Buscar la belleza en mitad del horror es difícil, pero a veces es la única salida para lidiar con el estrés de situaciones como esta pandemia que estamos atravesando. Y si hay una herramienta capaz de lograr algo así esa es, sin duda, la música. Eso precisamente es lo que pensó el doctor Mark Temple, de la Universidad de Western Sydney, cuando las noticias sobre el coronavirus empezaron a monopolizar los telediarios. Aunque a día de hoy es profesor de biología molecular, aún no ha olvidado su pasado como baterista en un grupo de versiones de post-punk. Tal es su amor por sus dos pasiones, que un día decidió unirlas, convirtiendo algunas secuencias de ADN humano en melodías. El procedimiento era fácilmente extrapolable a otros genomas, incluso si estaban compuestos por ARN. ¿Qué tal quedaría entonces la música del coronavirus?

Para saberlo se puso manos a la obra con una composición que ha publicado recientemente en BMC Bioinformatics. El resultado, a pesar de todo lo malo que nos ha traído esta enfermedad, es sorprendentemente bonito.

¿Cómo se compone la música del coronavirus?

Las secuencias de ARN están compuestas por cuatro letras diferentes, A, C, G y U, que hacen referencia a unos compuestos orgánicos, conocidos como bases nitrogenadas. Concretamente, la A es por la adenina, la C por la citosina, la G por la guanina y, para terminar, la U hace referencia al uracilo. La única diferencia con el ADN es que, en vez de la U, cuenta con la T, correspondiente a la timina.

El primer paso de Temple fue sustituir cada una de las cuatro letras del ARN por una nota musical. Esto habría dado lugar a una melodía demasiado plana y simple, por lo que decidió añadir más capas. Por ejemplo, asignó nuevas notas a parejas de bases, como AG o UC. Esta supondría una segunda capa, a la que le seguía una tercera, en la que las notas se corresponden con grupos importantes de tres bases, como AUC. Siguió sumando capas hasta tener un total de diez. Así se obtiene la primera melodía, correspondiente a la propia secuencia del genoma.

Sin embargo, también desarrolló una para la transcripción y la traducción. Estos son dos procesos que se dan comúnmente en las células para obtener las proteínas codificadas por los genes. Mediante la primera se obtiene una copia de ARN complementaria a la secuencia principal, conocida como ARN mensajero, que tiene las instrucciones necesarias para obtener las proteínas. Estas instrucciones siguen un código, conocido como código genético, por el cual grupitos de tres bases se corresponden con un aminoácido o, lo que es lo mismo, con cada uno de los “ladrillitos” que componen las proteínas. Estos también fueron asignados con notas, de modo que se obtenía una melodía más para la música del coronavirus.

Lo que esto puede hacer por la ciencia

En declaraciones a IFLScience, Temple ha explicado que, más allá de la parte lúdica de obtener la música del coronavirus, esto también puede tener aplicaciones científicas, a la hora de simplificar la información del virus. "Es una herramienta útil para mostrar cosas que sabemos, pero no va a curar a nadie en sí misma. Sin embargo, te hace pensar en el virus de una manera lineal porque así es como se reproduce la música, de principio a fin y en ese orden."

Obtener música de los lugares más inesperados en realidad no es algo nuevo. Se ha hecho con números, al transformar en melodías los decimales de pi, e incluso con el amanecer de Marte, asignando notas a los parámetros de brillo y color de cada pixel de las imágenes tomadas en el planeta rojo.

Normalmente, además de la melodía básica, se añade algo de instrumentación de fondo. Es algo que también ha hecho Mark Temple, al añadir su propia contribución con la batería y la de su amigo Mike Anderson, con la guitarra.

El resultado parece demasiado bonito para corresponderse a algo que ha matado ya a más de un millón de personas en todo el mundo. Así es la magia de la música, capaz de encontrar la parte buena hasta en las situaciones más horribles.