Sin pudor, la nueva película de Netflix, tiene todo para convertirse en uno de esos controvertidos éxitos de audiencia que la plataforma cosecha con frecuencia. En primer lugar, relata una historia incómoda. La novelista Grace Miller (Alyssa Milano) escribe libros sobre feminicidios. Pero no solo se trata de tramas relacionadas con las circunstancias de las víctimas. También hace una evidente sobreexplotación del gore, lo sangriento y el sensacionalismo. 

El mismo personaje pasa buena parte de los primeros diez minutos de Sin pudor, justificándose a sí mismo. Para la escritora no se trata de una mirada morbosa a crímenes violentos. En lugar de eso insiste a cualquiera que le escuche, que se trata de una disección “responsable” sobre delitos de alta resonancia. “Ahora desde la perspectiva de una mujer”, dice el personaje de Milano. 

Se trata de una obvia manera de llevar al terreno del debate cultural una película que de otra manera sería un thriller sin mayor trascendencia. La directora juega con algunos aspectos previsibles y entre algunas frases panfletarias con aire feminista deja traslucir la intención de Sin pudor. La de demostrar que el suspense también puede tener como centro motor un tema en apariencia crítico y de completa seriedad. O al menos, parece ser la primera intención, cuando la Miller de Milano deja escapar algunas frases tópicas. “Es explotación de las mujeres, la misoginia y el patriarcado”, declara al hablar sobre sus libros. 

Pero Sin pudor no logra rebasar la idea general que se trata de un estudio superficial, edulcorado y cliché sobre el crimen. El aparente giro feminista termina por disolverse casi de inmediato y lleva al film a terreno conocido. Para su segundo tramo, es evidente que Sin pudor intenta cubrir como puede todas las tendencias actuales de la conversación virtual. Hay una pequeña dosis de feminismo, también de muerte, crímenes reales en una combinación tediosa. Como si eso no fuera suficiente, la película de Netflix se convierte en una especie de guion construido a la medida de las exigencias de la audiencia. Y ese parece ser su mayor triunfo. 

Sin pudor, cuando lo trillado es un éxito 

Con su aire simple y notoriamente básico, Sin pudor comienza en mostrar que Grace además de escritora es también una especie de detective en ciernes. Por si eso no fuera suficiente, añade el elemento de romance inevitable con un giro de guion tan predecible como insustancial. Cuando Grace debe enfrentar un asesinato real (y brutal) lo hará de la misma manera prefabricada y artificiosa que en sus libros. Por supuesto, junto con un atractivo agente de policía, interpretado por Sam Page. 

Todo en la película de Netflix está construido para satisfacer la confiable combinación entre romance y suspense. Pero la fórmula resulta tan blanda, predecible y por momentos ridícula, que es evidente que el argumento es una colección de lugares comunes. Varios de ellos satisfacen una fantasía mayor de una pareja en problemas en lucha contra un enemigo siniestro.

No obstante, lo singular en Sin pudor es que parece haber sido estructurada a la medida de una idea pedestre. El habitual tropo de chico conoce a chica en un momento equivocado, se lleva a un estrato inverosímil y confuso. Todo, aderezado por frases tópicas o con las habituales escenas de riesgo. Pero el amor, al parecer, incluso puede sostenerse en medio de un caso policial brumoso y una historia llena de espacios en blanco. Un punto en el que film hace hincapié en cada oportunidad posible. 

Para cuando el personaje de Alyssa Milano descubre la gran revelación en el centro de la trama, el film ya mostró sus pocos recursos. Pero sin duda puso claro el más evidente: Sin pudor es un ejercicio para complacer a las audiencias. Uno tan obvio y desvergonzado que termina por ser irritante. ¿Es el gran truco de Netflix, ahora sin disimulo alguno?