Toda la vida hemos escuchado que si queremos saber la “edad humana” de nuestro perro simplemente debemos multiplicar la suya por siete. Sin embargo, como suele ocurrir con otras muchas creencias igualmente extendidas, se trata de una idea errónea, que hace ya mucho que se desmintió.

Numerosos expertos han estudiado la equivalencia entre el tiempo de vida de los canes y el de las personas y han llegado a varias conclusiones. La primera es que no es lineal, como afirma el mito, por lo que el cálculo no resulta tan simple como multiplicar por un número y nada más. La segunda es que es una cifra que depende de factores como la raza o el tamaño del animal. Es bien sabido que no todos los perros tienen la misma esperanza de vida. Por ejemplo, se sabe que algunos de gran tamaño, como ciertos mastines, viven una media de 6 a 9 años, mientras que otros más pequeños, como los chihuahuas, pueden alcanzar casi las dos décadas. Por eso, si bien se pueden hacer cálculos aproximados, estos deben realizarse siempre en una misma raza, basándose en parámetros biológicos. Y eso precisamente es lo que ha hecho recientemente un equipo de científicos de las Universidades de California y Pittsburgh y los Institutos Sanford Burnham Prebys Medical Discovery y National Human Genome Research, cuyos resultados se han publicado en la plataforma de preimpresión bioRxiv. Concretamente, ellos se han centrado en la edad del labrador, al que han comparado con los seres humanos gracias a un fenómeno conocido como reloj epigenético.

Mucho más que multiplicar por siete

Cuando nacemos, tanto los seres humanos como los perros tenemos nuestro “libro de instrucciones” escrito en el ADN. Si este se altera se estarían generando mutaciones, que a menudo conllevan consecuencias graves para la salud.

No obstante, a medida que interaccionamos con el ambiente se pueden desarrollar modificaciones en el material genético que no alteran su estructura, pero sí la forma en que se lee la información que contiene. Esto es algo conocido como epigenética y puede generarse de muchas formas, siendo una de las más comunes un procedimiento conocido como metilación. Esta consiste en la adición de grupos metilo, compuestos por un carbono y tres hidrógenos, sobre el material genético, con el fin de silenciar algunos genes, sin necesidad de alterarlos. Esto tiene múltiples funciones, se dan durante toda la vida del individuo. No obstante, son más frecuentes a medida que pasan los años, por lo que puede usarse como indicador de envejecimiento. El análisis de la evolución de estas metilaciones es lo que se conoce como reloj epigenético y sirvió a los autores del estudio para obtener una fórmula que calcula la edad de los labradores.

Para ello, extrajeron muestras de sangre de 320 personas, con edades comprendidas entre 1 y 103 años, y también de 104 labradores, desde cachorros hasta canes más maduros, de 16 años.

Al analizar los patrones de metilación en cada rango de edad y compararlo entre especies, comprobaron que no ocurría de forma lineal, aunque sí que podía extraerse una fórmula, que daría aproximadamente el equivalente en años humanos de un perro labrador: edad_humana=16ln(edad_perro)+31.

En resumen, para calcular la edad humana de un labrador, basta con hacer el logaritmo neperiano de la cifra, multiplicarlo por 16 y sumar 31 al resultado. Hasta las calculadoras científicas más sencillas, y la mayoría de los móviles, cuentan con un botón para el cálculo de este logaritmo, por lo que no es necesario tener conocimientos complejos de matemáticas para poder realizarlo.

Comprobaron también que las siete semanas de estos perros coincidían con los nueve meses humanos, cuando a ambos les brotan los dientes de leche, y que la esperanza de vida media de los labradores, de 12 años, equivalía a los 70 de una persona.

También vieron que la pubertad en estos perros se desarrollar relativamente más deprisa que la de los humanos, aunque la metilación se ralentiza a medida que envejecen, por lo que al final de su vida la diferencia relativa en los tiempos a los que se suceden las etapas no es tan grande.

En definitiva, cada raza es un mundo, pero en general un cumpleaños suyo sustituye varios de los nuestros. Por eso, los perros pasan deprisa por nuestras vidas, pero eso sí, dejándolas marcadas para siempre.

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