En la nueva serie de Apple TV+ The Shrink Next Door, las relaciones humanas lo son todo. Un paciente que haría cualquier cosa por su psiquiatra. Un entorno brumoso y venenoso que hace que la relación se vuelva más turbia. Una noción deliberadamente burlona sobre los errores y traspiés de sus personajes. Pero en esencia, se trata de una serie sobre los vínculos erráticos e inestables narrados como centro total de la historia. 

Lo son en la medida que su creadora abandona el centro de su inspiración — una investigación sobre manipulaciones psiquiátricas fraudulentas — por algo más singular. El guion refleja una versión de la inquietante historia del doctor Isaac Herschkopf y su nefasta influencia sobre Marty Markowitz. No obstante, toma un camino inesperado para contar un suceso siniestro. 

En la premisa de la serie, queda muy poco del espeluznante caso que narró el podcast de Joe Nocera en el 2019. De hecho, tal parece que la creadora tiene una percepción consciente sobre algo nuevo que se sostiene sobre un espacio confuso. The Shrink Next Door es un análisis flojo y por momentos precario sobre la forma en cómo un psiquiatra puede utilizar sus recursos para manipular. Y aunque el punto queda claro de inmediato, no están del todo definidas las intenciones de Pritchett; ¿desea mostrar la gravedad de algo semejante o sólo, reflexionar sobre qué provoca que suceda?

Cualquiera sea la respuesta, los primeros tres capítulos de The Shrink Next Door son lo suficientemente ambiguos para no dejar algún punto en claro. El podcast de Nacera fue un proto true crime que llevó el análisis de un caso turbio a un nuevo nivel. Al contrario, su versión televisiva roza el tedio al intentar convertir lo terrorífico en una burla social potente. Lo logra en algunos momentos. Pero en otros es evidente el esfuerzo artificial para subrayar ideas incómodas y tratar de que resulten metafóricas. A pesar de su buen manejo del guion, The Shrink Next Door tiene que enfrentar baches sinuosos e incómodos. Sobre todo, cuando la historia base es un referente inevitable. 

Las puertas cerradas y abiertas, ningún vecino que observa 

Georgia Pritchett tiene experiencia en personajes desagradables, irritantes e incluso, directamente perversos. La escritora de Succession y Veep ha hecho carrera narrando historias retorcidas con un aire sofisticado. Pero en esta ocasión, la creadora parece más interesada en otra idea más amplia. Una que toca varios puntos a la vez y en general tiene mayor interés en trasladar el punto de atención a lugares distintos. The Shrink Next Door se basa en sus secretos, la manera en que los oculta y el poder de la manipulación. 

Algo que hereda de las anteriores historias de la escritora. Tanto en Succession como en Veep la condición esencial es el poder. La lucha y necesidad de obtenerlo, la disputa por sus prerrogativa. Pero en The Shrink Next Door, Pritchett toma la consciente decisión de tomar la idea y distorsionarla hacia un norte diferente. En particular, porque aunque profundiza en el hecho que la manipulación psiquiátrica es un hecho poderoso, también está sometido a matices. Con sus puntos de abrumadora intimidad entre la percepción del bien y el mal como espacios idénticos, la serie falla al reflejar algo más profundo. Peor aún, parece incapaz de analizar que la relación tóxica y abrumadora entre sus personajes, es peligrosa. 

Es notorio que Pritchett se propuso a no pontificar ni moralizar, pero su esfuerzo es tan considerable que el argumento se deshace en lo neutro. Eso, a pesar de los esfuerzos Will Ferrell y Paul Rudd de dotar a sus personajes de vitalidad y complejidad.

Desde el prólogo (que narra el contexto de la historia en 1980) hasta sus escenas más extrañas, The Shrink Next Door se hace preguntas confusas. En especial, cuando mira con atención a Marty (Will Ferrell), un heredero torpe e inseguro que necesita estabilidad emocional. Su hermana Phyllis (Kathryn Hahn) es el reflejo de las exigencias culturales sobre Marty. Aunque no presiona ni Pritchett quiere crear una versión una relación sofocante dentro de otra, es evidente que el personaje de Hahn es un peso concreto. Marty necesita seguridad, superar a la figura del padre que le legó una responsabilidad y encontrar su lugar en el mundo. 

Es entonces cuando Marty acude al Doctor Ike (Rudd), que intentará ayudarle de forma poco corriente. La serie, que observa a Ike desde cierto punto amable, retuerce la idea de decisiones poco éticas como necesarias. O al menos, no definitivamente inmorales. Solo se trata de ayudar o al menos, eso parece sugerir cuando Ike lleva la consulta fuera del consultorio. También hace hincapié en el mismo tema, a medida que se hace más notorio que Ike manipula de forma amable a Marty. Después de todo, el personaje de Farrell está desesperado en complacer. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que complaciendo sugerencias más o menos bien intencionadas?

La serie podría funcionar desde ese punto, a no ser por el hecho que Ike puede no ser tan inocente. La serie apuesta fuerte a la dualidad del psiquiatra, pero la historia no parece sostener su extraña ambivalencia. De hecho, la cámara les mira como si se tratara de un dúo incomprendido, uno extraño y cada vez más desconcertante. ¿Manipula Ike a Marty para mejorar o prepara el terreno para algo más? La serie no lo dice, pero tampoco se esfuerza en utilizar esa confusa sensación de urgencia con algo más notorio.

Todos los secretos salen a la luz en 'The Shrink Next Door'

En The Shrink Next Door, la dualidad sobre el poder y la presión manipuladora es difusa. El caso real en que se basa se volvió un escándalo al descubrirse hasta que punto un psiquiatra puede influir en su paciente; la serie desaprovecha la oportunidad de mostrarlo y escoge una idea más ambigua. Marty mejora y se hace cada vez más seguro, a medida que depende más de Ike. Y Ike disfruta — sin saberlo, quizás por inevitable — de esa relación de poder que se tergiversa con una rapidez preocupante.

Pero The Shrink Next Door carece de sustancia y energía para decir algo más. Al final, Marty y Ike son reflejos de sucesos incómodos que resultan incomprensibles en la forma de narrarlos. Y ese es quizás el problema más complicado en la serie. ¿Puedes burlarte de algo desleal, tétrico y doloroso? Depende de las circunstancias. Y al parecer, el show de Pritchett no encuentra ninguna.