Sí, has leído bien, películas de terror sin sangre. Por extraño que parezca, hay una buena cantidad de fans del cine de terror que no toleran la sangre. ¿Es un contrasentido? No tanto, si tenemos en cuenta que el género hunde sus raíces en relatos siniestros basados en su atmósfera, y también en la forma en que los personajes pueden reflejar nuestros peores temores.

De modo que no siempre es necesario un despliegue de vísceras visibles derramándose sobre el suelo, salpicones sangrientos en las paredes y miembros varios cortados para provocar terror.

Te dejamos diez grandes películas del género que pueden provocarte escalofríos sin el menor atisbo de gore:

Películas de terror sin sangre

Vampyr, de Carl Theodor Dreyer (1932)

Esta gran obra no muestra sangre en ningún momento de su larguísimo metraje — el original tiene una duración de casi cuatro horas —, sino que además evita mostrar algo semejante a un monstruo.

En realidad, Dreyer está más interesado en la maldición del vampiro como una forma de infección macabra que se propaga por el mero contacto físico (de cualquier tipo) y que con rapidez, se convierte en algo más inquietante, maligno e inexplicable. Es quizás, el primer intento cinematográfico de brindar al vampiro un tipo de extraña trascendencia, que va más allá de la idea de su terrorífica sed de sangre y sí, más relacionada con el miedo especulativo sobre el origen del mal.

Carnival of Souls, de Herk Harvey (1962)

Con un mínimo presupuesto de 13.000 dólares, esta obra de arte del suspense es todo un prodigio de economía de recursos y además, un buen uso del guion estructurado sobre la base de la hipótesis de lo sobrenatural como enigma.

La película se pregunta una y otra vez qué es realmente lo que nos asusta y en especial, cuál es el origen y el sentido de la incertidumbre que nos provoca el hecho físico de la muerte. Como el antecedente obvio de películas como El sexto sentido de M. Night Shyamalan y Los Otros de Alejandro Amenabar (en especial, está ultima en cuanto a su reflexión sobre la dimensión de la comprensión que tenemos acerca de la mortalidad), esta joya del cine gótico es una reflexión cuidadosa sobre el terror que es mucho más espeluznante de lo que puede sugerir su romántico título.

The Other Side of Underneath, de Jane Arden (1972)

En esta ocasión, la historia enfoca su interés en lo que ocurre detrás de las puertas cerradas de una institución mental y en lugar de crear una historia basada en la tragedia, se enfoca más en los horrores que pueden esconderse en las habitaciones de los pacientes. ¿Qué ocurriría si en realidad cada uno de los diagnosticados con alguna enfermedad mental en realidad estuviera mirando un estrato de lo sobrenatural?

La película está llena de extravagancias discursivas, escenas incomprensibles y por momentos surrealistas, pero mantiene un ritmo lo suficientemente interesante como para crear una atmósfera aprensiva que es quizás, su principal baza.

The Vanishing, de George Sluizer (1988)

Esta película holandesa analiza el tema de la incertidumbre que rodea la desaparición sin explicación de una mujer, pero en lugar en las líneas habituales de la búsqueda frenética que llevan a cabo sus angustiados parientes — en este caso, el marido — concentra su atención en los minutos siguientes a la mera posibilidad que algo ocurra.

La desesperación, el miedo, la angustia y el terror alcanzan un límite por momentos insoportable y al final, la película entera analiza el tema del miedo desde una perspectiva por completo nueva.

The Juniper Tree, de Nietzchka Keene (1989)

Esta cruel historia sobre brujería y los asesinatos que se cometieron en nombre del Malleus Maleficarum, pero más allá de eso, también es una retorcida visión sobre el miedo, los secretos que se esconden en lo doméstico y en especial, la forma siniestra en que la maldad — la verdadera — puede manifestarse en forma de superstición y la perspectiva distorsionada de los terrores colectivos.

¿Un dato curioso? Una de las brujas enjuiciadas y condenadas a morir quemadas es nada más y nada menos que la cantante islandesa Björk.

The Rapture,8 de Michael Tolkin (1991)

Esta desconcertante película narra el Apocalipsis desde lo que parece ser una alucinación colectiva, que a su vez, se emparenta con un tipo de temor profundo a lo desconocido que rara vez se combina con acierto en el cine.

Pero Tolkin no lo logra, sino que además elabora un recorrido inquietante por las formas en que concebimos la fe, el temor y lo desconocido, más allá de cualquier percepción sobre el poder de la identidad escindida entre la posibilidad de creer y la simple desesperanza. Una mezcolanza extraña que por algún motivo, resulta efectiva y sin duda terrorífica.

Eve’s Bayou, de Kasi Lemmons ((1997)

Eve tiene el don de la clarividencia y la capacidad aterradora para invocar fuerzas invisibles. Juntas, ambas percepciones de la realidad se unen para permitir a esta pequeña niña de una familia condenada a la desgracia, comprender el hilo conductor que le lleva directamente a un tipo de terror tan sutil como escalofriante.

Entre visiones, espectros, brujería vudu y la búsqueda de la verdad en medio de todo tipo de situaciones cada vez más enrevesadas esta película invoca el poder del miedo invisible que se esconde en situaciones en apariencia cotidiana.

Shadow of the Vampire, de E. Elias Merhige (2000)

Injustamente menospreciada, esta extraña joya del terror no tradicional es a la vez una revisión del mito del vampiro y una exploración poderosa acerca de los limites de la realidad.

Basada en la leyenda hollywoodense que aseguraba que Murnau había incluido en la filmación de su clásica Nosferatu a un vampiro real, el film reflexiona con vigor y belleza sobre la oscuridad que habita en la mente humana, el goce por lo profano y la búsqueda de significado a lo misterioso, todo bajo la especulación de una idea rocambolesca de que se hace cada vez más extraña, dolorosa y potente a medida que el metraje avanza.

Lo más curioso es que la película lleva a cuestas su propia anécdota siniestra: hubo rumores sobre tensiones en el plató, la desaparición de un miembro de producción — algo que se desmintió en más de una oportunidad — y que hubo que filmar más de dos finales, para complacer a un neurótico y cada vez más nervioso John Malkovich, que por alguna razón no soportó el peso de la filmación. Tal y como se dice le sucedió a Mornau a quien interpretaba en película. Una de las mejores películas de de terror.

The Unseeable, de Wisit Sasanatieng (2006)

Este melodrama gótico que convierte a la realidad en un fractal interpretativo, cuenta la historia de Nualjan (Siraphan Wattanajinda) que busca a su marido; un músico itinerante que desapareció por razones desconocidos.

En un punto dado, la película da un giro de 180 grados para revelar lo que en realidad esconde la búsqueda de la esposa desesperada y a la vez, dejar al espectador desconcertado por la posibilidad que cada tramo de la película, carezca de sentido, sólo para descubrir que se trata de la pieza de algo mucho más amplio. Considerada por algunos críticos una colección insensata de escenas delirantes, es en realidad una versión dolorosa sobre una reinterpretación de la verdad, basada en el miedo, la angustia existencial y al final, la soledad.

Cropsey, de Joshua Zeman y Barbara Brancaccio (2009)

Este documental — sí, hay documentales que asustan — analiza lo ocurrido alrededor de una leyenda urbana de la infancia de ambos realizadores: los supuestos crímenes de un asesino de niños llamado Cropsey, que se creía vivía entre las ruinas de una antigua institución mental llamada Willowbrook, en su natal Staten Island.

Pero lo que comenzó como un recorrido burlón, terminó por convertirse en una investigación a toda regla cuando un niño local desapareció y se relevó, casi por casualidad que durante casi dos décadas habían desaparecido más de una docena de niños en circunstancias inexplicables. En medio del miedo, el desconcierto y la búsqueda de respuestas, el documental termina por convertirse en una versión del terror de enorme eficacia y lo que resulta más complicado de explicar, en un recorrido casi en paralelo por un suceso sobrenatural que sigue sin esclarecerse.

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