visuales. Si en Come Play, de Jacob Chase, lo monstruoso que se manifiesta tecnológicamente se recrea con inteligencia, Elige o muere se decanta por lo obvio. Una falla que convierte a lo inquietante en una combinación de clichés poco efectivos. Para cuando el segundo tramo llega — y el misterioso juego muestra todas sus posibilidades —  se hace más evidente lo imprescindible de una explicación. 

Mucho más, cuando todo el guion depende de entender cómo vencer su mecanismo tenebroso. Cuando Kayla (Iola Evans) decide jugar en busca de un premio que podría salvarle de la pobreza, el juego pasa de ser un objeto maldito a algo más. Pero ese tránsito hacia la oscuridad — o el peligro — resulta incomprensible. Mucho más cuando se equilibra apenas en una narración cada vez más confusa que termina además, por ser predecible.

Para su última escena, Elige o muere demostró más ambición que habilidad en su ejecución. También, una enorme torpeza en contar una historia que pudo haber sido más que una mezcla de gore con lo sobrenatural. Sin propósito y tampoco, sin sentido, el film termina por ser una colección de lugares comunes tan genéricos como inofensivos. Tal vez, lo peor que puede decirse de una película de terror.