Las telarañas son verdaderas obras maestras de la ingeniería, no solo por su estructura perfecta, sino también por el material que las tejedoras utilizan para confeccionarlas. Los hilos de seda son finos y ligeros, pero también elásticos, pegajosos y más resistentes que el acero. Además, tiene un amplio poder antibacteriano, que impide que los microbios patógenos puedan fastidiar su cometido. Esto es algo general al trabajo de la totalidad de especies de arañas conocidas. No obstante, algunas han ido más allá, impregnando neurotoxinas en las telarañas, de modo que estas hagan buena parte del trabajo sucio.

Es la conclusión de un estudio, recién publicado en Journal of Proteome Research por el equipo de la bióloga molecular Fanciele Grego Esteves, de la Universidad del Estado de São Paulo. En él, describen este fenómeno en una especie concreta de arácnidos, característicos de América, aunque no se descarta que pueda ocurrir también en otros.

El papel de las neurotoxinas en las telarañas

Las telarañas forman parte de todo un ritual en el que las arañas capturan y almacenan a sus presas antes de comerlas. Son las trampas perfectas, pero también las dejan muy expuestas a otros depredadores, que podrían robarles su comida o incluso devorarlas a ellas mismas.

Por eso, se ha comprobado que algunas cuentan con una segunda barrera defensiva, constituida por sustancias químicas repelentes impregnadas en la seda. Lo demostró en 2011 otro equipo de científicos, en un estudio sobre las arañas tejedoras de orbes dorados (Trichonephila antipodiana) de Asia y Australia. El repelente en cuestión es la 2-pirrolidinona, capaz de ahuyentar desde orugas hasta polillas y hormigas.

Estas son arañas de gran tamaño, capaces de tejer telas muy robustas, de ahí que los autores del estudio concluyeran que el uso de compuestos químicos para disuadir a otras especies sea algo exclusivo arácnidos de este tipo, para los que la entrada de intrusos en su despensa sería una gran pérdida. Eso sí, no parecía ocurrir con todas las especies grandes.

Siguiendo en esa línea, el equipo de Grego Esteves decidió centrarse en Trichonephila clavipes, otra gran tejedora de orbes, capaz de tejer grandes estructuras doradas, de hasta 2 metros de diámetro.

El secreto oculto en sus glándulas

Estas arañas tienen siete tipos diferentes de glándulas, de las que secretan seda con diferentes propósitos, desde proteger sus propio huevos hasta capturar a sus presas en una trampa pegajosa.

Al analizarlos, comprobaron que una de ellas secretaba también unas toxinas, similares a las del veneno de algunos de estos arácnidos.

Una vez liberadas, estas se extienden por todo el hilo de seda, acompañadas también de unas gotas aceitosas, compuestas principalmente por ácidos grasos. Solo quedaba comprobar el objetivo de estas neurotoxinas en las telarañas.

Para ello, los autores del estudio tomaron algunas muestras y se las inyectaron a las presas favoritas de T.clavipes: las abejas. Poco después, estas se paralizaron rápidamente, debido a los efectos generados por la ponzoña sobre su sistema nervioso. Si esto es lo que ocurre de forma natural, las arañas se ahorran tener que matarlas o aturdirlas antes de comerlas. Directamente, una vez quietas y sin escapatoria, solo les quedaría devorarlas. En cuanto a las gotas de aceite, los investigadores vieron que ayudaban a desintegrar la cubierta protectora de las abejas de modo que las toxinas pudieran entrar más fácilmente en su organismo.

Sin duda, es un hallazgo importante, no solo por curiosidad, sino también porque puede ser de mucho interés para los expertos en toxicología. Al fin y al cabo, muchos de los grandes fármacos usados por los seres humanos están basados en la dosis perfecta de alguna toxina de origen animal.

En cuanto al efecto directo de estas neurotoxinas en las telarañas, los autores del estudio reconocen que será necesario estudiar más, para comprobar si en la naturaleza ocurre lo mismo que al inyectarse a las abejas en el laboratorio. Quizás su objetivo solo sea la disuasión, como en el caso de la 2-pirrolidina. Aunque, lo cierto, es que tiene pinta de ser algo más macabro.

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