Alfred Hitchcock reinventó el concepto del cine espectáculo, creó cine de autor con un presupuesto ínfimo y además llevó el lenguaje cinematográfico a una nueva dimensión. Pero más allá de la colosal figura del ídolo, también hay una considerable sombra: durante los últimos años, los rumores sobre abuso, acoso y control obsesivo a la que sometía a sus actrices han salido a luz. Una percepción sobre la figura del director tan macabra como cualquiera de sus películas.

El director Alfred Hitchcock pasó a la historia del cine por su estilo vanguardista, elegante y experimental. Cada una de sus películas es un prodigio de una sofisticada belleza visual, que combinada con un buen guion a menudo creaban una atmósfera inimitable que le transformó en un ícono del cine como sustrato narrativo.

No obstante, Hitckcock —el hombre— también tenía una prologada sombra retorcida, casi tan temible como cualquiera de sus thrillers de suspense: la relación a menudo claustrofóbica, dominante y en ocasiones directamente inquietante que sostuvo con cada una de sus actrices emblemáticas, algunas descubiertas y llevadas a la fama, por el director.

Un claro modelo de la sexualidad femenina

Se trató de un secreto a voces que llevó años en hacerse escuchar. Ya por los años sesenta y en pleno apogeo de su fama, el director había dejado claro que admiraba a un cierto tipo de mujer. Que de hecho era el centro motor de la mayoría de sus historias.

“Creo que las mujeres más interesantes, sexualmente hablando, son las mujeres británicas. Las mujeres inglesas, las suecas, las alemanas del norte y las escandinavas son más interesantes que las latinas, las italianas o las francesas. El sexo no debe ostentarse. Una mujer inglesa, con su aspecto de institutriz, es capaz de montar en un taxi con usted y, ante su sorpresa, desabrocharle la bragueta”.

Lo anterior, lo relata a François Truffaut, en el libro que este último escribió sobre la obra del director británico. Y aunque pueda parecer un chiste de mal gusto en realidad podría resumir la versión de lo femenino de Hitckcock en la gran pantalla.

Para Hitckcock la sexualidad era una insinuación y también una provocación lo suficientemente poderosa para provocar asesinatos y todo tipo de terrores psicológicos. La fórmula fue el centro de varias de sus películas más famosas y convirtió a su colección de gélidas mujeres de espléndida belleza en un sello reconocible en cada una de sus obras.

Pero no se trataba solo del hecho de que la selección de mujeres que encarnaran sus obsesiones estéticas fuera un elemento distinguible en su discurso cinematográfico, sino de que esa versión sobre la mujer tenía una relación directa con una extraña faceta oscura del director. Algo que en el Hollywood de su época se convirtió en un secreto incómodo que nadie se atrevía a revelar.

De la necesidad al problema

Según el escritor Donald Spoto, el director tenía una necesidad “compulsiva” por construir figuras radiantes alrededor de las cuales giraran las tramas siniestras y casi siempre aterradoras de sus grandes películas.

Mientras Any Ondra, Madeleine Carroll, Carole Lombard, Joan Fontain fueron anuncios de la imagen ideal que Alfred Hitchcock tenía en mente, las grandes Grace Kelly, Vera Miles, Janet Leigh, Kim Novak, Doris Day, Eva Marie Saint y en especial Tippi Hedren fueron la depuración de la forma en que la Hitckcock deseaba mostrar su ideal femenino. Pero en especial, fueron el epítome de la mirada del director acerca del sexo.

A la vez que Hitchcock construía diosas para el cine, detrás de cámara se convertía en un hombre controlador que en palabras de varios de quienes le rodearon e incluso, sus propias actrices, deseaba controlar hasta el mínimo aspecto de la vida de cada una de las mujeres que formaron parte de su universo cinematográfico.

Desde su enfermiza pasión por Grace Kelly hasta el maltrato emocional y físico que sufrió Tippi Hedren, la relación de Hitchcock con sus actrices siempre fue incómoda, dura y en alguna ocasiones, violenta.

Fría y violenta: el epítome de la criatura inquietante

En 1927, el director estrenaba su película The Lodger, en la que intentó plasmar el clima aterrador, amenazante y peligroso de la Londres bajo el acoso de Jack el Destripador.

Para entonces, Hitchcock mostraba a las víctimas del famoso asesino desde lo que se convertiría en uno de sus fetiches favoritos: una mujer rubia, frágil y de aire distante que terminaba por morir asesinada en manos de la figura más tenebrosa de la Inglaterra victoriana.

En un intento de mostrar la pesadilla que sufrieron las víctimas, el director dedicó buenas partes de los planos a mostrar una mujer rubia que grita. Después admitiría que había algo de morbo en la forma en que analizaba la muerte y el dolor en sus personajes.

Para el director, las mujeres eran algo más que personajes: eran símbolos del mal y del bien moral. Pero además, eran también un análisis complicado sobre la sexualidad en una época en la que el rol de la mujer estaba sometido a debate en el cine. Alfred Hitchcock se saltó todos los convencionalismos de su época y creó un tipo de percepción sobre lo sexual que estaba muy cerca del fetichismo, el voyeurismo y fantasías directamente relacionadas con sus propias obsesiones sobre lo femenino. Y Grace Kelly las encarnó todas.

No solo por su belleza —que fue el punto focal de la relación con el director—, sino por además ser el eslabón de un tipo de lenguaje cinematográfico que inspiró a Hitchcock en una forma por completo nueva. Si en su etapa británica el director experimento con la estética para llevar a cierta sexualidad disimulada a un nuevo nivel, una vez en Norteamérica y con una de las mujeres más bellas del mundo bajo su dirección, el artista encontró su impulso vital y sensorial definitivo.

El concepto de la propiedad

Por supuesto, una relación semejante no podía ser del todo inocente. Siempre según el libro de Spoto, Hitchcock no solamente estaba enamorado de Grace Kelly, sino que le consideraba suya. A un nivel tan maníaco que en cada película que participó construyó su imagen punto a punto, con tanta meticulosidad como cualquiera de los elaborados escenarios que le hicieron famoso en el cine.

Desde La Llamada Fatal (1954), en la que al actriz es el centro de toda la trama, hasta La Ventana Indiscreta (1954), en la que Kelly era el centro pulsor de la trama, incluso por encima de un inspirado pero desconcertado James Stewart.

Explica Spoto en su libro que la directora de vestuario Edith Head recibió del director indicaciones precisas, de cada color y detalle de cómo la actriz debía vestir en cada toma. Tan obsesionado estaba que en ocasiones decidió cambiar luz y escenografía, solo para lograr que Kelly fuera el centro de atención visual.

La obsesión no se limitaba a lo que ocurría frente a las cámaras. Se dice que Hitchcock telefoneaba a Kelly docenas de veces cada día, que insistía en saber cada lugar al que asistía, incluso lo que comía. Y aunque la actriz nunca se quejó de forma pública, sí llegó a dejar entrever su incomodidad con la obsesiva atención. Cuando Kelly rompió toda relación con Hollywood para casarse con Rainero de Mónaco, Spoto cuenta que Hitchcock lo consideró “la peor traición”.

Alfred Hitchcock: Pequeños y grandes escenarios

Atormentado por la partida de su musa, Hitchcock se esforzó por buscar su siguiente ideal de mujer y la encontró a medias en Kim Novak, que sustituyó a Vera Miles y convirtió a Vértigo (1958) en el epítome de la fría, distante y peligrosa mujer fatal que aspiraba el director.

Novak, que comenzó con un aspecto mucho más voluptuoso del que jamás había tenido cualquier otra de las actrices bajo la mano del director, sufrió en la película una lenta transformación que de alguna forma fue el reflejo de lo que sucedía fuera de pantalla.

Hitchcock se obsesionó con el peso, el aspecto e incluso la forma de las cejas de la actriz y le presionó hasta que alcanzara un parecido más que evidente con Kelly. Mientras el personaje de Jimmy Stewart convertía a la morena y torpe Judy cinematográfica en la radiante Madeleine, lo mismo ocurría con Novak, que llegó a admitir que apenas podía soportar la obligación que Alfred Hitchcock le exigía de ser una beldad exquisita, distante y fría.

Las tensiones continuaron y los comentarios sobre la actitud del director con sus actrices, se hicieron cada vez más frecuentes.

El éxito de Vértigo por encima de todo

Lo más curioso parece ser que Novak siempre asumió que el esfuerzo había valido la pena: hasta hoy, la actriz continúa insistiendo que Vértigo fue su película más importante.

Novak rodó su última película, Pasiones prohibidas de Mike Figgis en 1991, y admitió en más de una oportunidad que a partir de su colaboración con Hitchcock jamás volvió a tener un éxito semejante y, de hecho, su carrera fue en declive: “Dejaron de llegarme buenos guiones. Yo no era esa clase de actrices que luchan por los mejores papeles y abandoné Hollywood”, explicaba la estrella a una entrevista a Variety.

Alfred Hitchcock: Carnaval de horrores

En 1961, Hitchcock veía la televisión cuando un comercial le dejó sin aliento. Una rubia de extraordinaria belleza anunciaba un suplemento dietético y el director decidió sería el próximo rostro de sus películas. Se trataba de Tippi Hedren, hasta entonces modelo y una oscura aspirante a actriz, cuya vida cambió casi de inmediato: dos meses después de que Hitchcock le viera, tenía un contrato en exclusiva con el director, que también fue la puerta abierta a una relación retorcida y dolorosa.

De la misma manera que a Novak, la convirtió en otra de sus rubias idílicas, pero en esta ocasión aprovechó la juventud de Hedren para crear a una mujer irreal a la que educó desde lo básico.

Según Spoto, Alfred Hitchcock le enseñó a vestirse, maquillarse, el uso de los cubiertos, la manera de hablar. A la actriz le llevó un tiempo descubrir que no se trataba de una relación normal, y cuando lo hizo su futura carrera dependía casi por completo del director.

La situación llegó a ser tan inquietante, que tanto Ron Taylor como Sean Connery —contrapartes de la actriz en The Birds y Marnie, respectivamente— recibieron una orden directa del director: no se puede tocar a la actriz. Eso además incluía, un aislamiento casi total del personal técnico e incluso de los que se ocupaban del maquillaje y la atrezzo de la actriz.

Hendren aseguró en su libro Tippi: A Memoir que el director abusó física y emocionalmente de ella, en lo que llamó un “intento por obtener su mejor actuación”. Posesivo y obsesionado, Hitchcock intentó controlar incluso la forma en cómo la actriz se comportaba fuera del plató de filmación y hasta los detalles de su vida emocional.

Mucho antes del #MeToo

Aterrorizada y confusa, Hendren contó que después de que el cineasta intentara besarla y tocarla en una limusina, preguntó a conocidos y a amigos si debía denunciar su comportamiento, pero que de inmediato fue disuadida por otros actores y sus propias dudas sobre lo que estaba viviendo.

Admite que el término “acoso sexual” no existía en Hollywood y sabía que la meca del cine apoyaría al director en caso de cualquier acusación. “¿Quién era más valioso para el estudio, él o yo?”, se pregunta Tippi en su libro, como un resumen a la actitud de Hollywood —y quizás de la cultura de la época— acerca de agresiones semejantes.

La durísima e incómoda relación terminó cuando Hedren estalló furiosa y prácticamente escapó del control de Alfred Hitchcock. Y como el resto de las actrices bajo su dominio, Hedren perdió relevancia, importancia y poder en el cine apenas se alejó del mundo del director. Como si se tratara de una versión retorcida de sus propias películas, cada una de las actrices que protagonizó un film del director británico fue en alguna medida el símbolo de su obsesión por el control y también, de su manera de ver el mundo.

La belleza imposible en contraposición con el peligro.

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