Aunque los vehículos eléctricos auguran un futuro movido por la electricidad, todavía dependemos de los combustibles fósiles. Nos guste o no, los derivados del petróleo siguen copando los primeros puestos a muchos niveles de la economía y de nuestro día a día.

Esto no quita que investigadores de todo el mundo busquen alternativas que permitan mover máquinas, vehículos o crear energía eléctrica empleando materias primas más sostenibles. O reciclando lo que hoy consideramos residuos. De aquí surgió el etanol, un biocombustible que aspiraba a cambiar el panorama energético y a jubilar antes de tiempo la gasolina de toda la vida. Sin embargo, su impacto en la agricultura y la contaminación que genera, aunque a niveles por debajo de la gasolina, han impedido su implementación a gran escala.

Otro candidato que suena desde hace años como alternativa a los combustibles fósiles es el biometano. Un biogás enriquecido en metano que se obtiene a partir de materiales orgánicos biodegradables. Una vez procesados con bacterias, emiten metano. Su ventaja principal es que no requiere de una materia prima exclusiva, en realidad se aprovechan deshechos orgánicos para generar el biometano.

A favor del biometano

Lo primero que hace del biometano un firme candidato a ser un combustible sostenible es que es 100% renovable. Se puede generar a partir de la digestión anaerobia de material orgánico, es decir, en ausencia de oxígeno. Para entendernos, es un proceso similar al que realizan las vacas al procesar el alimento. Por un lado, extraen los nutrientes y, como consecuencia, generan metano. Otra manera de obtener biometano es a partir del lavado del gas que se genera en la gasificación de la biomasa.

Este biogás se genera a partir de desechos biológicos, residuos agrícolas, residuos orgánicos domésticos o industriales y biomasa en general. La materia prima que necesitamos ya se genera de por sí en multitud de situaciones, por lo que solo hay que recopilarla y procesarla.

Planta de biogás en la finca Mouriscade, Lalín, Pontevedra. Fuente: BIOVEC

Yendo al detalle, el biogás no tratado está formado por metano en cantidades del 50 al 75 por ciento. Y por dióxido de carbono en una proporción del 25 al 50 por ciento. El resto es vapor de agua, oxígeno, nitrógeno y ácido sulfhídrico. Eliminando el agua y el ácido sulfhídrico, suele emplearse para la producción de calor o electricidad.

En la práctica, el biometano ofrece características similares al gas natural, por lo que su procesamiento, distribución y aprovechamiento serían similares. Es decir, que no se requerirían excesivos cambios estructurales para usarlo en distintos ámbitos, como el industrial o el doméstico.

Por otro lado, para defender su uso también se destaca su papel como impulsor de la economía circular, ya que la materia prima surge del sector primario, normalmente rural, y ayuda a reducir sus residuos a la vez que genera puestos de trabajo, lo que beneficia en varios ámbitos a las zonas rurales.

Encallados en el efecto invernadero

Otra de las ventajas que se le han atribuido al biometano es que ayuda a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Es decir, el metano que se produciría de manera natural por la descomposición de la materia orgánica, generada los ámbitos agrícola, doméstico e industrial, es aprovechado para generar el biometano. En consecuencia, según sus defensores, la producción de biometano reduce la emisión de dióxido de carbono, responsable del efecto invernadero y del calentamiento global.

Hay que tener en mente que el metano es 25 veces más potente que el dióxido de carbono como gas de efecto invernadero, salvo que se queme antes de llegar a la atmósfera. De ahí la oportunidad de reducir su impacto ambiental empleándolo como combustible en forma de biometano.

Esquema explicativo del efecto invernadero. Fuente: Cool Australia

Sin embargo, indagando en el tema, hay cierta letra pequeña. Según una investigación que se dio a conocer el año pasado por Georgia Tech, el Instituto de Tecnología de Georgia de la Universidad de Atlanta, en Estados Unidos, el biogás elaborado a partir de metano residual emite más carbono que el propio dióxido de carbono. A esta investigación se le unen otras. Como la del Instituto de Tecnología de Estocolmo, Suecia, que en noviembre de 2019 avisaba que las ventajas para el clima de aprovechar metano variaban en función de la procedencia de ese biogás y de la infraestructura para procesarlo y distribuirlo.

Estos y otros estudios similares fueron recopilados por el medio especializado El Periódico de la Energía. Todos coinciden en varios aspectos a tener en cuenta: a medida que se genere más metano para producir biometano, en vez de aprovechar el que se genera actualmente en condiciones naturales, el impacto negativo será mayor. Además, el almacenamiento de materia orgánica a cielo abierto para la producción de biometano ya emite CO2 a la atmósfera. Es decir, que el proceso de aprovechamiento debe optimizarse para evitar este tipo de situaciones.

Otros escollos que salvar

Al parecer, el biometano puede encontrarse con problemas similares a los que encontró el etanol para despegar como alternativa a los combustibles fósiles. Sin embargo, el escollo del biometano del que hemos hablado se puede salvar, simplemente optimizando los procesos de aprovechamiento de la materia orgánica y de elaboración y transporte del gas.

No es así con otros problemas de tipo político y estructural, que impiden que el biometano sea más conocido de lo que lo es en la actualidad. Para empezar, se trata de una industria que empieza a despegar. De ahí que requiera de cierto desembolso económico, para lo que al parecer no recibe el apoyo suficientemente, según la Asociación Española de Biogás, AEBIG. Un problema que debería resolverse en el futuro, al menos a nivel europeo, con la nueva Directiva sobre Fiscalidad de la Energía.

Según AEBIG, también es necesario unificar las normativas sobre la calidad del gas para acceder a la red común. Y por último, no hay una infraestructura suficiente para emplear biometano en vehículos. Y teniendo en cuenta el auge del automóvil eléctrico, parece que es una batalla perdida.

El biometano es ya una realidad

Podríamos poner varios ejemplos de aplicaciones prácticas o de instalaciones que ya procesan el metano generado por materias orgánicas para generar biometano. Uno de los proyectos más recientes es el de una granja de Vallfogona de Balaguer (Lleida, España), dedicada a la producción de leche de vaca.

Tras implementar en 2011 su propia planta de biogás, a finales del año pasado anunciaron que habían conseguido convertir en biometano la práctica totalidad de sus residuos orgánicos. Es decir, a partir del estiércol generado por las vacas logran generar biogás que emplean en electricidad, calefacción y agua caliente para la propia granja.

Granja Torre Santamaría, en Vallfogona de Balaguer, Lleida

La granja, que pertenece a la empresa familiar Torre Santamaría, tuvo que invertir unos 4 millones de euros para adaptar sus instalaciones e instalar la planta digestora de biogás. Para hacerlo posible recibió el apoyo de Axpo, empresa dedicada a comercializar biometano en España. Así como de Grupo Lactalis, compradora de la leche que se produce en la granja, y que es propietaria de marcas como Parmalat, Puleva o Président, entre otras.

Con la ampliación y modernización de las instalaciones originales para producir biometano, esta granja podrá generar la suficiente cantidad de biogás para abastecerse a sí misma y para inyectar el gas sobrante a la red de Nedgia, distribuidora de gas natural del Grupo Naturgy y que abastece al 70% de consumidores de gas en gran parte de España.

En definitiva. El biometano puede ser una salida a las grandes cantidades de materia orgánica de desecho que se produce hoy en día. Tanto en ciudades como en entornos industriales y agrícolas. Una manera de reducir el impacto climático de estos residuos a la par que generamos energía eléctrica a partir de biogás. Tema aparte es su implementación a gran escala, algo para lo que todavía queda varios inconvenientes y problemas por pulir.

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