¿Cuántos antivacunas hay en Etiopía? ¿Y en el Congo? ¿Y en Haití? En los países en los que el acceso a las vacunas es prácticamente un lujo y cada día enferman miles de niños y mayores por no haber podido recibirlas a tiempo, las personas no temen a reacciones adversas inexistentes. Saben que su vida depende de ello y ansían vacunar a sus hijos. En cambio, en las zonas del mundo desarrolladas, en las que mucha gente jamás ha conocido un caso de polio o tosferina, los bulos sobre ellas corren como la pólvora.

Es algo en lo que cualquier antivacunas debería meditar. Nosotros tenemos acceso fácil y gratuito a algo por lo que millones de personas darían todo lo que tienen. Tal es la necesidad de acceder a las vacunas que a lo largo de la historia muchas personas se han jugado la vida por conseguirlas. Y también animales. Este es el caso de Balto, el perro de trineo cuya heroica historia le valió una estatua en pleno Central Park y una película de dibujos animados en la que se narra la hazaña en la que tanto él, como otros perros y varios humanos, se expusieron al gélido frío de Alaska para obtener las vacunas que salvarían la vida a toda una población infantil.

La difteria azota Nome

Todo empezó en enero de 1925, cuando se empezaron a detectar varios casos de difteria en una pequeña ciudad de Alaska, llamada Nome. Esta es una enfermedad causada por una toxina bacteriana, para la que por aquel entonces ya existía una vacuna. Sin embargo, en el centro médico de Nome no disponían de existencias.

Tras consultar con las ciudades circundantes, llegaron a la conclusión de que el lote más cercano se encontraba en Anchorage, a casi 900 kilómetros de distancia en línea recta. Durante esos días estaba teniendo lugar una gran tormenta, que impedía el desplazamiento por mar y por aire. Solo quedaba hacerlo en trineo, pero el recorrido por tierra era más largo, de más de 1.000 kilómetros, y las condiciones climatológicas se presentaban demasiado severas para que los perros pudieran hacerlo rápido y sin morir en el intento. Por eso, se optó por una carrera de relevos.

Al conocer la situación se presentaron voluntarios un total de veinte mushers (conductores de trineo), con sus respectivos perros, la mayoría de ellos huskies siberianos. El trayecto empezó en la estación de ferrocarril de Nenana, el 27 de enero, y continuó en varios tramos, cada uno a cargo de un musher con su partida canina. El penúltimo de ellos era el noruego Gunnar Kaasen, en cuya jauría se encontraba Balto, un husky negro de seis años, que había sido castrado siendo muy joven. Era un perro de carga, con aparentemente poco potencial. Tanto, que cuando los conductores de trineo eligieron a sus animales todos pasaron de largo. Solo Kaasen apostó por él, aunque decidió dejarlo en la retaguardia. Pero algo pasó. Hay historias que señalan a que el perro guía se hirió una pata. Otras a que se desorientó. El caso es que finalmente fue Balto el que dirigió a sus compañeros y llegó con las vacunas a su destino antes de lo previsto, el 2 de febrero. El siguiente musher estaba aún durmiendo, por lo que Kaasen decidió afrontar el último tramo, siendo él y sus perros los que finalmente hicieron la entrega en Nome. Gracias a ellos y al resto de hombres y perros valientes, que hicieron el recorrido a temperaturas cercanas a los 40 grados bajo cero, se evitó una epidemia en la localidad.

Todos ellos eran héroes, pero la figura de Balto fue la más ensalzada, probablemente porque era un perro destinado a seguir a otros y que aun así fue esencial para llevar el fármaco a su destino. Tras aquel día se erigieron dos estatuas en su honor, una en el Central Park, de Nueva York, y otra en la misma Anchorange. Pero lo más importante fue que, dada la situación tras el suceso de Nome, se decidió poner en marcha la administración generalizada de la vacuna de la difteria, salvando con ello miles de vidas.

Balto en el Museo de Historia Natural de Cleveland

Al estar castrado, era imposible utilizarlo como semental. Por eso, finalmente se llevó al zoológico de Cleveland, donde vivió hasta su muerte, a los catorce años de edad. Tras su fallecimiento su cuerpo se disecó y se entregó al Museo de Historia Natural de la misma ciudad, en el que permanece expuesto a día de hoy. El animal falleció, pero su historia seguirá viva por siempre, recordando que un día hubo un grupo de personas y perros que se expusieron a morir de frío a cambio de dispensar una vacuna. Su esfuerzo no debería haber sido en vano.

👇 Más en Hipertextual