Las modas, en ocasiones, pueden ser muy peligrosas. Bien lo supo el golfista amateur estadounidense Eben Byers, quien vivió en sus propias carnes (y huesos) el peligro que puede suponer la radiactividad. Era principio del siglo XX y untarse o consumir productos radiactivos estuvo de moda mucho antes de saberse que producía cáncer. Byers, por desgracia, sucumbió a esta moda y murió con la mandíbula deshecha y con un cuerpo nada atlético, para lo que él había sido… Y todo por culpa de Radithor, una bebida radiactiva que le había recomendado un médico tras una lesión.

Pero antes de contar la historia de Byers hay que saber cómo se descubrió la radiactividad, que es lo que dio pie a toda esta historia que parece de película. El primero en descubrir esta propiedad en el uranio fue el físico Henri Becquerel el 1 de marzo de 1896. Tras esto, se supo que esta propiedad la compartía con elementos como el polonio, el torio o el radio. Marie Curie acuñó el término radioactividad y siguió investigando.

La moda de la radiactividad llegó a todas partes del día a día de la época, tal y como señala IFL Science. Desde la pasta de dientes radioactiva Doramad hasta unas tarjetas que se colocaban en los paquetes de tabaco para reducir el alquitrán y la nicotina, cosa que, por cierto, no era verdad. Así que los cigarrillos estuvieron envenenando doblemente a aquellas personas que añadieron las tarjetas radioactivas a sus paquetes.

La bebida radioactiva que prescribían los médicos

Sam LaRussa/Wikimedia Commons

Radithor fue uno de estos inventos, en este caso una bebida radioactiva. Para Byers, un magnate del acero, mujeriego y golfista amateur; esta bebida radioactiva se convirtió en su amiga inseparable tras una lesión en el brazo. Fue en 1927, Byers iba en un tren y se cayó de la cama; por desgracia esta lesión le pasó factura en todos los ámbitos importantes de su vida: en el golf y en el sexo.

Muchos médicos de la época estaban comprados por el fabricante de Radithor, William J.A. Bailey. Este les ofrecía dinero por cada bebida que recetaban. Y así fue como Radithor y Byers se encontraron: su médico se la recetó para su dolor. El caso es que funcionó, puede ser porque el tiempo lo cura todo o por el efecto placebo, no podemos saberlo. Sin embargo, sí sabemos que este hecho hizo que Byers se convenciera de que esta bebida radioactiva tenía enormes beneficios y se volvió un fiel bebedor. Tomó 1.400 botellas de media onza (unos 14 gramos) de la nada barata bebida radioactiva. Por otra parte, también se encargó de enviarles cajas a amigos de negocios, ligues e, incluso, se la dio a sus caballos de carreras, relatan en IFL Science.

Hoy en día nos puede parecer que fue una peligrosísima moda la de usar materiales radioactivos para este tipo de productos y así es. Pero en aquel momento la situación era muy distinta. De hecho, las autoridades estadounidenses, según apunta este medio, llegaron a tomar medidas contra otra bebida que no había puesto suficientes elementos radioactivos o, al menos, en la cantidad que afirmaba su publicidad. Así de distintas eran las cosas entonces que la moda se aplaudía.

El fin de la moda…

Por suerte para nosotros, la moda se terminó. En 1931 saltó la noticia de que la radiación es nociva para las personas y los reguladores tomaron medidas. De hecho, a Byers le llamaron para ver si quería testificar en las audiencias; pero en ese momento estaba ya demasiado enfermo. En esos momentos ya llevaba unos años con pérdida de peso grave, dolores de cabeza y prácticamente se le habían caído todos los dientes. El hombre estaba muy enfermo y le dijo a su médico que había perdido «esa sensación de tonificación» y claro que la había perdido, sus huesos se estaban deshaciendo debido a la bebida radioactiva.

Así que cuando le pidieron testificar, Byers estaba demasiado enfermo y sin fuerzas. Pero decidió que enviaría una declaración a través de su abogado para que su caso se tuviera en cuenta. El abogado contó que a su cliente se le había tenido que extraer «toda la mandíbula superior, excepto dos dientes frontales, y la mayor parte de su mandíbula inferior». Además, el abogado informó de que «todo el tejido óseo restante de su cuerpo se estaba desintegrando y se estaban formando agujeros en su cráneo».

… y de Byers

El pobre Byers, que tenía cáncer de cuello, solo se enteró de que estaba en fase terminal unas semanas antes de morir. Falleció con 51 años y tan solo le quedaban seis dientes cuando le enterraron en un ataúd de plomo debido a la radioactividad.

Para Byers ya era tarde, pero tras su fallecimiento muchos otros médicos, los que no habían prescrito este tipo de bebidas y otros productos radioactivos, testificaron sobre los efectos nocivos que produce la radiación. Por tanto, al final se terminó con esta peligrosa moda, aunque por el camino se llevó vidas como la de este golfista.

El inventor de la bebida radioactiva tampoco se libró

¿Y qué fue de William J.A. Bailey, el inventor de estas bebidas? Bueno, la respuesta es casi tan dura como lo que le pasó a Byers. Bailey insistió todavía durante mucho tiempo en que su bebida radiactiva era segura para los consumidores. Sin embargo, él mismo murió de cáncer de vejiga en 1949. Pero la peor parte llegó 20 años después, cuando se exhumó su cadáver por parte de unos investigadores médicos. Encontraron el interior «devastado» por la radiación y descubrieron que sus restos aún estaban calientes.

Muchas veces se ponen de moda cosas como esta y no sabemos, en realidad, cómo puede afectarnos porque se conoce poco de su efecto en nuestro cuerpo. Tenemos que tener cuidado con las modas y, si pueden ser perjudiciales, olvidarnos de ellas. Porque podemos terminar enterrados en un ataúd de plomo como Eben Byers.

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