La familia Addams 2: La gran escapada, de Greg Tiernan y Conrad Vernon, es un homenaje a varias cosas a la vez. En primer lugar y de manera notoria, a la historieta clásica de The New Yorker, a la que parece celebrar en su limpia animación y estética. También, de forma más sutil, a la serie de la década de los sesenta, que inmortalizó la imagen de la familia tenebrosa y sus dedos chasqueantes.

Incluso hay algunas escenas pensadas para celebrar a la extraordinaria duología de Barry Sonnenfeld, tan espléndida como irrepetible. Pero, entre tantos guiños, secuencias conmemorativas y chistes basados en la cultura popular, la película falla por algo obvio: su blandura

La familia Addams, que durante buena parte de su historia se caracterizó por la mezcla de tétrica belleza y una rara mezcla de ternura, llega a la animación sin gracia. Mucho menos elegancia, sofisticación o incluso el discurso elaborado que hizo de todas sus versiones pequeños sucesos de la cultura pop. Si en 2019 había algunos elementos rescatables en el regreso de la familia a la pantalla grande, su secuela echa por tierra sus escasos logros. 

El gran inconveniente parece residir en un hecho básico: la pérdida de lo esencial de los personajes. No solamente se trata de esa reconstrucción del ícono en algo tan estereotipado como barato. También, de la forma en que la película se desploma al no tener nada en realidad que narrar más allá de la rareza. Greg Tiernan y Conrad Vernon insisten con demasiada insistencia en el hecho que los Addams son extraños. Que su forma de vida es inexplicable, que sus miembros son engendros inadaptados. Pero, en la película original, la animación pulcra y el juego de percepciones sobre lo popular y lo marginal tenía un sentido. Presentar a los personajes resultó un recorrido por toda la mitología de los Addams y tuvo algunos momentos rescatables precisamente por eso. 

Pero, en La familia Addams 2: La gran escapada, la premisa de la necesidad de unión familiar tiene algo de artificial. Mucho más cuando el foco del guion recae de nuevo sobre Miércoles (Chloë Grace Moretz) y su singularidad. Ya en las películas de la década de los noventa, la interpretación de Christina Ricci convirtió a la hija mayor de los Addams en un ícono. Tanto como para que Tim Burton salga de su semirretiro y dirija una serie con su nombre con Netflix. Para bien o para mal, la pequeña de trenzas y manifiesta visión hostil es una metáfora sobre lo singular. Y una que forma parte del cine. 

Pero Greg Tiernan y Conrad Vernon están más obsesionados con tratar de entender a Miércoles fuera del ámbito de su familia que como parte de ella. Y quizá sea esa la flaqueza de La familia Addams 2: La gran escapada. Una vez que ya Miércoles se convirtió en el símbolo familiar, el resto de los personajes saben a poco. Y esa concepción de la ruptura , en contraposición a la idea del grupo familiar retorcido, es la mayor flaqueza del film. 

De viaje hacia ninguna parte

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La película comienza de manera prometedora con un homenaje directo a la Frankenstein (1931) de James Whale. El recurso es ingenioso porque toda la trama se basa en Miércoles y su prodigiosa inteligencia. Más adelante, el dúo de directores usará otras tantas referencias a clásicos del terror para apuntalar una idea: Miércoles es siniestra. 

No solo eso: también es incluso más extraña que el resto de su singular familiar. Por raro que parezca, el argumento empuja a Morticia (Charlize Theron) y Gómez (Oscar Isaac) a una especie de rincón narrativo muy poco grato. Toda la acción recae en Miércoles, sus grandes ambiciones y, al final, su crisis adolescente. 

Pero eso podría no ser un problema ─La familia Addams 2: La tradición continúa, de Sonnenfeld, usa un recurso parecido─ de no ser por la torpeza narrativa del film. La atención del guion se encuentra exclusivamente en las motivaciones abstractas de Miércoles. A la vez, olvida que cada miembro de su familia es en realidad mucho más que un elemento circunstancial. Lo que más se echa de menos en la película es lo esencial que siempre distinguió a los Addams. 

El argumento echa a un lado su estilo de vida siniestro para crear parodias de films mayores sin real efecto. Desde cubetas de pintura roja que parodian a la Carrie de Brian De Palma hasta Gómez leyendo El resplandor, de Stephen King. La película tiene la buena intención de crear un micromundo de terror que no llega en realidad a analizar el centro de su argumento. Los Addams siempre se distinguieron por una polvorienta decadencia incómoda. Una, además, que los hacía capaces de bailar la Mamushka y pasearse por cementerios entre lápidas de parientes muertos.

Pero, en su versión del 2021, la familia se convierte en pequeños sketches de situación sin sustancia en, un recorrido familiar innecesario y una disputa sobre la identidad tan abstracta como facilona. Para cuando la película llega a su primera hora, es evidente que hay pocos recursos para sostener una historia sin brillo. Eso, a pesar que hay todo tipo de insinuaciones a algo mayor. 

'La familia Addams 2: La gran escapada', tan simplona como olvidable 

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La familia Addams siempre ha sido un reverso oscuro el estilo de vida norteamericano. Más competente y menos inocente que The Monsters, y sus extraños miembros siempre fueron una mirada fiera a lo extraño. Una que, por otra parte, disfrutaba con narrar toda esa rareza en una potencia deliciosa. 

Si algo se echa de menos en esta versión descafeinada y tediosa de los Addams, es, sin duda, su falta de sentido de la ironía. Gómez es un buen padre, Morticia, una beldad sinuosa. Pugsley (Javon Walton) es apenas una especie de alivio cómico irrelevante. 

E irrelevante es este recorrido por el universo de los Addams, que van de viaje por Norteamérica con guiños a su opulencia oscura. Pequeños destellos de algo más humorístico, retorcido y pendenciero de lo que la película logra mostrar. La familia Addams está de regreso, pero tal vez fuese mejor que no lo hubiese hecho.