El motivo, de Tali Shemesh para Netflix, podría incluirse sin dudas en el género true crimen. De hecho, lo es y en el sentido más estricto del término. Pero también se toma algún tiempo para reflexionar de la naturaleza humana, su oscuridad y ambivalencia. La combinación no es del todo sólida (de hecho decae por minutos), pero es también lo suficientemente honesta como para cautivar. ¿Hay una respuesta para el motivo por el que se cometen asesinatos espantosos? No hay ninguna para algo semejante y el programa no pretende darlas. De hecho, uno de los puntos más altos de la nueva docuserie de Netflix es precisamente su sinceridad. 

El programa se plantea preguntas relevantes, incómodas y significativas sobre la violencia. Pero sabe de antemano que no hay respuesta para ninguna de ellas. O no al menos, una satisfactoria. De modo que su reconstrucción sobre el asesinato cometido por un niño israelí de 13 años en 1986 es un punto en blanco escalofriante. No solo por lo ocurrido, sino por la forma en la que el crimen ocurrió. ¿Un niño es capaz de matar? El motivo va directamente a la cuestión más urgente. ¿Por qué mata un niño? Una sutileza mayor que convierte a la docuserie entera en una interrogante dolorosa. 

El Motivo lleva a cuestas el duro peso de relatar un hecho que en su oportunidad se convirtió en una diatriba pública sobre la violencia. El asesino de 13 años tomó el arma de su padre y asesinó a su familia entera, incluyendo a sus dos hermanas menores. No hubo declaración, confesión o exposición de motivos posteriores. 

El jovencísimo criminal — que huyo de la escena del crimen y fue atrapado posteriormente — nunca explicó los motivos de lo ocurrido. ¿Se trató de un impulso espontáneo? ¿De una reacción incontenible que carece de explicación racional? El motivo plantea las preguntas una a una pero no responde ninguna. No por falta de discursos, disposición o desarrollo. De hecho, uno de los puntos altos de El motivo es la gran cantidad de documentación, expertos y declaraciones a su disposición. Pero lo que resulta más perturbador es que, a pesar de eso, la docuserie no brinda una conclusión.

Como si se tratara de una puerta que se cierra, El motivo comienza su propuesta con una idea general y temible. ¿Todos podemos matar? ¿Hay un asesino latente en cada uno de nosotros? La serie no lo dice, ni tampoco profundiza en esas premisas de inmediato. Pero ambas cuestionen flotan en medio del contexto a medida que los capítulos avanzan y ofrecen una versión durísima de la realidad. 

El dolor de una muerte inexplicable

Para El motivo, el mayor interés es detallar los hechos ocurridos en el distrito de Ein Karem de Jerusalén en el ’86. Hacerlo hasta dejar claro que el crimen fue de una crueldad abrumadora. Lo hace a través del recurso de desmenuzar cada faceta de la historia con dolorosa precisión. Desde las distancia del ataque (a quemarropa), hasta la forma en la que fueron encontrados los cuerpos. 

Cada detalle aporta la sensación de cómo el asesino se movió de un lado a otro. La forma en que arrinconó a sus padres y después tomó por sorpresa a sus hermanas. Una especie de estrategia fría y despiadada que el programa resalta para volver al meollo de toda su propuesta. ¿Por qué un niño de trece años hace algo semejante? Para cuando el documental planteó su premisa, pasa de inmediato a la segunda capa de información. ¿Qué puede provocar un suceso de una crueldad parecida? ¿Hay formas de prevenirlo, predecirlo o detenerlo? 

La noción de la juventud del atacante está en todas partes. El motivo persigue desconcertar y provocar la sensación que un hecho de violencia de semejante naturaleza fue cometido por un agresor improbable. ¿O no lo es tanto? La docuserie entrevista a expertos, abogados, psiquiatras, criminalistas. Pero hay algo insistente en el subrayado de la abominación de una falta de explicación plausible. 

Quizás, uno de los puntos más bajos de El motivo, es su incapacidad para salir del círculo de preguntas sin respuestas. El guion, que basa su efectividad en demostrar que la violencia humana pudiera no tener explicación o sentido, peca de reiterativo. Es evidente que la necesidad de dejar claro que la naturaleza humana es impredecible y que la violencia es un comportamiento ajeno a refinamientos. Pero El motivo carece de la habilidad para avanzar hacia puntos más incómodos. 

'El motivo', un callejón sin salida

Hace unas semanas, Netflix estrenaba El asesino del Impermeable, una docuserie que mostró la captura del primer asesino en serie surcoreano. El programa demostró la capacidad del relato del true crime para abordar varios puntos a la vez. Si por un lado siguió el escalofriante rastro de muerte que dejó el criminal a su paso, también tuvo la habilidad de desdoblar su discurso. Para su tercer e impactante capítulo, El asesino del Impermeable logró crear una respuesta o al menos asimilar la idea del miedo y la vulnerabilidad colectiva. 

Pero El Motivo carece de la habilidad para hacer algo semejante y termina por volver al punto central. ¿Por qué ocurren matanzas en apariencia fortuitas? ¿Qué motiva ataques armados espontáneos? La docuserie avanza y desanda el camino hasta un final decepcionante, que no aporta nada al género ni tampoco a su historia. 

Aun así, tal vez se trate de algo inevitable. La tragedia de ’86 continúa siendo un trauma real y vívido para la sociedad israelita. Por lo que, sin duda, puede que el documental solo refleje esa confusión. Cualquiera sea el caso, hay un considerable impacto en esta extraña mirada al miedo y a la confusión. También, un poder invisible en su forma de narrar la violencia. Una mirada hacia un tema basado en el absurdo que El motivo logra plasmar a través de sus fallas.