– Ago 23, 2019, 18:15 (CET)

El novio de internet: el incombustible fenómeno de Keanu Reeves

Keanu Reeves se convirtió este año en objeto de adoración pública y en el “nuevo novio de internet”. Pero en realidad, el actor de 54 años, lleva casi dos décadas deslumbrando a los fanáticos con su sencillez, extraño sentido del humor y su capacidad para participar en las películas correctas para convertirse en un raro objeto de culto. Te contamos las cinco razones por las cuales es un ícono incombustible.

Con el anuncio de la filmación de la que sería la cuarta —e inesperada— película de la saga The Matrix, el nombre de Keanu Reeves volvió a estar en la boca de todos. Como lo ha estado durante buena parte del año. En realidad, si lo analizamos, el actor —discreto y con una rara fama de humildad le precede— lleva más de tres décadas bajo el foco de la atención pública y no solo por su trabajo cinematográfico. Con una peculiar capacidad para alejarse de la fama a medida que se hace más reconocido, Reeves es la vez misterioso y accesible. Una contradicción que le ha convertido en un ícono de la cultura pop que trasciende la celebridad efímera actual.

¿Qué hace que todos le amemos? Hay varias razones para hacerlo.

Un extraño y buen hombre

Keanu Reeves está lejos del estereotipo del famoso Hollywoodense. En realidad, es todo lo contrario. Y aunque buena parte de su carrera fílmica se basa en notorios éxitos de taquilla (desde Speed, la ya clásica de The Matrix hasta el héroe de acción millennial John Wick), también tiene la extraña capacidad de acumular títulos independientes de notoria calidad y hasta excentricidades serie b, que convierten a su carrera en un recorrido cinematográfico inclasificable.

Pero más allá de eso, Reeves es también una figura consumible para la cultura popular y sobre todo, la siempre ebullición que prospera en redes sociales. El meme del actor luciendo triste mientras come un sándwich es uno de los más populares de la red y también, el que le muestra amenazando de muerte a Thanos, luego de asesinar a su perro. En Amazon, hay unas velas con el rostro de Keanu barbudo y con cabello largo, franelas y una extensa memorabilia del actor, no de ninguno de sus personajes. Como si eso no fuera suficiente, tiene un festival fílmico con su nombre —llamado, por supuesto KeanuCon—  y durante los últimos meses, una petición —otra— solicitó a la revista Time lo nombrara la Persona del Año. ¿Sorprendido? Más te sorprenderá saber que ya hay más de 150.000 firmas.

Pero a Keanu no parece impresionarle nada de eso. Su cualidad de hombre común y corriente —a pesar de la fama— ya es lo suficientemente conocida como para no sorprender a nadie. Las anécdotas son incontables (la mayoría falsas, pero unas cuantas verídicas) e incluyen actos de humildad, valor, amabilidad, según el humor de la red. Y para ser justos, las verdaderas son tan llamativas que solo ayudan a cimentar las falsas: en el 2014, Olivia Spencer contó que el célebre Neo se remangó las mangas de camisas y ayudó a empujar su automóvil descompuesto. También hace grandes donativos a organizaciones de caridad, va en metro como cualquier hijo de vecino y cede el lugar a las ancianitas y embarazadas. Keanu sabe la importancia real de las cosas más sencillas o eso parece sugerir la evidente.

Es parte de la historia del cine, lo sepa o no

Para bien o para mal, Keanu ha participado en varias de las películas más exitosas de la última década, algunas parte de la historia cinematográficas, otras meros taquillazos palomiteros. Desde comedias como Bill & Ted’s Excellent Adventure (1989) de Stephen Herek, hasta la dura My Own Private Idaho (1991) de Gus Van Sant junto al difunto River Phoenix. Keanu va de aquí para allá entre el cine comercial, el independiente más serio y grandes blockbusters de ocasión. En 1991, la fama le rozó muy cerca con Point Break de Kathryn Bigelow y llegó finalmente al año siguiente, cuando interpretó a Jonathan Harker la versión de Drácula de Francis Ford Coppola. Después vendría Speed en 1994 con Jan de Bont, The Devil’s Advocate (1997) de Taylor Hackford y por supuesto, ese taquillazo y peculiar triunfo de la Ciencia Ficción como lo es The Matrix. Para cuando llegó el siglo XXI, la celebridad de Keanu era algo más que una cuestión de taquilla. Su extraña ambigüedad —que hizo las delicias de Bertolucci en el ’93 en Little Buddha— le convierten en un símbolo de un tipo de masculinidad entre la vulnerabilidad y la fuerza. O si no, que lo digan John Wick, que llegará a su cuarta película disparando a mansalva luego de perder a su mascota.

Quizás, lo que mejor defina la carrera de Keanu, sea la reflexión del crítico Joe Queenan que en un artículo del periódico inglés The Guardian, alabó “la discreción” del actor y su “curiosa amabilidad”, pero además, insistió en que se trata de una combinación que sin duda provoca una reacción peculiar en el público. “Interpreta papeles que la audiencia ve con más afecto que con reverencia o idolatría, como un hermano menor un poco y tal vez necesite ayuda de otros para sobrevivir”. escribió Queenan. En resumen, Keanu no es una celebridad actual, sino que lleva una buena cantidad de tiempo siéndolo. Aunque lo más probable es que si se lo preguntas al actor, no sabrá muy bien a qué te refieres. Y eso nos lleva a nuestro tercer punto.

Keanu, ese amigo olvidadizo de la fama

Es innegable que el actor tiene una buena cantidad de tiempo siendo famoso, pero eso no garantiza que ese reconocimiento fuera del todo beneficioso para su carrera. En el 2016, Reeves abandonó a Creative Artists Agency —la agencia de talentos que le había representado hasta entonces— y contrató a la rival, William Morris Endeavor Entertainment. El resultado fue un repunte de popularidad en su carrera y el hecho evidente que hasta ahora el actor no se había tomado demasiado en serio el hecho trabajar de manera concienzuda en su celebridad para lograr mejores papeles. Con la franquicia John Wick (y el exitazo de Parabellum, la extraña parodia Always Be My Maybe de Netflix, su cameo en el cierre de la tetralogía de Toy Story 4 y una imprevisible tercera película Bill & Ted), de pronto el nombre de Keanu está en todas partes. No es un fenómeno casual, aunque tampoco completamente prefabricado. La gran pregunta es: ¿cómo se lo toma el actor?

Actuando por supuesto, como siempre lo ha hecho. Reeves ha sido un hombre de gustos simples y enorme discreción desde el comienzo de su carrera y la súbita popularidad —la masiva popularidad, en realidad— no cambió su comportamiento. Aún se le puede ver de un lado a otro, apareciendo en escenas callejeras, comprando el periódico y dejándose fotografiar con fans, a quienes por cierto, jamás toca.

De hecho, para Keanu la idea de la fama es un elemento menor dentro de lo que realmente desea hacer: actuar. Hace unos meses y con motivo del resonante éxito de la tercera parte de la franquicia Wick, el actor comentó en una entrevista a Indiewire, que “le daba gusto solamente poder trabajar”, toda una declaración de intenciones que sorprende por su llaneza. “Quiero seguir avanzando, hacer cosas y contar historias”, declaró. Eso, a pesar de haber conseguido con la película casi 276,5 millones de dólares para un total de 536,7 por toda la franquicia, además del anuncio de una cuarta parte para el 2021 y un spin off televisivo, lo que asegura que el universo de la saga continúe creciendo. ¿Lo sabrá Keanu? Lo más probable es que no.

Hace unos meses, Keanu apareció en una conferencia de videos de Los Ángeles y sorprendió a los fans con su sencillez. De hecho, uno de los asistentes se levantó y gritó a todo pulmón: “¡Me dejas sin aliento!”. El resto de público aplaudió a rabiar y convirtió de pronto al evento en una forma de celebración para la figura del actor. Pero como no podía diferente, Keanu volvió a sorprender. Levantó los brazos, apuntó a los rostros que le miraban y gritó “¡todos ustedes me dejan sin aliento!”. La escena se convirtió —y por supuesto tenía que ser así— en un meme y también en la más reciente anécdota del novio de internet. Que, por cierto, sigue sin saber por qué le llaman de esa forma. Quizás, su mayor encanto.