Cuando la serie Los Soprano se estrenó en enero de 1999 nadie podría imaginar el éxito en el que se transformaría su historia. No solo reconstruyó desde los cimientos el género del crimen y la mafia. También creó una nueva percepción sobre el bien y el mal en la televisión que sigue siendo actual.

Los Sopranos no era solo una serie sobre criminales. Era un recorrido inteligente y poderoso sobre la moral de nuestra época. Con mafiosos capaces de matar pero que sufrían ataques de ansiedad, el antihéroe por excelencia llegó a la televisión. Uno además al que James Gandolfini brindó una humanidad dolorosa, en ocasiones cruel e incluso aterradora. 

El triunfo de Los Soprano fue hablar sobre el bien y el mal a través de los símbolos

Los Soprano fue más que una serie. Fue un experimento audaz de narrativa que comprendió que la televisión había cambiado. Y que además sentó las bases para todas las premisas asombrosas que HBO desarrollaría en el futuro. Con su mundo de matices y claroscuros hay algo de nihilista entre esta batalla de fuerzas idénticas. Por un lado la noción sobre la familia, y por el otro el crimen organizado como parte de ese concepto. 

A diferencia de la clásica El Padrino de Coppola o las extraordinarias miradas de Scorsese al mundo del crimen, la serie de Los Sopranos se basó en la practicidad. Tony Soprano debía sobrevivir en una época en que la mafia, con todo su peso político y cultural, solo era un mal menor. Y eso en medio de disputas callejeras y de estrategias que bien podían terminar en la muerte. Todo mientras debía lidiar con su identidad como padre y esposo. Todo mientras el mundo a su alrededor avanzaba con rapidez y le convertía en el centro de algo más grande. 

El triunfo de Los Soprano fue hablar sobre el bien y el mal a través de los símbolos. Tony, agotado, enfurecido y cada vez más despiadado, se volvió una figura emblemática. Una que dio origen a otros tantos antihéroes inclasificables en una época cínica. Desde el Walter White de Breaking Bad hasta el Barry de la serie del mismo nombre. La maldad nunca fue la misma una vez que Tony Soprano la encarnó de manera maquiavélica. 

'Los Soprano', donde la familia siempre es la familia 

Más allá de sus bondades como serie y argumento brillante, Los Soprano es una mirada sobre la familia. Tanto la doméstica puertas adentro de una casa lujosa como la que crea el crimen. Se trata del mismo concepto de El Padrino, pero llevado a un nivel más práctico, cínico y menos elegante. Pero esa versión sucia, criminal y sinvergüenza del hecho de lo criminal es lo que otorga a la serie su rara personalidad. 

Tony Soprano no pretende ser una criatura maligna y manipuladora de la envergadura de Vito Corleone, sino que es un hombre normal. Uno en la situación extraordinaria de vincular la sangre, el amor, el odio y las ganancias criminales a su vida. Pero además, la serie de HBO tuvo la osadía de englobar todo eso al amor, el odio, la codicia, la lujuria, el poder y la lealtad. El resultado es una historia de cientos de capas de distintas que, sin olvidar el hecho de que Los Soprano es un relato sobre la mafia, lo es también sobre la época.

El show también aprovechó a la Norteamérica de Bush, su hipocresía moral y espiritual

Con frecuencia, la mafia suele analizarse como una organización criminal con tintes políticos, culturales y familiares. O al menos así ha ocurrido en su trayecto en la cultura pop. Los Soprano tomaron el paso audaz de desmenuzar ese concepto y llevarlo a un nuevo nivel. La Norteamérica capitalista y corporativa se entremezcló con una organización criminal histórica en el mundo. Es esa percepción sobre la violencia la verdadera identidad de la serie. En Los Soprano, la identidad de la mafia como entidad y la que provoca el mundo contemporáneo son dos lados del mismo monstruo. Y esa esa dualidad uno de los grandes logros de la serie.

Por supuesto, el show también aprovechó a la Norteamérica de Bush, su hipocresía moral y espiritual. Profundizó en el hecho del bien y el mal desde una dureza y frialdad desconocidas hasta entonces en el mundo de la televisión. A la distancia, resulta asombroso la forma en cómo Los Soprano hilvanaron con cuidado la percepción sobre el crimen como un hecho íntimo. La maldad está en todas partes, pero también forma parte de algo mayor. Como diría el propio Tony Soprano: “Soy fuerte porque necesito serlo”. Eso, sosteniendo un arma y pensando en su próxima sesión de terapia. 

Un legado para la historia 

Los noventa fueron una década afortunada para las series. Seinfeld, con su cínica visión sobre lo cotidiano, destrozó cánones y se convirtió en un éxito por su naturaleza inclasificable. La serie no trataba de “nada”, lo que equivalía a decir que era una radiografía sobre el tedio existencial y el cinismo de finales de siglo. 

Pero Los Soprano tomaron el camino contrario. Abrieron todos los hilos argumentales de su historia para analizar a la Norteamérica mezquina y cruel. También lo hicieron bajo la connotación insistente sobre la condición de la naturaleza humana.

Tony Soprano era un patriarca. Un hombre poderoso capaz de matar, uno temido y respetado por su crueldad. Pero también podía ser uno arrasado por el miedo, el temor y las necesidades insatisfechas. Desde el sillón del psiquiatra era tan vulnerable como para que el solo hecho de admitir su debilidad, le convirtiera en objetivo. Una víctima del propio mundo que había ayudado a crear.

El Legado de Los Soprano es extenso. Pero en realidad, también radica en la importancia esencial de algo concreto. La depresión y ansiedad de Tony parece ser un chiste cruel en un mundo en el que se exige la dureza y la crueldad. Todo tiene un doble sentido en una serie que se rige por sus propias leyes. En una historia destinada a no dar respuestas sencillas.

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