complejos por las redes sociales
– Oct 1, 2020, 10:00 (CET)

Dismorfia de Snapchat, el ‘trastorno’ de quienes quieren parecerse a sus selfies con filtro a toda costa

Los complejos por las redes sociales pueden llevar a las personas a someterse a operaciones de estética para parecerse a sus filtros de selfie.

La era de las redes sociales ha traído muchas cosas buenas a nuestras vidas. Podemos estar conectados a amigos y familiares situados al otro lado del mundo, incluso retomar el contacto con ellos cuando lo creíamos perdido. Es posible dar a conocer proyectos ilusionantes que difícilmente habríamos podido difundir hace unos años. Hasta hay personas que han encontrado el trabajo de sus sueños gracias a ellas. Pero también tienen una cara negativa. Por ejemplo, a través de ellas vivimos expuestos continuamente a todo tipo de bulos y noticias negativas, que muchas veces llegan a afectar a nuestra salud mental. Finalmente acabamos volviéndonos esclavos de sus algoritmos. Esto nos afecta a todos, pero golpea con especial dureza a los adolescentes, quienes además a menudo experimentan múltiples complejos por las redes sociales.

Tanto, que algunos psicólogos y cirujanos plásticos han acuñado en los últimos años el término “dismorfia de Snapchat” para hacer referencia a las personas que quieren operarse para parecerse a su propia imagen retocada con los filtros de algunas aplicaciones. Lógicamente, esto puede sucederle a cualquiera, pero es cierto que los niños y adolescentes se ven especialmente afectados. Por eso es importante saber cómo actuar con ellos.

Dismorfia de Snapchat

El término “dismorfia de Snapchat” no forma parte de ningún manual de medicina. Ni siquiera del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5).
Sin embargo, sí que forma parte de este el trastorno dismórfico corporal (TDC), clasificado concretamente en el espectro del trastorno obsesivo compulsivo.

Por lo general, se diagnostican con este trastorno aquellas personas preocupadas por algún defecto leve o inexistente de su físico. Esto llega hasta el punto de pensar en él durante más de una hora al día. Además, les genera la necesidad de llevar a cabo comportamientos repetitivos, por la creencia de que les ayudarán a sentirse mejor. Todo se corresponde a la perfección con muchos de los complejos por redes sociales que experimentan los usuarios de redes hoy en día.

Numerosos cirujanos plásticos han reportado haber recibido pacientes con este perfil en sus consultas. Es por ejemplo el caso del doctor Yagoda o la doctora Escho, cuyas declaraciones se recogen en dos artículos del Huffington Post y The Independent, respectivamente.

Todos coinciden en que buena parte del problema procede de los filtros de aplicaciones como Instagram o Snapchat. Estas herramientas tienden a generar cambios, como el suavizado de las arrugas, la alteración del tamaño de los ojos y los labios o la modificación del tono de la piel.

Si estos se usan como un simple juego no tiene por qué entrañar un peligro, pero si llevan a una obsesión con el físico suponen un arma muy peligrosa. Así lo vio la doctora Escho con una paciente a la que se negó a operar al conocer el origen de su padecimiento. Al contrario, le recomendó recurrir a ayuda psicológica.

Los cirujanos pueden estar atentos a la recepción de este tipo de casos en sus consultas. Pero se trataría de personas adultas, mayores de edad. ¿Qué ocurre entonces con los niños? ¿Están especialmente en peligro por los complejos por las redes sociales?

dismorfia de snapchat

¿De dónde provienen los complejos por las redes sociales?

La vida de prácticamente cualquier persona, como las redes, está compuesta por luces y sombras. Momentos buenos y malos, cuyo equilibrio no siempre se decanta hacia el mismo lado.

Lógicamente, a todos nos interesa saborear al máximo las luces. Por eso es la parte de nuestras vidas que decidimos mostrar al mundo a través de las redes sociales.

A medida que nos hacemos mayores vamos pasando por experiencias que nos hacen madurar y comprender la existencia de esas dos mitades. Por eso, cuando vemos las fotos de un amigo en Instagram entendemos que, aunque no lo muestre, detrás de esas imágenes de vacaciones, en fiestas ostentosas o simplemente disfrutando de un café en un día de lluvia, también hay momentos malos. Y también días en los que no nos apetece peinarnos o preferimos vestirnos con lo más cómodo, en vez de lo más glamuroso de nuestro armario. Pero es algo que no todos los adolescentes entienden.

“El objetivo de la gran mayoría de publicaciones es enmascarar la realidad, mostrar una vida idílica, para agradar a los demás”. Lo ha explicado a Hipertextual la psicóloga especializada en adolescencia Eli Soler. “Las personas adultas sabemos diferenciar entre lo que es la realidad y lo que no. Sin embargo, las adolescentes no llegan a diferenciar, e idealizan ciertas conductas o cánones de belleza mostradas en las redes sociales”.

Esto no incluye solo las imágenes en escenarios especialmente vistosos o la ropa y el maquillaje elegidos cuidadosamente. También incluye algo tan sencillo como los famosos filtros de la mayoría de aplicaciones de este tipo.

“Los filtros y aplicaciones que modifican el físico, tan utilizados en la actualidad, empujan a querer conseguir peligrosamente un perfil de belleza tan irreal como inalcanzable”, narra Soler. “Esto puede afectar negativamente a la autoestima de las personas adolescentes, que configuran su autoimagen con el feedback que reciben de sus publicaciones”. Además, la psicóloga añade que el número de followers y likes de sus publicaciones también influye de una manera directa sobre la autoestima y la percepción que tienen sobre ellos mismos, generando esos temidos complejos por las redes sociales.

¿Qué podemos hacer?

Para evitar que los adolescentes puedan desarrollar problemas psicológicos a causa de los complejos por las redes sociales, es especialmente importante prestarles atención y considerar cada caso individualmente. “Más que una edad en número, a la hora de permitir que tengan un dispositivo móvil o acceso a las redes sociales, es importante valorar el grado de madurez de cada adolescente”, señala Soler. “Pero es verdad que cada vez acceden a este tipo de contenido a edades más precoces, en las que no tienen suficiente madurez para gestionar todo lo que estas ventanas digitales suponen”.

De forma aproximada apunta al inicio de la educación secundaria como el punto de inflexión que podría considerarse para considerar que comiencen a acceder a este tipo de contenidos. “Antes de la educación secundaria ‘no les toca’ por edad manejar con plena libertad estos contenidos digitales. Y aunque es verdad que pueden tener cierta curiosidad, y más viendo que las personas adultas estamos muy a menudo pendientes de los móviles y las redes, hay que intentar valorar si tienen suficiente madurez y responsabilidad para gestionarlas”.

No basta con el control parental

Este es precisamente el punto aproximado a partir del que supuestamente pueden abrirse una cuenta. La mayoría de aplicaciones fijan esta edad en los 13 años, pero no es difícil para los niños burlar esta medida.

La otra opción es el uso del control parental que ya incluyen muchas plataformas. Pero es solo un parche momentáneo para un problema que debe atajarse involucrando a los padres, no cortando directamente el acceso de los adolescentes. “Del mismo modo que no se nos ocurre dejar a un niño pequeño de 2 años solo en un centro comercial, no deberíamos dejar a un adolescente solo ante las redes sociales”.

Al fin y al cabo, las redes ofrecen un camino muy interesante, del que los niños y adolescentes pueden absorber muchos conocimientos. La cara buena de estas plataformas existe. Pueden ayudarles con los deberes, aumentar su interés por nuevas aficiones, o conectarles con esos primos que se fueron a vivir al otro lado del charco. Pero es un camino que no deben recorrer solos. Únicamente en la compañía de un adulto aprenderán a disfrutar de las luces y no dejarse arrastrar por las sombras.