Pegasus volvía a ser noticia hace solo unos días. Junto al software espía, la empresa israelí NSO Group, propietaria del culpable de todos los males del momento, concretamente los que a la privacidad y a la seguridad en la red refiere. No era la primera vez, ni mucho menos. Su largo historial de agravios internacionales ya puso en el punto de mira a la que está considerada una de las armas más peligrosas del futuro y, sí, también del presente.

¿Y qué ha pasado 6 días después de la investigación llevada a cabo por un conjunto de medios internacionales? La realidad es que poca cosa. Decepcionante. En línea a otros atentados contra la democracia, la libertad de prensa o de expresión o la seguridad en internet no ha pasado nada. Con una lista de 50.000 nombres, entre los que se encuentran personajes políticos, intelectuales, periodistas y familias infectadas por el software, podría pensarse que la concienciación sobre la seguridad de la red es un asunto de primera línea. Más allá de medios especializados o críticos del sector, el asunto ha quedado a pie de calle en nada más que una anécdota. Una línea a pie de página o noticia de telediario predispuesta a pasar página al siguiente tema del día. Probablemente referente al coronavirus: ¿a quién le importa la seguridad de un móvil cuando un virus puede matarte?

Lo cierto es que cuestiones como la de Pegasus nos hace preguntarnos algo esencial: la mayor amenaza de la privacidad no es un software espía como Pegasus o una brecha de seguridad en esta u otra administración pública o aplicación. Lo peor es que a la gente no le importa lo más mínimo. O, al menos, no hace nada por evitarlo. Y esto es una normalidad cada vez más constante.

La burbuja de internet que no sabe trascender, más allá de Pegasus

Foto por Tobias Tullius en Unsplash

Cientos de noticias, estudios, análisis y seguimientos pormenorizados han seguido la noticia. Sería injusto decir que no ha habido reacciones por ninguna de las partes. Las ha habido, pero no de los últimos afectados.

Nadie se ha echado a la calle por lo que lleva siendo una constante desde hace tiempo. Más allá de las fallas de seguridad en Administraciones, algo en lo que España ya ocupa el pódium, no hay día en el que no haya empresa que utilice datos o la privacidad de los usuarios para su lucro. Uber, en Australia, ha sido acusado de interferir en más de 1 millón de clientes en el país. Otro día, es Peloton con una brecha de seguridad que da entrada a datos de sus usuarios. Pasado mañana, quién sabe.

No importa que interfieran en mi privacidad, no tengo nada que esconder

Y aunque la burbuja de Internet ponga el grito en el cielo, solo habrá que preguntar en la calle para obtener una misma respuesta: no importa que interfieran en mi privacidad, no tengo nada que esconder. Una respuesta muy común que esconde un gran peligro detrás y que termina por caer en la constante de aceptar la idea de que cualquiera es presa fácil, pero no importa.

Dicen que el espionaje a un periodista nada tiene que ver con el que se ejerce a una persona de a pie cuando, en realidad, lo tiene todo que ver. Ese profesional de la comunicación vigilado y perseguido es el representante de una libertad de expresión cercenada para todos. Y como con todo, los derechos tardan siglos en obtenerse pero minutos en irse por el desagüe. No solo son las redes sociales, es todo lo demás.

Con una brecha digital cada día más grande y un desconocimiento inmenso de los límites de la tecnología, los derechos de nuestro "yo" digital no han recibido la importancia que se merecen. Y como se suele decir, de aquellas aguas esos lodos, el resultado es una desgana colectiva a lo que pueda hacerse en la red. Una desidia que deja a un lado los puntos esenciales de la seguridad en la red: actualizar el móvil, repetir contraseñas, negarse a usar la verificación en dos pasos por ser tediosa. Todo vale para la red.

¿Dónde está el problema? Como siempre, los medios están en el punto de mira por no retratar bien la realidad de la situación. Entonamos el mea culpa, que quede claro. Pero los ojos miran a una educación –la eterna vapuleada– que no termina de acomodarse en el mundo digital.

Más leña al fuego internacional

Foto por Fred Moon en Unsplash

El escándalo internacional de Pegasus sí que ha tenido un efecto: echar más leña al fuego al ya intenso clima político internacional. Gobiernos espiando a gobiernos, y estos a la vez a sus opositores y ciudadanos. La respuesta del Presidente de Francia, Emmanuel Macron, ante su presencia en la lista de los 50.000 era la de investigar a fondo el caso de espionaje. Se iniciaba un Consejo de Defensa a fin de conocer lo ocurrido y sopesar la respuesta a Marruecos, origen de su presencia en la lista.

Mientras, la propia Marruecos, Hungría o India –estos dos últimos unos de los mayores protagonistas en encargos– niegan la máxima. Si han usado o no el software espía Pegasus es asunto suyo y de nadie más. Ni cortos ni perezosos, apuntan a una gran histeria colectiva generada por la publicación de la lista. La pena es que, de hecho, no hay dicha histeria.

Si las relaciones internacionales y diplomáticas no pasan por su mejor momento, Pegasus no ha hecho ningún bien a la situación. Con democracias analizando el concepto propio de democracia en el siglo XXI, la amenaza es directamente al status quo de la sociedad actual. La herramienta que sirvió para capturar a uno de los narcos más importantes del siglo XX, "El Chapo" Guzmán, es ahora la misma que se usa para acabar con los opositores democráticos u opiniones disidentes.

Pegasus es un arma contra la propia democracia que, por supuesto, ya es carne de las teorías de la conspiración en las redes. No hay suceso en este momento que no pase por una teoría de estas. ¿Son las víctimas los propios verdugos a fin de ganar a sus opositores? O mejor: esto es un acto de Estados Unidos en segundo plano a través de Israel en su misión de mantener el dominio mundial.

Lavarse las manos a lo Poncio Pilatos de Pegasus

¿Qué opina NSO Group de todo esto? Depurarán responsabilidades a través de una investigación interna de la que probablemente no sabremos nunca nada. La realidad es que la compañía israelí ha dejado claro que no se hacen responsables de lo que los Gobiernos contratantes hagan con el software espía Pegasus.

Uno de los fundadores de la compañía, en una entrevista a The Washington Post, ya apuntaba a la política de la compañía. "Alguien tiene que hacer el trabajo sucio", explicaba Shalev Hulio. Pegasus es la mejor herramienta para esa misión. Y con esto, está todo claro.

¿Qué podrías hacer al respecto? "Lo mismo que con las armas nucleares", apuntaba Snowden en una entrevista a The Guardian. Es decir, nada. Otro pilar más a la sensación de desidia colectiva en el que ante la impotencia solo cabe la inactividad. Para Snowden, el software espía Pegasus debería estar, de facto, prohibido como tecnología con una moratoria internacional a su comercialización. Porque NSO, como cualquier empresa, además de salvar al mundo primero quiere ganar dinero. Fin de la historia de la mano de un capitalismo llevado al límite, en el que todo vale y está permitido.