Parir sin sentir dolor. Suena bien, ¿no? Era principios del siglo XX y todavía quedaba mucho que hacer en el campo de la obstetricia; por lo que dos médicos inventaron el parto sin dolor. Aunque no era del todo cierto que con el sueño crepuscular las mujeres no sintieran dolor; la diferencia radicaba en que luego no se acordaban de nada. Ni siquiera de lo mal que lo habían pasado. Y lo pasaban muy mal pariendo con esta práctica.

El sueño crepuscular (más conocido como Twilight Sleep) consistía en suministrar a las mujeres morfina y escopolamina durante el parto. La morfina era para el dolor; la escopolamina, un componente de las plantas solanáceas, produciría somnolencia, amnesia y euforia, según explican desde IFLScience.

Los obstetras Bernhardt Kronig y Karl Gauss vendieron esta práctica como un parto sin dolor; se les había ocurrido la idea de administrar morfina y escopolamina en 1906. Está claro por qué se hizo popular hasta que en la década de 1960 terminó por desaparecer del todo. Aunque antes ya había dado problemas.

Sueño crepuscular y dolor

La clave del sueño crepuscular radicaba en los dos compuestos que administraban a las mujeres: morfina y escopolamina. Los obstetras idearon dar a cada paciente una cantidad suficiente de cada uno de los medicamentos para reducir el dolor sin dormir a las mujeres; además de producirles una amnesia completa tras el parto.

Los ensayos de Gauss y Kroning "mostraron menos complicaciones que el parto natural", señalan desde IFLScience. Animados por esto, comenzaron a ofrecer a las embarazadas esta combinación de medicamentos en la Clínica de la Mujer de la Universidad Estatal de Baden, en Alemania. Un año después, en 1907, ya se administraba a pacientes de Gauss.

El parto sin dolor que prometieron los creadores del sueño crepuscular fue un éxito; el boca a boca hizo su trabajo y "en poco tiempo, las mujeres viajaban desde Estados Unidos hasta Alemania para dar a luz" con esta combinación de fármacos. A pesar de que miles de mujeres salieron encantadas de la clínica, con sus retoños vivos en brazos; la promesa de no sentir dolor no era real.

Escopolamina para olvidar

Y es que cuando el dolor comenzaba, Gauss administraba una primera dosis de morfina y escopolamina. Tras esto, solo se le volvía a poner escopolamina a las mujeres, nada de morfina, que era lo que realmente les quitaba el dolor. Es decir, se buscaba en todo momento que las mujeres olvidasen el parto que habían sufrido. Y eso no quitaba que sufrieran violencia obstétrica. Porque sí, la sufrían.

El propio Gauss tuvo que atar a varias mujeres a sus camas mientras daban a luz porque no paraban de moverse debido al dolor. Usó para ello "chaquetas de fuerza o correas en los brazos y piernas" y llegaron a vendar los ojos de las mujeres e insertar algodón en sus oídos "para evitar que se lastimaran a sí mismas y a otros con golpes" durante el parto. El dolor no desaparecía realmente, simplemente la escopolamina conseguía que las mujeres se olvidaran de todo tras el parto.

Las mujeres no solo se revolvían y trataban de golpear a todo el mundo, los gritos resonaban por los pasillos de la clínica. "Puede parecer que está consciente del nacimiento de su hijo y puede dar evidencia de sufrimiento aparente", escribió el doctor Henry Smith Williams en 1914. "Sin embargo, cuando unos momentos después la enfermera trae al niño desde la habitación vecina donde ha sido cuidado y puesto en los brazos de la madre, la paciente no reconoce al niño como propio, ni se da cuenta de que ya ha nacido".

Los gritos no eran fáciles de esconder, pero el pastel terminó destapándose por otro motivo. Tuvo que cruzar hasta Estados Unidos para que la popularidad del sueño crepuscular cayera estrepitosamente.

El fin de la práctica

Mientras en Alemania se seguía un cuidado método para administrar las dosis de morfina y escopolamina; no sucedió lo mismo cuando el sueño crepuscular llegó a Estados Unidos. Y es que en EEUU no terminó de cuajar esa idea de que cada paciente necesita un trato individualizado. Así que hicieron una estandarización de las dosis: a todas las mujeres le ponían la misma cantidad cada cierto tiempo, también establecido. Algo similar al ibuprofeno cada ocho horas que te pautan cuando vas al doctor aquejado de dolores musculares. Sin embargo, un parto no es un esguince. Y todo es mucho más complejo.

Y eso trajo problemas dado que estos fármacos pueden atravesar la placenta hasta el bebé, lo que les causaría una reducción en la saturación del oxígeno (respiración deprimida); que no pasaría si los bebés naciesen de forma natural. "El bebé era de color lavanda rosado y no respiró durante unos diez minutos", escribió la doctora Stella Lehr sobre un nacimiento que presenció en 1915.

"Durante ese tiempo se utilizaron varios medios de reanimación: el bebé fue suspendido por los pies y el cuerpo se abofeteó vigorosamente, luego se colocó sobre una mesa y el pecho se golpeó rítmicamente; luego el cuerpo se sumergió alternativamente en agua fría y caliente, y finalmente se utilizó el cateterismo intratraqueal", añade. "Después de presenciar esto, naturalmente llegué a la conclusión de que el sueño crepuscular debía usarse de manera muy conservadora o, mejor aún, nada en absoluto".

Ni siquiera el riesgo que sufrían los bebés al nacer fue suficiente para terminar con esta práctica; tuvo que morir al dar a luz una fiel defensora del sueño crepuscular para que su popularidad disminuyera. Francis Carmody ya había dado a luz antes mediante este método y lo defendió y ayudó a su popularización en EEUU. Pero una hemorragia no relacionada con el sueño crepuscular puso fin a su vida. Y también hizo decaer las ansias de las mujeres por un parto sin dolor.

Hasta 1960 se siguió utilizando esta práctica en muchos partos. Por suerte, unos periodistas contaron en qué condiciones daban a luz esas mujeres y que muchas de ellas, a pesar de no recordar nada, salían llenas de marcas y quemaduras, debido a que las ataban durante el parto.

El sueño crepuscular no cumplía lo que prometía: el dolor seguía ahí, aunque las mujeres no lo recordaban. El dolor, de hecho, es la parte que peor llevaban muchas mujeres cuando se ponen a pensar en parir; pero hoy en día hay varias opciones para traer bebés al mundo, lo mejor es que cada madre encuentre la suya.

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