Alice in Borderland llega para resarcir el anime en Netflix. La mayoría de los fanáticos guardan un considerable mal sabor de boca con la adaptación que Netflix llevó a cabo de la clásica Death Note de Tsugumi Ōba.

El director Adam Wingard intentó crear una versión extravagante de una historia llena de giros argumentales complicados y el resultado, fue una rara concepción sobre la verdad, la astucia y el poder.

Por supuesto, que el anuncio de una versión de Alice in Borderland, de Haro Aso, levantó suspicacias y también, una considerable preocupación. No obstante, la versión live action de la plataforma, es con mucho, la más elegante y bien lograda de su ya larga lista de intentos por trasladar el lenguaje del manga a la pantalla chica.

'Alice in Borderland', en Netflix

De la misma manera que el original, la serie cuenta la historia de un joven desempleado y con una considerable obsesión por los videojuegos, en un futuro distópico o al menos, con un giro de tuerca a primera vista inexplicable que la serie explotara como su mejor pieza.

No obstante, el director Shinsuke Sato (‘Bleach’), que coescribe el guion a cuatro manos con Yoshike Watabe y Yasuko Kuramitsu, se toman algunas libertades de la historia de origen. Estas funcionan con la suficiente eficacia como para mantener el relato con una apreciable solidez.

Ryohei Arisu (Kento Yamazaki de ‘Kingdom’) se une a Yuzuha Usagi (Tao Tsuchiya de Toshokan sensô: Book of Memories) para sobrevivir en medio de lo que parece una catástrofe inexplicable. Todo a través de una serie de videojuegos cada vez más peligrosos y complicados.

En general la serie mantiene el ritmo y el tono del manga, pero, además, toma brillantes decisiones a la hora de explicar y en especial, analizar la situación que atraviesan los personajes.

Desde los créditos iniciales, que explican de manera pulcra y específica todo lo que necesitamos saber acerca de lo que ocurre en pantalla, hasta el desarrollo del argumento, Alice in Borderland está más interesada en una narrativa frenética que en detenerse a mostrar detalles dramáticos.

Ritmo fiel a la obra original

A primera de cambio, la decisión podría ser problemática. Shinsuke Sato toma un audaz giro de tuerca: dar por sentado que la historia en pantalla se explicará sin tropiezos, a medida que transcurre, y que lo hará de manera clara.

Y lo logra. El guion no pierde una sola secuencia en explicar más de lo necesario. Esa rapidez, beneficia un ritmo que, sin ser tumultuoso, emula la cualidad casi imparable de su versión original, en la que los personajes deben huir y salvar sus vidas. Y hacerlo través de su habilidad, rapidez y capacidad para la estrategia.

En conjunto, el primer capítulo de la serie explora la mitología del manga con tal sentido de la precisión, que incluso un televidente que no esté familiarizado del todo con la versión original, podrá comprender sin problemas lo que ocurre.

La percepción acerca de la circunstancia inexplicable que es origen de todas las líneas argumentales de los ocho capítulos de la serie. Shinsuke Sato explora la posibilidad que el lenguaje visual sea un vehículo flexible para explicar lo que está a punto de ocurrir. Y con un pulso formidable, logra contar con facilidad una historia de una complejidad apreciable.

Y apartado visual a la altura

De hecho, uno de los puntos fuertes de la serie es su apartado visual. Hay un gran manejo del lenguaje en imágenes. Esto permite a Shinsuke Sato relatar varias historias a la vez, sin recurrir a la estridencia ni tampoco. Y romper el delicado equilibrio de una serie que depende en esencia de su ritmo para funcionar como conjunto.

Hay una fluidez experta, pero en especial, profundamente relacionada con la forma en que Shinsuke Sato entiende al material original. Al que añade una inteligente congruencia argumental. La sostiene, además, sobre una apuesta audaz acerca de su capacidad para narrar una historia en fragmentos de información. Fragmentos que se unen con fluidez para mostrar secuencias en apariencia “imposibles”, con gran facilidad.

El director tiene una considerable habilidad para encajar a la historia dentro de la idea de pequeñas secuencias autoconclusivas, lo que permite a toda la estructura del manga manifestarse en toda su potencia. Desde el momento en que toda la acción empieza — y es un punto lo suficientemente notorio como para marcar un antes y un después — hasta la escalada vertiginosa de acontecimientos, la serie encuentra pronto su propio lenguaje.

Pequeñas secuencias autoconclusivas

Alice in Borderland se da el lujo incluso de utilizar la cámara al estilo de la ya famosa secuencia del automóvil en Children Of Men (2006) de Alfonso Cuarón. La cámara va de un lado a otro en una Tokio vacía y lo hace, con una curiosidad pesarosa y apresurada, que sin embargo no es descuidada en absoluto. El resultado es una mirada resumen sobre una situación inesperada.

La ciudad está vacía — no solo abandonada, sino vacía del todo — y Shinsuke Sato logra crear la sensación, que esa percepción de soledad es también, parte del contexto con el que deben lidiar los personajes en su carrera por la supervivencia.

De hecho, podría decirse que Alice in Borderland debe gran parte de su triunfo en pantalla, a la efectividad de su puesta en escena. Aunque el guion es correcto, la adaptación fiel y la connotación de la realidad escindida elegante y pulcra, lo que en verdad destaca de la producción es la capacidad de hacer un brillante uso de los espacios, como una forma elocuente de mostrar lo que debe esperar el espectador.

'Alice in Borderland': desafío y sadismo

Al estilo de 28 Days Later (2002) de Danny Boyle, la serie usa la percepción sobre la anomalía — la ciudad deshabitada — para recrear la situación inexplicable y después, la amenaza que deben enfrentar sus protagonistas. Se trata de una decisión coherente con el ritmo de la historia, pero también, con la reflexión al subtexto sobre el peligro y la capacidad que cada uno de los personajes tienen para enfrentarse a lo que sea que le espera.

Por otro lado, los desafíos tienen el toque de sadismo justo, que permite que la serie no sea solo una colección de anécdotas peligrosas y de casualidades inminentes. Shinsuke Sato orquesta con habilidad la cualidad de la supervivencia a través de la percepción del juego del cazador cazado o en todo caso, un pulso por la vida del más apto.

Teniendo como centro a los videojuegos, cada reto es más complicado y duro que el anterior, pero en general, la versión sobre la posibilidad de morir es la misma. La deshumanización inherente a algo semejante también está allí — lo que recuerda a la saga Los Juegos del Hambre — pero en esta ocasión, se trata de una carrera a campo traviesa por la posibilidad de vencer lo imposible. Quizás la premisa central de la serie.

En el trasfondo, Alice in Borderland también analiza con cuidado temas sobre la identidad o el mero hecho de preguntarse quienes somos, en situaciones críticas o de considerable peligro. La respuesta, es un inteligente e intrigante juego de espejos en los que el espectador puede sacar sus propias conclusiones. Quizás la jugada más inteligente de Shinsuke Sato para involucrar tanto a los fanáticos, como a los que no lo son.