Que los seres humanos seamos la especie que mejor ha sabido desenvolverse y prosperar en el planeta no implica que no necesitemos fijarnos de vez en cuando en los mecanismos empleados por otras para solventar problemas que a nosotros se nos hacen un mundo.

La capacidad de regeneración del ajolote, el vuelo de murciélagos y abejas para capacitar a los drones o la capacidad de camuflaje de los calamares son algunos ejemplos muy importantes de lo que otros animales pueden enseñarnos. También son especialmente interesantes las estructuras rígidas de algunos caparazones y, en esa línea, la cabeza dura del pájaro carpintero. Y no porque sea terco, que podría ser, sino por cómo es capaz de martillear con ella el tronco de los árboles, sin dañar su cráneo ni su cerebro. Por eso, algunos científicos han centrado su investigación en analizar las características que les confieren esta ventaja. Es el caso de Joanna McKittrick y Jae-Young Jung, dos científicas de la Universidad de California, cuyo trabajo se describe en un artículo publicado recientemente en The Conversation.

Un cráneo a prueba de golpes

Los pájaros carpinteros abren agujeros en los troncos de los árboles, en busca de savia e insectos de los que alimentarse. Para ello, los golpean con su pico hasta 20 veces por segundo, a una velocidad aproximada de siete metros por segundo y con una fuerza 1.200 veces superior a la de la gravedad (1.200g).

Según la Liga Nacional de Fútbol de Estados Unidos, sus jugadores se golpean con una fuerza de 80g, quince veces menos, y, sin embargo, sufren a menudo conmociones cerebrales que, con el tiempo, derivan en un trastorno conocido como encefalopatía traumática crónica, caracterizado por síntomas como pérdida de memoria, depresión, impulsividad, agresividad y comportamientos suicidas.

¿Cómo puede ser entonces que estos pájaros, al menos aparentemente, no sufran este tipo de lesiones? Para responder a esta pregunta, se ha procedido a analizar los huesos de su cráneo, así como la pieza ósea lingual que utilizan para extraer insectos de los agujeros que perforan.

De este modo vieron que los huesos del cráneo cuentan con una acumulación de minerales, que les confieren mayor rigidez y dureza. Además, en comparación con otras aves, tienen una menor cantidad de líquido entre el cerebro y el cráneo. Esto podría parecer contraproducente, por dar menos amortiguación de cara a golpes. No obstante, las autoras del artículo lo comparan con un huevo crudo o uno cocido. En el crudo, al haber más espacio y líquido alrededor de la yema, si se sacude esta acaba dañándose más que en uno cocinado.

De cualquier modo, es necesario que haya algo de amortiguación y es ahí donde entra en juego la lengua. Lo que se ve es solo la punta del iceberg, pues este órgano y el hueso incrustado en su interior envuelven la parte posterior del cráneo, hasta incrustarse delante, justo en medio de los ojos.

Esto sirve como protección extra para el cerebro, pues se trata de un hueso poco habitual. Normalmente, las piezas óseas constan de una vaina densa de hueso compacto que encapsula otro más esponjoso y poroso. Pero en este caso ocurre totalmente al revés, pues la parte más blanda se encuentra fuera, amortiguando los golpes que se dirigen hacia la cabeza.

Ahora bien, ¿significa todo esto que el cerebro del pájaro carpintero queda ileso después de martillear los troncos? Eso parece a simple vista, pero no debemos olvidar que ciertas características como su memoria no pueden verse con la misma evidencia que en los humanos. Por eso, el equipo de investigadores en el que trabajan las dos autoras del artículo, una de ellas tristemente fallecida poco después de escribirlo, pretende estudiar también el cerebro de estas aves, en busca de posibles daños que hayan pasado desapercibidos al ser humano. No obstante, esto es algo que ya hizo en 2018 otro equipo de científicos, cuyo trabajo se publicó en un estudio de PLOS One. En su caso, observaron que los cerebros de estos animales cuentan con una acumulación de proteína tau mucho mayor que la de otras aves, como los mirlos. Esta proteína es precisamente un indicador de daño cerebral en humanos, pero en su caso no pudieron demostrar si realmente tenía esta misma explicación en el pájaro carpintero o si, por el contrario, había adquirido evolutivamente un papel protector, que se sumara a su cráneo súper rígido. Queda mucho por investigar, pero si hay algo claro es que esta especie también tiene información muy interesante de la que deberíamos aprender.