En la década de los ochenta, Punky Brewster (una jovencísima Soleil Moon Frye) conquistó el corazón de los televidentes. Lo hizo con su combinación de encanto e inteligencia, en contraposición al en apariencia severo Henry interpretado por George Gaynes. La química entre ambos actores deslumbró en pantalla y convirtió a la serie de la NBC en un referente de época, además de uno de los programas más visto de la televisión.

La historia de la huérfana que termina por ser adoptada por un personaje imprevisible, se convirtió en un éxito de crítica y público. También fue una imagen instantánea en el imaginario colectivo. La serie apenas estuvo durante cuatro temporadas al aire. El corto tiempo de éxito provocó que su popularidad enmarcara tanto a Punky como a Henry en una imagen estática.

A diferencia de otros elencos como el de Diff’rent Strokes o Full House (ambas con 8 temporadas), los personajes de Punky Brewster apenas pudieron evolucionar. Para buena parte de sus fans, la niña de coletas y calcetines disparejos fue un símbolo nostálgico. Que, además, se mantuvo idéntico con el correr de las décadas. Como si todo lo anterior no fuera suficiente fue una de las pocas comedias enfocadas en la niñez. Sin matices, sin esperar que Punky se hiciera adolescente. Tampoco que Henry se volviera un personaje distinto al que era. La comedia tocó los mismos puntos (y de la misma manera) durante sus cuatro años en pantalla.

‘Punky Brewster’ no conecta con el público

Quizás por ese motivo, el reboot del mismo nombre demuestra que hay material clásico que no admite revisión alguna. En especial, porque una Punky Brewster adulta no solo no remite a la serie original, sino que no logra captar su esencia. El programa se estrenó el 24 de febrero, después de una discreta campaña publicitaria enfocada en el hecho que Punky regresaba a la televisión. Pero en realidad, y aunque se trata de Soleil Moon Frye, el personaje de la memoria colectiva no logra conectar con la mujer adulta que lleva su nombre. El programa es una reinvención de una sitcom genérica, sin verdaderos alicientes. No hay un solo hilo de conexión con la versión original. O al menos, el argumento no tiene la habilidad para hacerlo. Algo que sí hizo con éxito (a pesar de su pobre guion) el reboot Full House de Netflix.

Eso, a pesar de los esfuerzos de la producción de dejar en claro desde las primeras escenas que Punky Brewster regresó. Y que lo hizo para vincular lo mejor de la historia en la que se basa con una nueva generación. Punky es una adulta divorciada que enfrenta a su pasado al volver al lugar en que creció. También tiene hijos propios y una madre encantadora, descomplicada y divertida. Y aunque Henry está ausente, su presencia está en todos lados. O al menos, el programa trata que lo esté.

Más de un fan sonreirá de forma cariñosa al escuchar el “holy mackinoli” del anciano padre adoptivo de Punky. Pero no es suficiente. A pesar de los chistes y amorosas referencias al fallecido actor, la atmósfera carece de brillo. Soleil Moon Frye es solo una mujer amable, con el rostro lleno de pecas que no tiene ninguna relación con la niña que fue.

Eso a pesar de que la premisa del show es sencilla. Punky, que atraviesa un momento complicado de su vida, decide volver al lugar en que fue feliz durante su niñez. Lo hace, además, en un tono cariñoso y gracioso que regala al programa sus momentos más conmovedores. Pero la historia es incapaz de sostenerse solo sobre los hombros de Punky o su versión contemporánea. O incluso de su inverosímil amistad con Izzy (Quinn Copeland), una niña que es una encarnación moderna de su personaje. La noción del programa carece de puntos en común con la serie que cautivó al público de su época.

Otra comedia de madre en apuros

El efecto es evidente a medida que la trama avanza. Punky se convierte en una especie de “madre” de Izzy, sin otra intención que establecer paralelismos entre la relación del personaje con el fallecido Henry. Pero la mujer adulta de sonrisa fácil no puede por sí sola abarcar la química de un fenómeno generacional. Punky fue para buena parte de la audiencia que la convirtió en un éxito, la imagen de una entrañable amiga. Y aunque es notorio que Peacock intentó conquistar a esa audiencia ahora adulta con guiños nostálgicos de su personaje preferido, el resultado no es convincente.

Eso, a pesar del cuidado que toma el argumento en redimensionar los puntos más fuertes de la serie original. No obstante, hay algo artificial tanto en el desarrollo de la narración como en los cambios necesarios para evitar gritos de copiar directamente su predecesor. La Punky Brewster del nuevo milenio es solo otra de las tantas “madres” televisivas que intenta comprender de forma acelerada su propia vida. Incluso su relación con Izzy es pura comedia y gangs con aire clásico. Una cápsula del tiempo que solo funciona bien en las ocasiones en que parece directamente emparentada con el clásico del ‘84.

Lo más desconcertante es que Punky Brewster tiene todos los elementos para funcionar. O al menos, hacerlo a un nivel discreto con un buen uso de la melancolía que resulta inevitable en algunas escenas. Es notorio que Soleil Moon Frye ama al personaje que le hizo famosa. De hecho, en varias de sus mejores escenas el “punky power” es un hilo que retrotrae de forma efectiva con la propuesta original. Lo logra, además, con buen ritmo e inteligencia.

Sin puntos de conexión

No obstante, el guion está más interesado en relatar una historia que intenta calzar dentro de otra mucho más sencilla. ¿Cómo crear un paralelismo entre la comedia de crianza que fue la primera versión con el argumento de una madre joven y bohemia? Punky está aún enamorada de su ex marido (un entrañable Freddie Prinze Jr.), pero pasa buena parte de su tiempo en citas. No hay un elemento que convierta el discurso de la antigua Punky en una progresión necesaria o en una evolución evidente.

¿Qué hizo de Punky Brewster un éxito que aún se recuerda? No hay una respuesta sencilla para explicar el motivo sobre qué hace a un show recordado y otro una curiosidad de catálogo. Tampoco está claro qué hace a un personaje convertirse en parte de la memoria de la cultura pop. Pero en este caso, el secreto parecía residir en la idea de una niña unida por un vínculo inexplicable con un padre complicado. La mujer actual, a pesar de sus esfuerzos, es solo otro de los tantos personajes televisivos que intentan utilizar la nostalgia como señuelo.

Sin duda, el mayor problema de la Punky Brewster del 2021 es que solo es un producto genérico. Quizás lo peor que puede decirse de una niña que luchó durante cuatro años por llevar el par de calcetines más originales de la televisión de su época.

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